Siete puñaladas en el corazón de América
Opinión — 18 de agosto, 2009Los pueblos del planeta, en todas partes, corren riesgos económicos, ambientales y bélicos, derivados de la política de Estados Unidos, pero en ninguna otra región de la Tierra se ven amenazados por tan graves problemas con ese país hegemónico.
La presencia de tan poderoso imperio, que en todos los continentes y océanos dispone de bases militares, portaaviones y submarinos nucleares, buques de guerra y aviones de combate sofisticados, y cuyo gobierno reclama impunidad absoluta, constituye el más importante dolor de cabeza de cualquier gobierno, de izquierda, centro o derecha, aliado o no de Estados Unidos.
El problema, para los que somos vecinos suyos, no es que sea una nación diferente. Hay norteamericanos de todos los colores y orígenes, personas iguales que nosotros y capaces de cualquier sentimiento. Lo dramático es el sistema que allí se ha desarrollado e impuesto, el uso de la fuerza y los métodos de dominio.
Abordar el asunto desde puntos de vista tradicionales es un error. Leer y conocer lo que piensan los defensores del sistema ilustra mucho, porque significa conocer la naturaleza de un sistema que se apoya en la apelación al egoísmo y los instintos más primarios.
De no existir la convicción del valor de la conciencia y su capacidad de prevalecer sobre los instintos, no se podría expresar siquiera la esperanza de cambio en la historia del hombre. Tampoco se comprenderían los obstáculos que se levantan para los líderes políticos en las naciones latinoamericanas o iberoamericanas del hemisferio.
Los pueblos que vivían en esta área del planeta desde hace decenas de miles de años, no tenían nada de latinos, ibéricos o europeos; sus rasgos eran más parecidos a los asiáticos, de donde procedieron sus antepasados.
Hoy los vemos en los rostros de los indios de México, Centroamérica, Venezuela, Colombia, Ecuador, Brasil, Perú, Bolivia, Paraguay y Chile, un país donde los araucanos escribieron páginas imborrables. En determinadas zonas de Canadá y en Alaska conservan sus raíces indígenas con toda la pureza posible. Pero en el territorio principal de Estados Unidos, gran parte de los antiguos pobladores fueron exterminados por los conquistadores blancos.
Millones de africanos fueron arrancados de sus tierras para trabajar como esclavos en este hemisferio. En algunas naciones, como Haití y gran parte de las islas del Caribe, sus descendientes constituyen la mayoría de la población. En Estados Unidos, los descendientes de africanos constituyen decenas de millones de ciudadanos, los más pobres y discriminados.
A lo largo de siglos esa nación reclamó derechos privilegiados sobre nuestro continente. En los años de Martí trató de imponer una moneda única basada en el oro, y el intercambio comercio internacional se basaba en él. Desde los años de Nixon, el comercio mundial se instrumentó con el billete de papel impreso por Estados Unidos: el dólar, una divisa que hoy vale alrededor de 27 veces menos que en los inicios de la década del 70, y otras divisas están sustituyendo al dólar en las relaciones internacionales y en las reservas de monedas convertibles.
Si las divisas del imperio se devalúan, sus fuerzas militares crecen. La ciencia y la tecnología más moderna, monopolizada por la superpotencia, han derivado hacia el desarrollo de las armas. Ya no se habla sólo de miles de proyectiles nucleares, sino de aviones sin pilotos, tripulados por autómatas. Ya se usan naves aéreas de ese tipo en Afganistán; y en el 2020, antes de que el casquete de la Antártida se derrita, el imperio, entre sus 2.500 aviones de guerra, proyecta disponer de 1.100 aviones de combate F-35 y F-22, en sus versiones de caza y bombarderos de la quinta generación.
El imperio proyecta que, en 30 años, todos los aviones de combate de Estados Unidos, desde los cazas hasta los bombarderos pesados y los aviones cisterna, serán tripulados por robots. Ese poderío militar es una necesidad del sistema económico que el imperio le impone al mundo.
