José Saramago, La hermosa tarea de cambiar el mundo…
Cultura — 28 de junio, 2010Cuando José Saramago, en 1998, recibió el Premio Nobel de Literatura, manifestó: “Con mis libros no he podido cambiar el mundo, pero puedo afirmar la imperiosa necesidad de cambiar el mundo…”.
Difícilmente alguien puede resumir más atinadamente el sentido de la vida del gran escritor portugués, que tan trascendente como por su extraordinaria obra literaria lo fue por militar incondicionalmente en cuanta causa justa fue necesario apoyar en los últimos sesenta años.
Los críticos señalarán, justicieramente, que fue capaz de crear una nueva poética, original y potente, pero los pobres de la tierra echarán de menos su voz, cada vez que vivan una de las tantas injusticias que pueblan el planeta. Incluso, en la lejana tierra araucana, los descendientes de los pueblos originarios añorarán su potente denuncia: “Los mapuches, acosados y perseguidos por la policía del estado chileno, son, paradojalmente, los habitantes más antiguos del territorio chileno”.
¡Cómo no llorar por el poeta y por el paladín de la justicia!
Un “cerrajero” de las letras
José Saramago nació en 1922, en una modesta familia de campesinos pobres, como suele ser la injusta condición de los verdaderos trabajadores campesinos en todo el mundo. En las palabras que pronuncia al recibir el Premio Nobel de Literatura nos explica que sus abuelos “se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha y ambos eran analfabetos. De niño, ayudé muchas veces a mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra en la huerta anexa a la casa y corté leña para el fuego; muchas veces, a escondidas de los guardias de las heredades, fui con mi abuela, por la madrugada, provistos de rastrillo, saco y cuerda a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para cama del ganado”.
En esas condiciones, el acceso de Saramago a la literatura no fue fácil y él mismo cuenta que pudo comprar su primer libro a los 18 años, que antes sólo fue lector de bibliotecas públicas, y que apenas recuerda los títulos y autores que leyó en esos años.
Incluso su apellido es obra de un funcionario, vecino de la misma aldea, que anotó Saramago por ser el apodo con que identificaban a la familia paterna por alusión a su fama de sanadores y curanderos.
A los 10 años ingresa a la Escuela Primaria y luego al Liceo Gil Vicente, de donde, por razones económicas, pasa a la Escuela Industrial Afonso Domingues, donde estudia para cerrajero mecánico.
Este trabajador manual no recibe una inspiración repentina ni una temprana vocación.
Debió perseverar pacientemente para aprender el oficio de las letras, aprovechando su capacidad y experiencia de cerrajero, para transformarse en un trabajador de las letras que recién vio la luz a los 44 años, cuando en 1966 publicó su obra Los poemas posibles. (Aunque casi veinte años antes, en 1947, había aparecido una obra juvenil suya, la novela Tierra del pecado, que no tuvo mayor gravitación).
Su obra literaria
El año 1966 no solamente es clave por su primera producción poética, sino porque ingresa formalmente a militar en el Partido Comunista del Portugués, lo que va a ser fundamental en su vida ciudadana y en su obra como escritor.
Entre 1966 y 1976 escribe y publica otros dos libros de poemas y cuatro de crónicas y ensayos, pero, a juicio del propio Saramago: “la parte más importante de mi trabajo literario empieza en 1977, con el Manual de pintura y caligrafía y en 1982 con Memorial del convento, la novela que me abrió las puertas al conocimiento internacional”.
Entre el Manual de 1977 y el Memorial de 1982 produce un libro de cuentos (“Objecto quasi”, en 1978), un libro de viajes, dos textos teatrales y otra novela, Levantado del suelo (1980), que toma el mundo de los campesinos pobres durante la feroz dictadura de Oliveira Salazar.
Memorial del convento es una obra clave, ya que cuando en 1984 publica El año de la muerte de Ricardo Reis su casi inmediata traducción en España lo proyecta en el mundo de la lengua castellana. Dos años más tarde, aparece La balsa de piedra, que lleva un epígrafe de Alejo Carpentier, donde aparece una península Ibérica que se desprende de Europa y toma rumbo al Sur, navegando sobre el Atlántico, lo que muchos vieron como una alegoría a la integración de España y Portugal a la Comunidad Europea.
En 1989 publica Historia del cerco de Lisboa, y en 1991 publica la polémica obra El Evangelio según Jesucristo, que provoca el rechazo del fundamentalismo de los católicos conservadores y la intolerancia clerical, que influyen sobre el gobierno de Lisboa para que vete su candidatura al Premio Literario Europeo.
Esto llevó a José Saramago a autoexiliarse en las Islas Canarias, en la isla española de Lanzarote, donde falleció la semana pasada, junto a su segunda esposa, compañera y traductora, Pilar del Río, que lo acompañó en las últimas dos décadas. De su nueva residencia saldrán nuevas obras, como Informe sobre la ceguera (1996), Todos los nombres (1997) y los diversos tomos de una especie de Diario que con el nombre de Cuadernos de Lanzarote publicó desde 1994. Todo ello reunió méritos para que, en 1998, la Academia Sueca le otorgue el Premio Nobel de Literatura y se constituya en el primer escritor portugués que recibe ese galardón.
Pensador y rebelde
En el proyecto literario de Saramago es fundamental su postura ética. Si bien entiende que la literatura no va a cambiar el mundo ni es ésa su función, sirve para mover conciencias y despertar sospechas de la historia y el mundo. Confirmando esa postura, el escritor afirma, irónicamente: “Me hubiera gustado ser un historiador, me hubiera gustado ser un ensayista, me hubiera gustado ser un profesor, pero como no puedo ser nada de eso, escribo novelas”.
