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La Paradoja de los Salarios

Economía — 17 de agosto, 2009

Con mucha anticipación se desató una ofensiva “académica”, de sectores del gran empresariado y de poderosas cadenas de comunicación en contra de mejoramientos reales en los salarios mínimos. Estas formulaciones se movieron entre congelarlas al nivel alcanzado en el último reajuste ($159.000 brutos), lo cual habría significado disminuirlos en términos reales, o reajustarlos a lo más en la variación del IPC en doce meses, lo cual habría conducido a mantenerlos estancados en su poder adquisitivo de julio de 2008. La propuesta oficial se sumó a estas posiciones ofertando en la negociación con la CUT un reajuste nominal de sólo 2,5%, que fue rechazado por la organización sindical.

La CUT decidió, ante lo reducido de la propuesta, no continuar en la mesa negociadora, llevando sus planteamientos al Congreso, en donde se elevó el reajuste a 3,77% nominal, quedando fijado el salario mínimo en $165.000. El reajuste real dependerá de la variación de la inflación en doce meses a junio que debe ser inferior al 3% de mayo, y terminará estando en algo más de un 1%. Velasco señaló que de esta manera se conciliaba “buenas remuneraciones y un empleo que todos queremos proteger”.

Sin duda, el salario mínimo dista mucho de ser una “buena remuneración”, mientras el desempleo continúa expandiéndose.

El recién designado presidente de la Sociedad de Fomento Fabril, Andrés Concha, defendió las posturas oficiales explícitamente: “Si hay reajuste, debe ser muy acotado. Nos gusta más congelar y revisar más adelante”. Como es habitual en el gran empresariado, su argumentación se basó en que actuando así se defendería los intereses de “las firmas pequeñas y medianas”. $165.000 significa en términos líquidos después de descontar las reducciones previsionales y de salud recibir más o menos $132.000, sin considerar el 19% adicional que se debe cancelar por concepto de IVA al destinar los montos percibidos al consumo.

Una argumentación central en las formulaciones limitativas del reajuste es, como lo expresó el economista de la Universidad de Chile David Bravo, “enviar señales a la economía de que la prioridad es el empleo y no el aumento de remuneraciones”, sosteniendo que una forma de “aliviar” la presión habría sido ensanchar el tramo de los jóvenes que perciben sólo el 75% de un salario mínimo de 18 a 24 años. Editorialmente, El Mercurio también se pronunció por “mantener el valor actual para los jóvenes de menos de 25 años”, dado que constató es “políticamente muy difícil”, aunque “debe intentarse mantener congelado el valor nominal” del salario mínimo. La presión fue muy fuerte.

Se trata de formulaciones no sólo regresivas, considerando el bajo poder adquisitivo de los salarios mínimos, sino negativas si se considera el cuadro recesivo de la economía, generado como factor interno principal por la caída experimentada en la demanda interna. Según las cifras del Banco Central, en el primer trimestre, en comparación con los mismos meses del año anterior, el ingreso nacional –es decir lo percibido por los factores productivos como retribución en el proceso de producción- se contrajo en 2,8% y el ingreso nacional bruto disponible real, que es la medición más acotada de la capacidad adquisitiva de la población, cayó por el deterioro ante todo de los términos de intercambio y la pérdida que a consecuencia de ello el país experimenta en su comercio exterior, el cual disminuyó en doce meses un 5,8%. En estas circunstancias, lo que se necesita es buscar vías para recuperar la demanda interna y no continuar reduciéndola, como se produce de tener éxito la ofensiva en contra de los mejoramientos salariales.

La simplista disyuntiva entre mejoramientos salariales y aumento del desempleo es falsa.

El elevado nivel de desempleo en el país, claramente de dos dígitos, no es una consecuencia de los niveles remuneracionales sino de la recesión global y del atraso y debilidad con que se han enfrentado internamente sus efectos. La OIT en su informe último estima que el desempleo global aumentará en el curso del año a entre 210 millones y 239 millones de personas, desde los 180 millones cifrados en 2007, lo cual llevaría la tasa de desempleo promedio mundial a entre un 6,5% y un 7.4% de la fuerza de trabajo. Desde luego, hay países con porcentajes muy superiores, entre los cuales figura Chile con cifras de dos dígitos, donde nunca se volvió a los niveles anteriores a la recesión de 1998, mostrando la existencia de un desempleo estructural que no se ha podido revertir, de lo cual es un absurdo responsabilizar a los salarios, que en promedio siguen siendo bajos. En 1997, la tasa de desocupación fue de 6,1% de la población activa.

