Publicidad

La Revolución Mexicana inconclusa

— 21 de febrero, 2010

La Revolución Mexicana estalló el 20 de diciembre de 1910 exactamente a las 18.30 horas, tal como lo había anunciado en su Plan de San Luis de Potosí, Francisco Ignacio Madero, candidato presidencial que osó enfrentarse al cruel dictador Porfirio Díaz en su intento de séptima “reelección” presidencial. Profundo conocedor de la realidad latinoamericana y mexicana, el escritor y político socialista chileno Manuel Eduardo Hübner (1905-1988) publicó -en 1935- un trabajo que tituló “México en marcha” y que merece mayor divulgación sobre todo ahora que nos acercamos a la conmemoración del Centenario de la Revolución Mexicana.

“Si la Revolución Mexicana es un hecho trascendente para el observador europeo o asiático, para nosotros los iberoamericanos es de suma y directa importancia –escribe Hübner. Salvo el aprismo peruano que vive la etapa de la teoría y aún no llega a tomar para sí el poder, viene a ser la única experiencia que tienen los hispano-latinos para contemplar la suerte de sus patrias respectivas, países todos cuya economía y formación social son casi idénticas y cuyos problemas y necesidades presentan una indiscutible analogía”.

El autor agrega: “Ni la Revolución Rusa con ser el acontecimiento más extraordinario de la época; ni el fascismo con su estado corporativo; ni el nazismo con su Tercer Reich; ni la economía dirigida de los Estados Unidos de Roosevelt, o los experimentos de España, Portugal, Polonia, Turquía y China tienen para nosotros un interés tan inmediato como esta Revolución que comenzó a fines del siglo XV y aún no detiene su marcha, lenta o acelerada, hacia el porvenir de justicia y de grandeza que soñaron los habitantes del Anáhuac y siguen soñando ahora, después de cuatro siglos, sus descendientes”.

“México en marcha” se inicia con una parte “donde la mitología y la historia se confunden”, la época de las grandes migraciones desde que el primitivo habitante del suelo, el otomí que vive en cavernas, debe sufrir las invasiones periódicas de pueblos cazadores y pescadores que vienen del Norte: los olmecas, nahoas o nahuátls en las inmediaciones de los lagos, en los sitios donde crecen el maíz y el frejol, donde se van formando centros de cultura en Tula y Teotihuacán, en Oaxaca, en Michoacán, en Yucatán y sobre todo, en las márgenes del lago Texcoco. Dan origen a la cultura maya, la cultura mixteco-zapoteca y el poderoso imperio tolteca que debió ceder, hacia el año 1116 al empuje de los chichimecas.

“En esta época, las luchas entre un pueblo y otro recuerdan la época feudal en Europa. En realidad son ciudades cuyos señores luchan entre sí por extender su respectivo poderío, sin sujeción a autoridad superior alguna. No existe el sentido de la nación y menos aun de una unidad nacional entre los pueblos. Pero ya aparece en el escenario la última tribu nahoa, la más pobre y mísera de todas, que ha continuado errando por los territorios vecinos y viene a establecerse silenciosa y pacífica en el valle de México: la de los mexicas, tenochcas o aztecas”, escribe Hübner.

“El azteca es, instintivamente, guerrero e imperialista. Llega a un alto grado de civilización pero su sentido creador y artístico siempre resulta inferior al de los mayas y toltecas. Desarrolló el comercio en forma desconocida hasta entonces en el Anáhuac. Sus mercados alcanzan un alto grado de esplendor. Practica el trueque y la compraventa. Conoce cinco clases diferente de monedas. Pero su espíritu comercial es, en el fondo, un imperialismo económico”.

“A la frugalidad y la austeridad han sucedido el lujo y la molicie. Aún late en todos los ánimos la profecía de Quetzalcoátl, aún se espera a dioses blancos venidos por los anchos caminos del mar que vendrán a imponer la paz a la justicia.

Es el momento único y singularísimo en que atraído por las exploraciones de Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, el conquistador Hernán Cortés echa el ancla en la actual bahía de San Juan. El calendario marca el 2 de abril de 1519. Y no pasan veinticinco lunas sin que tome a viva fuerza la ciudad y arrase con el imperio azteca”.