Si los autómatas pueden sustituir a los pilotos de combate, los trabajadores tendrán que competir con la tecnología avanzada y los robots de la industria yanqui. Los robots no hacen huelgas, son obedientes y disciplinados. ¿Dónde estarán los puestos de trabajo? ¿Cuál es el futuro que el capitalismo sin fronteras, en su fase avanzada del desarrollo, asigna a los ciudadanos?
A la luz de ésta y otras realidades, los gobernantes de los países de UNASUR, MERCOSUR, Grupo de Río y otros, no pueden dejar de analizar la justísima pregunta venezolana: ¿Qué sentido tienen las bases militares y navales que Estados Unidos quiere establecer alrededor de Venezuela y en el corazón de Suramérica?
La experiencia histórica, el destino proclamado y aplicado por Estados Unidos, y las acusaciones contra Venezuela de suministrar armas a las FARC, asociadas a las negociaciones para conceder siete puntos de su territorio para uso aéreo y naval de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, obligan a Venezuela a invertir en armas. No se arma Venezuela contra el pueblo hermano de Colombia, sino contra el imperio, que ya intentó derrocarlo.
Sería un error grave pensar que la amenaza es sólo contra Venezuela; va dirigida a todos los países del sur del continente. Las generaciones presentes y futuras juzgarán a sus líderes por la conducta que adopten en este momento. Estados Unidos y el sistema ofrecen el ALCA, es decir, libre tránsito de bienes y de capital, pero no de personas. Temen ser inundados de latinos pobres, indios, negros y mulatos o blancos sin empleo. Devuelven a los que sobran, los matan antes de entrar o los retornan cuando no los necesitan; 12 millones de inmigrantes latinoamericanos o caribeños son ilegales en Estados Unidos.
Ha surgido la nueva economía de las remesas. Cuando hay crisis, ésta golpea sobre todo a los inmigrantes, y sus familiares son cruelmente separados para siempre. Si el inmigrante está en edad militar, le otorgan la posibilidad de enrolarse para combatir a miles de kilómetros de distancia, "en nombre de la libertad y la democracia".
Existen otros gravísimos peligros. Los emigrantes mexicanos y de otros países mueren intentando cruzar la frontera. La cuota de víctimas cada año supera la totalidad de los que perdieron la vida en la existencia del famoso muro de Berlín. Han muerto ya, en el 2009, más mexicanos que los soldados norteamericanos que murieron en la guerra de Bush contra Irak a lo largo de toda su administración.
La guerra en México ha sido desatada por el mayor mercado de drogas que existe en el mundo: el de Estados Unidos. Pero no existe una guerra entre la policía y las fuerzas armadas de Estados Unidos luchando contra los narcotraficantes. La guerra ha sido exportada a México y Centroamérica, especialmente al país azteca. Las imágenes de cadáveres amontonados y de personas asesinadas en los propios salones de cirugía donde intentaban salvarles la vida, son horribles y no proceden de Estados Unidos.
Los planes imperiales de dominación van precedidos de enormes sumas asignadas a las tareas de mentir y desinformar a la opinión pública, con la total complicidad de la oligarquía, la burguesía, la derecha intelectual y los medios masivos de divulgación.
En el 2010, Estados Unidos empleará 2.200 millones de dólares para promover su política. De ellos, casi 450 millones se destinarán a demostrar que la tiranía impuesta al mundo significa democracia y respeto a los derechos humanos.
La patria de Bolívar es hoy el país que más les preocupa, por su papel en la lucha por la independencia de los pueblos de América. Los cubanos que prestan allí sus servicios, deben darlo todo en el cumplimiento de sus deberes internacionalistas y demostrar que los pueblos pueden resistir y ser portadores de los principios más sagrados de la sociedad humana. De lo contrario, el imperio destruirá la civilización y la propia especie.











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