Un recorrido por la memoria reciente
Derechos Humanos — 21 de febrero, 2010El cuidador de autos de la calle Chacabuco con Catedral advierte, tal vez sin intenciones, a los visitantes del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos inaugurado a comienzos de este año en la capital: “No vayan a volver llorando, como hace la mayoría”,
Difícilmente quienes se mantienen indiferentes, todavía niegan lo ocurrido, quienes guardaron un silencio cómplice, los que aseguran haber desconocido esta realidad o quienes se sienten de alguna manera responsables, lo recorrerán impávidos.
El ingreso es por la llamada Plaza de la Memoria, una explanada de 8.000 metros cuadrados donde se presentaba -durante el mes de febrero- “Malasangre o las mil noches del poeta”, un espectáculo inspirado en la vida del francés Arthur Rimbaud, con el teatro de La Memoria, que merece un comentario aparte. El edificio, diseñado por el equipo del arquitecto Mario Figueroa, de la Universidad de Sao Paulo (Brasil), es un espacio de recorridos flexibles, con vastos pasillos transparentes, donde la luz natural ilumina el interior.
La plaza está flanqueada por un muro que contiene los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y al interior el memorial “Todos hemos perdido algo” del artista, Alfredo Jaar. El público –con entrada liberada- se caracteriza por grupos familiares, turistas extranjeros, personas mayores, probablemente chilenos que viven en el exterior, desde luego sobrevivientes de esos aciagos días, y también muchos jóvenes. Otro mural, realizado por Jorge Tacla con un grupo de artistas jóvenes, ilustra los últimos versos de Víctor Jara escritos en el Estadio Chile antes de su asesinato. Para quienes insisten en que en esta época ya no ocurren estas cosas, en el hall de entrada se exhibe un mapa del mundo que muestra cómo los sucesos acaecidos en Chile tienen terribles correlatos en otros países, ayer y también hoy.
Están también a la vista fotografías de los 83 memoriales, en distintas partes de nuestro territorio, donde se recuerda a víctimas de la represión y el genocidio con placas conmemorativas, monumentos, esculturas, nombres de calles y salones en instituciones que hacen presentes nombres y terribles ejecuciones y masacres: Lonquén, Cuesta Barriga, Pisagua, Puente Bulnes, Paine, Patio 29, Fuerte Arteaga y otros lugares.
¿Qué dirá el flamante jefe del Estado Mayor Conjunto, Cristián Le Dantec, sobre quien pesa una causa como imputado por el asesinato de 22 campesinos en Paine en 1973? Sus rostros acusan desde uno de los muros de este Museo. Los visitantes más conocedores, que peinan canas y probablemente fueron víctimas o testigos directos o indirectos de estos sucesos, estiman, en general, que hay varias omisiones extrañas, que faltan evidencias conocidas, que se ignora situaciones igualmente graves. En verdad, prácticamente cada chileno arrastra hasta hoy su propio drama y ello se trasunta en la mirada inquisidora, buscando un indicio, una muestra que responda inquietudes, dudas e interrogantes de por qué tal o cual ausencia o desconocimiento, casual o voluntario.
Tal vez el momento gráficamente más bien expuesto es el del día 11 de septiembre de 1973. En pantallas audiovisuales se proyectan imágenes de lo ocurrido la mañana de ese día en el palacio de La Moneda. El testimonio cuidadosamente guardado durante años por Televisión Nacional, con el relato del ya fallecido periodista Jaime Vargas Celis y la cámara de Manuel Martínez desde los ventanales del entonces Hotel Carrera, más el reportaje de Claudio Sánchez desde la plaza de la Constitución, muestran con singular crudeza la brutalidad perpetrada contra el palacio presidencial y sus legítimos ocupantes hasta ese momento.
Otro mural, de Mario Toral, es una imponente alegoría al crimen del joven fotógrafo Rodrigo Rojas De Negri y el ataque contra la joven Carmen Gloria Quintana, quien resultara atrozmente quemada durante una protesta popular contra la dictadura. La fotografía de los detenidos desaparecidos reconocidos oficialmente por la Comisión Rettig tapizan el segundo piso del inmueble.
Pantallas especiales muestran los amenazantes bandos de la junta militar de gobierno, las palabras de Gustavo Leigh hablando de “extirpar el cáncer marxista” y los testimonios de las masacres en fábricas y poblaciones, las detenciones y ejecuciones arbitrarias, la implacable persecución desatada contra funcionarios y adherentes al gobierno popular.