Los mayores aumentos en el desempleo por edades, según las cifras del INE para el trimestre móvil febrero-abril, se produjeron con relación al año anterior entre los jóvenes. Las tasas en el tramo de edad de 15 a 19 años aumentó en cuatro puntos porcentuales, de 24,2% a 28,2% de la fuerza laboral, en el de 20 a 24 años en 3,3 puntos porcentuales, de 17,0% a 20,3%, y en el de 25 a 34 años en 3,6 puntos porcentuales de 8,9% a 12,5%, constituyéndose en un problema social de gran envergadura que no puede resolverse reduciendo las remuneraciones o congelándolas, como en la práctica se hizo con el salario mínimo. Para los menores de 18 años, así como para los mayores de 65, el ingreso mínimo mensual se estableció en sólo $106.435.

El gran problema del país reside en que se está destruyendo fuerza de trabajo. En el trimestre febrero-abril se contrajo el empleo en 32.000 plazas. La ministra del Trabajo, Claudia Serrano, en su desafortunada intervención cuando planteó que se evitase buscar trabajo para no incrementar la presión sobre el mercado laboral, habló de que el país “no está generando mucha ocupación” y los esfuerzos se están efectuando “por conservar empleo, más bien”. Las cifras muestran que no se genera ocupación ni tampoco se logra “conservar” el empleo, a pesar de los planes de emergencia oficiales, que desempeñan un papel ya que de no existir las tasas de desocupación oficiales crecerían entre 1,5 y 2 puntos porcentuales.

De acuerdo a la encuesta suplementaria de ingresos del INE, al finalizar el año pasado había 510.422 asalariados que percibían la remuneración mínima, es decir un 10% del total. Si se considera al conjunto de los receptores de ingresos, incluido el servicio doméstico, el número de ellos que percibe un monto similar al salario mínimo alcanzaba a 1.372.000 personas.

La tasa de desempleo es un indicador rezagado. Cuando comienza la fase de decrecimiento de la actividad económica el aumento de la desocupación es más lento que la caída del producto. Al contrario, cuando se produzca la recuperación, su porcentaje seguirá aumentando. Según Economist Intelligence Unit, la OIT admite que se necesita un promedio de cuatro a cinco años para que los mercados laborales se recuperen después de una recesión y dado que la actual contracción no tiene precedentes en la historia reciente en términos de severidad, puede ser más difícil para las economía recuperar la salud. Perfectamente puede darse, como anota el estudio, “una recuperación sin empleo”. De allí la importancia de establecer un seguro de desempleo de otra calidad, con una mayor presencia estatal y que actúe como un mecanismo anticíclico, papel que no desempeña el actual.

En el año transcurrido desde julio de 2008, cuando empezó a regir el mínimo de $159.000, la inflación tuvo una evolución que puede dividirse en dos etapas. Entre julio y octubre experimentó incrementos mensuales en el IPC que redujeron el poder adquisitivo de los salarios, para en los meses siguientes experimentar un curso descendente, que disminuyó la pérdida en poder adquisitivo. Si se consideran los once meses transcurridos hasta mayo de 2009 la pérdida acumulada desde julio alcanzó al 23,8% de un salario mínimo, disminución que no se compensa al volver en los hechos al salario real de julio del año pasado.

El salario mínimo mantiene a sus receptores en situación de pobreza. De allí la necesidad de llevarlo en un proceso a un nivel más alto. Esta exigencia no puede dejarse de lado por la situación contractiva de la economía. Al contrario, por su incidencia en la demanda interna debería haberse avanzado. Es negativo que el planteamiento de un “salario ético” no haya estado presente al decidirse sobre el reajuste.

El índice real de remuneraciones por hora, que prácticamente no creció durante 2008, comienza a repuntar ligeramente desde diciembre de ese año, en un porcentaje de aproximadamente 2%, proceso que transcurre prácticamente paralelo al comienzo de la reducción en el número de ocupados, que según las estadísticas del INE alcanzó su nivel más alto en el trimestre octubre-diciembre al llegar a 6.740.410 personas, para desde ese momento descender sistemáticamente cada trimestre móvil. De manera que la masa de salarios total ha permanecido durante los doce meses prácticamente congelada.

Paul Krugman ha escrito sobre “el síndrome de los salarios menguantes”, analizando la realidad norteamericana: “Podríamos enfrentarnos a la “paradoja de los salarios”, cuando se recortan para salvar el empleo, con la consecuencia de que crecería el desempleo. La preocupación por la reducción de los salarios no es solamente teórica. Japón, donde los salarios del sector privado descendieron más del 1% al año entre 1997 y 2003, nos brinda una lección práctica sobre la forma en que la deflación salarial puede contribuir al estancamiento económico”. A ello contribuyeron en Chile las posiciones de congelar o reducir las remuneraciones reales, que terminó siendo la asumida por el Ejecutivo y la mayoría de los parlamentarios.

(*) Carta Económica; 21/06/09, versión editada por la redacción.

FOTOS

1) (Trabajadores en faena) El monto del salario no tiene ninguna relación con la ocupación. Antes bien, la contracción salarial es uno de los componentes del estancamiento económico. 4