El autor se detiene después en otros momentos de la Conquista, la Colonia, la Transacción, Independencia y el Imperio, pasando por las figuras de los curas Hidalgo y Morelos, Agustín de Iturbide, Guadalupe Victoria –primer Presidente de la República de México-, el general Santa Ana, Maximiliano de Austria y Benito Juárez, hasta “el eterno gobierno de Porfirio Díaz”, el “zar mexicano” en palabras de Hübner.

“La revolución estalla en todas partes el 20 de diciembre de 1910. En todos los puntos del territorio se alzan partidas de campesinos. El peón y el charro dejan sus chamacos y su mísero jacal para correr al llamado de Madero. Los ´pelados` se enrolan en destacamentos improvisados. Los estudiantes y los obreros organízanse en brigadas. El 26 de mayo de 1911 Madero ha entrado a México en hombros de la multitud”.

Emiliano Zapata

“Zapata es un mestizo. Tiene más sangre tlahuica que blanca. Encarna genuinamente al pueblo desdichado, al indígena desfalleciente, a la ´casta` siempre oprimida y despreciada. Zapata es el charro nacido y afincado en la tierra; es el peón, el siervo de la gleba, carne inmemorial de opresión y de ignominia”.

“Nace, vive y muere revolucionario. Si la Revolución no hubiera estallado, él habría sido siempre, de todas maneras, un revolucionario. No sólo el dinero desprecia Emiliano Zapata. También el poder. Es el único caudillo al cual no le interesa llegar al Palacio Nacional. Cuando Villa le ofrece la repartición del mando, Zapata rehúsa gravemente. No le apasiona la política al uso. No quiere saber nada de intransigencias electorales o maniobras parlamentarias. Para él, la Revolución se reduce en primero y último término a la repartición de la tierra, asfixiada entre las garras del latifundismo, cáncer invariable de toda la historia mexicana”.

Emiliano Zapata sintetiza desde su cuartel general revolucionario de Morelos, un Manifiesto vibrante, sencillo, conmovedor –que fue publicado en la revista chilena “Acción Social”, en septiembre de 1934 en Santiago.

“El capitalista, el soldado, el gobernante habían vivido tranquilos, sin ser molestados, ni en sus privilegios ni en sus propiedades, a costa del sacrificio de un pueblo esclavo y analfabeto, sin patriotismo y sin porvenir, que estaba condenado a trabajar sin descanso y a morirse de hambre y agotamiento, puesto que, gastando todas sus energías en producir tesoros incalculables, no le era dado contar ni con lo indispensable siquiera para satisfacer sus necesidades más perentorias.

Semejante organización económica, tal sistema administrativo que venían a ser un asesinato en masa para el pueblo, un suicidio colectivo para la nación y un insulto, una vergüenza para los hombres honrados y conscientes, no pudieron prolongarse por más tiempo y surgió la Revolución, engendrada, como todos los movimientos de las colectividades, por la necesidad”.

El coronel Jesús M. Guajardo fue capaz de perpetrar la traición. Se plegaría Zapata y concertaría con él una acción militar común. Se llega a un acuerdo para encontrarse en una hacienda de Morelos, Chinameca, hasta donde llegarán escoltados por solo treinta hombres, en la mañana del 10 del abril de 1919. Guajardo se adelanta al frente con 600 hombres. Cuando llega al frente de la hacienda, “Zapata se sorprende pero Guajardo se adelanta sonriendo. Zapata sonríe también y se apresta a desmontar. Un clarín perfora el aire matutino.

Treinta balazos disparados a boca de jarro acribillan el pobre cuerpo que cae como un saco, desmontado por primera vez entre las patas nerviosas del corcel de guerra. Aun creen en campos de Morelos y Michoacán que el caudillo no ha muerto”. (Texto de Luis Araquistaín, “La revolución mexicana”.)

Pancho Villa

“Como todas, la Revolución produce –escribe Hübner- espontáneamente dos tendencias: radicales y moderados. Esta no ha sido como la rusa una revolución madurada a la luz del análisis y la crítica histórica. No ha nacido con una idea y un programa que la oriente, un núcleo organizado que la impulse y una a más jefes aguerridos que la conduzcan”. “Aquí no hay marxismo, ni soviets constituidos, ni partido bolchevique organizado, ni un Lenin o un Trotsky que planeen el nuevo edificio y enseguida lo construyan con sus propias manos. Sólo hay dolor, exasperación, deseos de renovación, impulsos de justicia, afán de liberar a México de sus feudatarios seculares: el terrateniente, el cura, el negociante extranjero. El grito primitivo fue: ¡Libertad y Tierras!; pero, ¿cuántos lo comprenden y lo comparten? La libertad ya la siente en carne propia. Han triunfado, ocupan la capital. El antiguo orden social, con su deprimente jerarquía se ha volcado patas arriba. Pero, ¿cómo hacer que vuelvan a manos del pueblo y la nación las tierras arrebatadas por los terratenientes y las riquezas concedidas a perpetuidad a yanquis y europeos?”.