El diálogo entre los insurrectos -antes y después del bombardeo a la Moneda- deja entrever el desprecio de esa casta militar por la vida humana y la voluntad popular.
Quienes han intentado una campaña -principalmente a través del diario El Mercurio- contra este Museo, invocando la necesidad de incluir “el contexto histórico”, “los hechos anteriores al golpe” y las supuestas “razones o justificaciones” pueden defender estas actitudes criminales ante los hechos revelados.
Las clásicas e inmortales últimas palabras del presidente Salvador Allende resuenan con una fuerza ética, una responsabilidad política e histórica que las hacen cada vez más vigentes y necesarias de tener siempre presentes.
El segundo piso alberga una serie de denuncias sobre los campos de concentración, los lugares secretos de detención y tortura, los testimonios de Villa Grimaldi, Chacabuco, Dawson –por ejemplo, una carta de José Tohá a su esposa- Tres y Cuatro Alamos, el Estadio Nacional, Pisagua y otros. Trabajos manuales realizados por los presos políticos, emotivas cartas de sus hijos y familiares, dibujos y otros materiales francamente desgarradores.
La inmensa ola solidaria surgida en el mundo entero a propósito de los luctuosos acontecimientos en Chile, no está reflejada en toda su magnitud. Las multitudinarias y sucesivas marchas callejeras hasta en los más apartados rincones del planeta, las heroicas muestras de cariño por la lucha de los chilenos, aparecen en algunos afiches, fotografías y muestras gráficas que dejan una deuda pendiente por su magnitud y alcance histórico universal. La solidaridad con la justa lucha del pueblo chileno contra la dictadura fascista fue comparable incluso con el apoyo internacional que tuvo el pueblo vietnamita durante su lucha contra la invasión norteamericana. Un hecho que compromete a toda la nación con el resto del mundo. Las organizaciones de derechos hu manos, la Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia Católica, el FASIC, las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos, de ejecutados políticos, los ex presos políticos y los partidos de la izquierda chilena están llamados a contribuir con mayor fuerza si la idea es convertir este Museo en un instrumento educativo para jóvenes, profesores, alumnos y sus familiares, tendiente a dar a conocer y reflexionar sobre los derechos humanos en un sentido amplio. Asimismo, la sección dedicada a la lucha contra la dictadura, las multitudinarias y combativas jornadas de protesta, la audaz política de la rebelión popular de masas, el combate por la libertad de expresión y la resistencia de mujeres, trabajadores y estudiantes junto con amplios sectores exige la muestra de evidencias y testimonios que refresquen la memoria de los momentos de clandestinidad, de riesgos mortales y de desafíos inenarrables ante la brutalidad del terrorismo de Estado que costó víctimas no sólo en Chile, sino también a través de las operaciones Cóndor y Colombo más allá de nuestras fronteras. Baste recordar que tanto la Organización de Naciones Unidas como la Iglesia Católica y otras entidades de carácter humanitario y ético justifican, en caso de opresión, el derecho del pueblo a la rebelión.
Al respecto, faltan materiales sobre la prensa clandestina –Unidad Antifascista, Basta, El Siglo, El Rebelde y muchas otras. A los documentos oficiales de la Comisión Verdad y Reconciliación –Comisión Rettig- y la de Prisión Política y Tortura- Comisión Valech- deben agregarse importantes documentos de los partidos Socialista, Comunista, MAPU, MIR y Radical, que muestran los intentos de unidad, así como el rechazo de amplios sectores al posterior pacto excluyente que permitió la salida negociada con los militares, con el Departamento de Estado norteamericano y con los partidos de la denominada Concertación de Partidos por la Democracia. Entre otros, los tres profesionales comunistas degollados, el sindicalista Tucapel Jiménez, el periodista José Carrasco y el homicidio del joven dirigente del MIR Jécar Neghme constituyen casos donde hay todavía testigos presenciales y muestras indelebles y fidedignas de la brutalidad de los agentes del Estado y su disposición al exterminio de personas por el solo hecho de pensar diferente al régimen militar impuesto por la fuerza. La mera exposición del hecho a través de la prensa no parece suficiente como denuncia responsable. Son indispensables la verdad, la justicia. Con impunidad no hay reconciliación ni perdón.
Este Museo de la Memoria habrá cumplido su objetivo cuando un mero recorrido por sus tres amplios pisos y el examen de sus muestras dejen en los corazones y la mente de sus visitantes, no sólo pena y rabia, sino la determinación de esforzarse concientemente para que nunca más ocurra algo similar en Chile.











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