La tentación de los consensos
Editorial — 1ro de febrero, 2010Pasados los primeros efectos de la segunda vuelta presidencial, un nuevo del elemento se agrega a las interpretaciones y los lamentos, a las sacudidas internas en los partidos de la coalición saliente y a las evaluaciones desde el campo de la izquierda.
Mientras el Partido Comunista anuncia su oposición “firme” al gobierno pronto a instalarse en La Moneda, voces concertacionistas se hacen eco de las ofertas del mandatario electo para asumir una reedición de la “política de los consensos”.
Aquella fórmula sirvió para que la Concertación se desempeñara durante la interminable “transición” inaugurada por el gobierno de Aylwin, y con ello coadministrar el modelo que se suponía derrotado tras el plebiscito de octubre de 1988 y la derrota del candidato pinochetista, Hernán Büchi.
Los análisis más lúcidos de lo ocurrido en la segunda vuelta, incluida la dudosa posición adoptada por Marco Enríquez, apuntan a que la principal causa de la derrota de Eduardo Frei hay que buscarla en las debilidades y contradicciones de su bloque político, y en particular en su apego al modelo instaurado dictatorialmente.
La llamada “política de los consensos” partía de un dato básico, que era la coincidencia de influyentes sectores de los partidos de gobierno con los postulados libremercadistas de la oposición de derecha. El culto al mercado, la legitimación de las normas y modos de un neoliberalismo desembozado, fueron, pues, la base de sustentación de tales “acuerdos” y “consensos”. Estos se hacían, efectivamente, no llevando a la derecha a inclinarse hacia reformas democratizadoras en lo político y social, sino más bien era la Concertación la que se dejaba arrastrar hacia las posiciones de la derecha. Y así, transcurrieron las sucesivas administraciones concertacionistas sin que nada de fondo hubiera cambiado en Chile, lo que no significa, en modo alguno, desechar los cambios pequeños o medianos y el dato significativo de que no se vivía bajo dictadura.
La campaña de Frei se apoyó en la consigna de que “no daba lo mismo” quien gobernara en los próximos 4 años. La experiencia de los últimos 20 años, hizo que el pueblo no lo creyera así. La arremetida final de la candidatura de Frei, especialmente su propuesta de 12 puntos programáticos de claro contenido progresista, no fue suficiente para borrar la imagen de los dos bloques mayoritarios asociados en la mantención del mismo modelo.
Ahora se intenta reeditar la fórmula de los “consensos”, pero esta vez los dialogantes han cambiado de posición y, empleando una imagen ajedrecista, los que antes jugaban con las blancas deben hacerlo ahora con las piezas negras. Y esto implica, entre otros datos relevantes, que ya no dispone de la iniciativa y debe jugar al ritmo que se le imponga desde el campo rival.
Sin embargo, y siguiendo con el ajedrez, cuando se juega con las piezas negras y no se define un plan de ataque, a lo más que se puede arribar es a un empate, las “tablas”. Y es lo que le ocurrirá a quienes se embarquen en una política de “consensos” con quienes tienen tanto que poner en escena: el poder económico, el virtual monopolio comunicacional, entre otras potencialidades.
El significado profundo de tales formas de hacer “oposición” no puede sino derivar en un abandono de una identidad propia, lo que implica, también, el abandono de las propuestas programáticas con las que se presentaron en las recientes elecciones. Si ello será una contribución a la reconquista de las adhesiones ciudadanas y una forma de recomposición ante la crisis que hoy azota a los partidos de la Concertación, es algo que sin duda estará en sus cálculos y valoraciones de la más reciente experiencia electoral.
Y mientras comienza la travesía veraniega y la derecha decide entre sus cartas a quienes encargará la aplicación del programa del piñerismo en los ministerios y reparticiones públicas, la izquierda ha dicho con claridad dónde están sus opciones de mediano y largo plazo.












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