La lucha armada produjo un hombre, como siempre ha ocurrido en la historia mexicana, y ese hombre, bandido para unos e ídolo para otros, puede ser en cualquier momento, el jefe del movimiento. “Se llama Francisco Germán, pero se hace llamar y se le conoce con el nombre de Pancho Villa. Nació en el estado de Chihuahua. Recibió golpes y malos tratos desde pequeñito, vio morir a su padre azotado por orden del dueño de la hacienda en que naciera. Y aun cuando tenía apenas 12 años, juró exterminar a los malditos dueños de la tierra. Su valor, su ímpetu, sus dotes militares, su ferocidad también, le han granjeado la admiración de muchos y el miedo de casi todos”.

“Ambos, Villa y Zapata, representan móviles muy opuestos y hasta intereses contradictorios. Junto a Villa caminan los hermanos de Madero, escritores y profesionales, antiguos porfiristas, gente toda que espera medrar a la sombra del caudillo atrabiliario pero generoso, capaz de fusilar por capricho, pero también de colmar de mercedes al que le place. Al lado de Zapata van, en cambio, los campesinos y despojados como él, indígenas y futuros ejidatarios, trabajadores del campo que han trocado la pala por el fusil y la siembra por la guerra”.

“Villa y Zapata discuten interminablemente sin llegar a ningún acuerdo. Francisco Villa es derrotado dos veces en Celaya, en Trinidad y Nápoles, los destrozan en Aguas Calientes y Zacatecas, lo aniquilan en León y acaban de aplastarlo en las sierras de Chihuahua, vecinas a Sonora. “Villa murió asesinado. Murió como todos sus antecesores de la Revolución, como Venustiano Carranza a quien combatiera tanto; como Zapata a quien no entendiera nunca, como Madero a quien amó y respetó siempre”.

“Para el buen hombre de la calle, una Revolución como la mexicana, rica en tragedias, luchas intestinas y episodios patéticos, no puede ser sino la obra de un pueblo salvaje, anárquico, que ama el caos y desprecia la muerte. Lo espanta casi tanto como lo horrorizó la Revolución rusa –escribe Manuel Eduardo Hübner, aún cuando olvida que la Revolución Francesa, más sangrienta y bárbara que todas, fue la creadora del orden jurídico que hoy tanto lo satisface, no deja de creer que México es un país de bandoleros y desesperados, donde la vida humana vale menos que un comino y la ferocidad y el odio ocasionaron una cruenta ola revolucionaria que aun perdura” (1935).

Pero aquel que sabe que tiene de la historia siquiera un concepto general, sabe bien que son causas profundas las que rigen la evolución de los grupos humanos. Y en cada Revolución busca, inmediatamente, los factores sociales o económicos que empujaron a un pueblo a tomar ese camino. No cae en la puerilidad de suponer que los grandes movimientos sociales se deban a razones de psicología individual o sentimentalidad colectiva, sino a procesos irremediables cuya fermentación se ha venido produciendo a veces durante centenares de años. Para él, una Revolución como la mexicana o la rusa, no puede ser un hecho aislado, grato o desagradable, digno de elogio o de condenación, sino un fenómeno que obedece a causas determinadas y produce efectos también determinados.

“El estudio más superficial de la historia mexicana arroja un hecho inmediato, característico de todas las etapas de la nacionalidad, que se repite sistemáticamente desde el imperio azteca hasta el régimen de Porfirio Díaz: la concentración de la tierra en pocas manos, esto es, el latifundio.

Si la Revolución no consigue destruir el latifundio –concluye Hübner- o, por lo menos transformarlo, si no consigue restituir sus tierras a los despojados de tres siglos atrás; si no es capaz de pulverizar el predominio político y social del terrateniente; si no puede limitar el usufructo del suelo conforme a las necesidades de la colectividad; si no alcanza, en fin, a dotar a los siervos de una conciencia de clase, activa y revolucionaria, habrá sido en balde y la sangre derramada corrido en vano”.