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La otra cara del modelo económico Vivir en la calle

Movimiento Social — 16 de mayo, 2010

Ocurre todo el año, pero remece más cuando comienza el invierno y se descuelga el frío y la lluvia. No es raro ver hombres y mujeres durmiendo en la calle, envueltos en cartones y con un infaltable perro callejero que les proporciona algo de calor, especialmente en las inmediaciones de la Posta Central, en el sector de Portugal con Alameda, en los jardines de las torres San Borja, en los parques y plazas y en las inmediaciones de las iglesias.

Pero el fenómeno trasciende a la capital. Ciertas instituciones privadas, como el Hogar de Cristo, tratan de mitigar el problema, pero se trata de un fenómeno social que debería ser abordado por el Estado. A pesar de las escasas estadísticas que se manejan, los datos del primer catastro nacional de personas en situación de calle indican que en la noche del 25 de julio del 2005 se encontraban en situación de calle un total de 7.254 personas: el 47,4 % de la Región Metropolitana, seguida de un 13,2% de la Región del Bío Bío y un 7,7% en la de Valparaíso.

Respecto al lugar de la encuesta, el 39% fue en la calle y el 51% en hospederías o residencias solidarias. Del total de personas catastradas, el 85% corresponde a hombres y sólo el 15% a mujeres.

A partir de estas cifras, se crea el año 2006 el programa Calle (Apoyo a la Integración Social de Personas en Situación de Calle) del Sistema de Protección Social Chile Solidario.

El año 2008, 5.053 personas, aproximadamente, en las regiones de Tarapacá, Antofagasta, Valparaíso, Bío Bío, Los Lagos y Metropolitana, fueron incorporadas al Sistema de Protección Social por distintas ONG y municipalidades ejecutoras del programa.

De la cobertura total de 2008, el Hogar de Cristo incorpora a dicho Sistema de Protección Social a 2.100 personas aproximadamente, que corresponden al 41% de la cobertura total Chile Solidario. De este total, 552 personas accedieron a un programa de apoyo personal de 24 meses.

Las hospederías

Dentro del mismo contexto y apenas un peldaño más arriba en la escalera de la miseria urbana, está el caso de las hospederías (ver recuadro), donde es posible tomar contacto con la pobreza invisible, según explica Francisco Osorio, encargado de la hospedería padre Alvaro Lavín: “Aquí llegan aquellos a quienes ningún programa favorece, que no tienen existencia legal ni documentación, no fueron encuestados en el censo. Están en la más completa exclusión social, son seres que vagan ahí y que no tienen existencia legal para políticos, gobiernos o medios de comunicación”.

Once años de funcionamiento tiene la Hospedería de Jóvenes Padre Álvaro Lavín, en la calle Esperanza, cerca de Mapocho, con una capacidad para 158 camas, pero durante periodos de más demanda, como en invierno, echa mano a colchonetas y a un salón y puede acoger hasta a 200 personas, cobrando $400 diarios, sólo a aquellos que estén en condiciones de pagar.

Este centro de acogida estaba originalmente orientado a trabajadores de carácter informal del sector Mapocho y La Vega: carretoneros, cartoneros y comerciantes ambulantes. Pero ahora atiende a personas con problemas mentales, adictos y cesantes crónicos con más de seis meses sin trabajo. Se agrega un importante porcentaje de inmigrantes de alrededor de un 7%, especialmente de Perú, Bolivia y Argentina; también de España y África, que andan en busca de trabajo.

El Hogar de Cristo juega un papel muy importante en dar acogida a los indigentes, que a diario buscan el refugio de la Iglesia Católica cuando todos los días, al atardecer, a las afueras de sus recintos llegan los pobres entre los pobres. Para ellos, dormir en una hospedería y no botados en las calles, es como dormir en un hotel de lujo.