Y agrega que: “Historia y Novela serían tan sólo expresiones de la misma inquietud de los hombres, los cuales, como múltiples Janos, vueltos a una y otra parte, y del mismo modo como intentan desvelar el oculto rostro del futuro, porfían en buscar, en la impalpable niebla del tiempo, un pasado que constantemente se les escapa y que hoy, tal vez más que nunca, querrían integrar al presente que aún son”.
Esta conciencia ética del gran escritor queda claramente manifestada cuando afirma: “Somos sólo la memoria que tenemos. Un pueblo que va perdiendo su memoria propia está muerto y aún no lo sabe, y más muerto aún si se prepara para adoptar, como suyas, memorias que le son extrañas, convirtiéndolas en estancado y, también él mortal, presente”.
Para Saramago, es fundamental entrar en la historia humana, en el pasado que permite iluminar el presente y el futuro. Pero, el escritor está conciente que la historia oficial es mentirosa y no da cuenta de lo que realmente ocurrió, hay que buscar otras versiones de los acontecimientos: “La historia siempre se escribe desde el punto de vista de los vencedores y desde el punto de vista masculino. Una historia del mundo escrita desde el punto de vista femenino sería completamente distinta. La historia desde el punto de vista del esclavo no sería la misma que la del señor. No hay una historia neutra”.
Recordando a la abuela
Está claro que una perspectiva renovadora y crítica de la historia es un componente fundamental de la poética y el proyecto literario y ciudadano de José Saramago. Eso explica su postura marxista y la militancia política que lo acompañó hasta sus últimos días.
La esperanza de Saramago en un mundo mejor nunca desmayó y eso le permitió mantener contra viento y marea una propuesta que alimenta su visión crítica, pero la vez esperanzada, de un mundo en que impere la justicia y la fraternidad En una entrevista para un diario español, poco después de recibir el Premio Nobel, ante la insistencia periodística en plantear el supuesto fracaso del proyecto socialista, el escritor portugués plantea, con gran lucidez: “Lo que ha fracasado ha sido la aplicación concreta de unas cuantas ideas que tienen que ver con el socialismo y el comunismo. Pero lo que había antes de eso mantiene su vitalidad. Es como si en el siglo XVI una carabela se hubiera hundido en medio del océano y, a consecuencias de ello, puesto que los armadores y los marineros son unos idiotas, se decidiera dejar de fabricar barcos. También muchas catedrales góticas se derrumbaron en el proceso de construcción porque todavía no tenían claro cómo hacerlas, hasta que se llegó a tener la técnica necesaria para levantarlas. Con el comunismo y el socialismo pasa lo mismo”.
Hasta el final, el notable escritor, que fue trasladado a Lisboa el sábado pasado y cremado el domingo, mantuvo una poética preocupación por el paso del tiempo y el sentido de la vida.
En su libro Las pequeñas memorias expresa: “Para la infancia que fuimos, nos parecía que el tiempo estaba hecho de una especie particular de horas, todas lentas, arrastradas, interminables. Tuvieron que pasar algunos años para que empezásemos a comprender, ya sin remedio, que cada una tenía sólo sesenta minutos, y más tarde aun tendríamos la certeza de que todas ellas, sin excepción, acababan al final de sesenta segundos”.
En la misma obra, Saramago evoca la muerte de su abuela: “Tú estabas, abuela, sentada en la puerta de tu casa, abierta ante la noche estrellada e inmensa, ante el cielo del que nada sabías y por donde nunca viajarías, ante el silencio de los campos y de los árboles encantados, y dijiste, con la serenidad de tus noventa años y el fuego de una adolescencia nunca perdida: ´El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir`. Asimismo, yo estaba allí”.
¿Tendría, José Saramago, en la isla de Lanzarote, el viernes pasado, la misma pena de morir?
Ante la muerte de José Saramago
Ante el fallecimiento del gran escritor José Saramago, expresamos nuestras condolencias y entera solidaridad con su familia, con su Partido, el Partido Comunista Portugués, y todo su pueblo.
Provisto de una lúcida mirada sobre nuestra época y desgarrado él mismo alguna vez por las agudas contradicciones de la historia, el gran novelista, poeta y ensayista portugués tuvo clara conciencia de sus deberes como creador y aportó la maestría de su oficio para exponer al desnudo inconsecuencias e injusticias.
José Saramago tuvo el valor cívico y la lealtad con sus ideales para emprender una vasta obra develadora, no rehuyó la polémica ni se arredró ante los ataques y las incomprensiones que suelen acompañar el libre ejercicio del ciudadano. Fue gran testigo, y por la pasión con que entregó su testimonio se hizo él mismo protagonista de su tiempo.
Porque percibió desde temprano la urgencia de profundos cambios sociales y políticos, su compromiso estuvo siempre con los humildes de la Tierra, con los excluidos y explotados. La protesta ilustrada con que marcó a fuego a los injustos, es desde hoy componente de las herramientas liberadoras del hombre y de los pueblos.
Acogemos con admiración y gratitud su legado, al sentirnos parte de esa humanidad por la que vivió y luchó. Y desde este lugar que alguna vez visitó para compartir con nosotros, hacemos nuestro ante su partida el dolor de su pueblo.
PARTIDO COMUNISTA DE CHILE Santiago de Chile, 19 de junio de 2010












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