Las hospederías del Hogar de Cristo son las que reciben a la mayoría de estos indigentes, alrededor de mil cada noche, repartidas en sus ocho programas: hombres mayores, jóvenes, mujeres, mujeres con problemas psiquiátricos. Allí se entregan servicios básicos de alojamiento, comida, vestuario y salud; además de servicios especializados como psiquiatría y orientación en busca de su reinserción social.

La hospedería femenina acoge a mujeres de 17 o más años, con o sin hijos. Tiene capacidad de 102 camas y el promedio de alojamiento diario es de 90 adultas y 30 niños. En general, la entrega solidaria hacia estas personas es buena: duchas con agua caliente, ropa de cama limpia, desayuno, y para las más desprotegidas, almuerzo y una muda completa para ella y sus hijos. “Se les cobra simbólicamente cien pesos para que sientan que al pagar puedan exigir un buen servicio y se sientan más dignas”.

El negocio de la miseria

Fuera de este aspecto más bien solidario, también existe la parte comercial del problema, a través de las Hospederías Comerciales, definidas en el primer catastro de personas en situación de calle (julio del 2005) como: “Casas particulares que lucran a través del arriendo de camas por día, albergando a personas en situación de calle por tiempo indefinido. Se diferencian de hoteles, hosterías y pensiones porque algunas no cuentan con patentes y el precio fluctúa entre los $800 y $2.000 diarios”.

Los usuarios, a su vez, las definieron como: “Un lugar de alto riesgo, un mundo de supervivencia, algo que aunque lo necesito no me agrada”. A su vez, el propietario o administrador de estas hospederías las caracterizan como: “Un lugar de descanso. Un bien social a personas que no son acogidas por organizaciones solidarias. Lugares donde llega gente con muchos problemas”. Los miembros de la red de organizaciones que trabajan con personas en situación de calle (Red Calle) las definieron como: “Un mal menor, un ampo de concentración, lugares infrahumanos, terribles, hediondos, sucios, insalubres y peligrosos”.

En Chile, la historia de estas hospederías comerciales comienza a desarrollarse por la década del 30, con la crisis del salitre que dejaba a miles y miles de obreros sin trabajo. Estos comienzan a trasladarse en grandes cantidades a la capital, dando origen a los conventillos, que eran ruinosas casonas donde convivían hacinadas muchas familias.

Otro tipo de alojamiento muy modesto para quienes no podían pagar ni siquiera un arriendo, fueron las hospederías comerciales, que proporcionaban una cama a cambio de un poco de dinero cada noche.

En 1942, el abogado Carlos Valdovinos, quien publicó una investigación sobre la situación de calle, las consideraba entre las instituciones que fomentaban la mendicidad: “Proporcionan, por una cantidad exigua, alojamiento y algunos alimentos a personas inválidas o indigentes. En atención a que las camas son escasas, los interesados pasan a ser huéspedes habituales. Hay hospederías particulares que pertenecen a negociantes que no tienen el menor escrúpulo moral y que explotan la miseria ajena. Son verdaderos empresarios de mendigos, de vagos, y aún de individuos de mala vida”.

En la actualidad, en la comuna de Santiago se catastraron alrededor de 20 hospederías comerciales: calles Andes, Sotomayor, Esperanza, Franklin, Juan Vicuña, Coquimbo, Aldunate, San Ignacio, Arauco, Chiloé, San Alfonso, Toro Mazote, Nicasio Retamales, Av. España.

A diferencia de las hospederías solidarias, como el Hogar de Cristo y otras organizaciones sin fines de lucro, las hospederías comerciales se plantean simplemente como un negocio que ofrece unos pocos servicios básicos, sin intención de generar un trabajo social y mucho menos cumplir con las normas de salubridad o limpieza mínima en sus habitaciones y servicios higiénicos. Muy por el contrario, abundan los chinches, la humedad, la hediondez en que se mezclan el olor a vino, el sudor, el vómito y la orina.

En todo este problema existe una gran responsabilidad del Estado, pues no hay una propuesta para las personas en situación de calle, lo que no es raro en un sistema económico que sitúa al nuestro en el séptimo lugar de los países con peor distribución de los ingresos en el mundo.