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J. D. Salinger: la guerra que nunca acabó

Cultura — 17 de marzo, 2010

El pasado 27 de Enero falleció el escritor estadounidense J. D. Salinger. La multiplicidad de crónicas, reportajes, artículos de opinión y testimonios no se hicieron esperar. Por todo el mundo se ha planteado más o menos lo mismo: el autor que escribiera El Guardián entre el Centeno, y pasara más de 40 años recluido en su campo de New Hampshire sin dar una sola entrevista ni publicar un libro, había muerto por causas naturales.

La sucesión de lugares comunes que por años se han venido configurando en torno a la figura de Salinger han salido a relucir casi como una necesidad. Que el autor demandaba a cuanto periodista o escritor que usase su nombre para alguna biografía, que se bebía su propia orina, que sufría glosolalia, que rara vez tenía relaciones sexuales con sus esposas, y que se relacionaba con ellas de forma obsesivamente celosa, teniéndolas prácticamente como prisioneras en su refugio de Cornish y que se negaba a permitirles ver a sus parientes y amigos, etc.

De alguna manera la caricaturización de la figura de Salinger en torno a éstas y otras excentricidades han hecho del escritor una figura de culto y un producto bastante cotizado en la industria cultural, más allá del contenido de su obra y los problemas que en ella se despliegan.

Salinger comenzó su trayectoria literaria escribiendo relatos para revistas de Nueva York: Story, Saturday Evening Post, Esquire y The New Yorker, en la década de 1940; publicó además dos capítulos de lo que posteriormente sería El Guardián entre el centeno antes de alistarse como voluntario para combatir en la Segunda Guerra Mundial: I’m Crazy y Slight Rebellion Off Madison. No obstante, revisar esos relatos publicados en The New Yorker en 1941 y luego leer El Guardián entre el centeno nos deja con una sensación de discontinuidad. Algo pasó, o mejor dicho algo cambió. La trama de esos relatos se identifica mucho con la de El Guardián, incluso la voz del propio Holden Caufield (adolescente protagonista y narrador de la novela) es muy similar. Sin embargo no es lo mismo. Hablan igual, pero de otra cosa; cuentan la misma historia, mas esa historia ha dejado de significar como antes.

Casi 10 años son los que separan la publicación de esos relatos con la de El Guardián. En el intervalo Salinger viajó a Europa, pero no precisamente a conocer los cafés literarios parisinos, los museos de Florencia o las bibliotecas alemanas. Reclutado en 1942, Salinger estuvo en Normandía el Día D. Pertenecía al 12º Regimiento de Infantería de la Cuarta División. "Nunca te puedes quitar del todo de la nariz el olor de la carne humana quemándose, no importa por cuánto vivas", cuenta su hija Margaret, en su libro Dreamcatcher, que el autor de las Nine Stories le dijo cuando era pequeña.

Salinger y su unidad participaron en intensos combates en la Segunda Guerra Mundial. Tras el Día D, estuvo en la liberación de París y en la Batalla de las Ardenas, en el gélido invierno europeo, donde sufrió pie de trinchera. En Alemania ayudó a liberar un campo de concentración y participó en interrogatorios a soldados nazis. Sufrió una crisis nerviosa y fue internado. En el hospital conoció a una doctora que había pertenecido al Partido Nazi y se casó con ella, pero luego se divorció. En el mismo libro de Margaret Salinger (Dreamcatcher o El guardián de los sueños), ella cuenta que, estando en el jardín de su casa en Cornish, su padre se quedó inmóvil mirando a un grupo de albañiles jóvenes que trabajaban en la casa. Salinger estuvo mucho rato observándolos. De pronto le dijo a su hija: "Todos estos chicos, tan fuertes, siempre estaban en las primeras filas, siempre eran los primeros en caer, uno tras otro".

Muchos han planteado, entre otros los articulistas oficiales de los periódicos más renombrados del país este fin de semana, que el protagonista de El guardián, Holden Caulfield, sería una especie de alter ego del propio Salinger y de su vida como adolescente. En la historia que se nos cuenta, Holden es un joven de 16 años que vive en New York. Es muy mal estudiante y ha sido expulsado de muchos colegios. Es un muchacho que tiene un vocabulario bastante grosero y es sumamente mentiroso. Sin embargo odia a los hipócritas, a los falsos, a los creídos y a las palabras cursis y “cultas”, pero sobre todo, paradójicamente, que la gente le mienta. Además es virgen y no entiende el sexo ni las relaciones sentimentales con las muchachas. Luego de quedar a punto de la expulsión de su último colegio-internado, se escapa y comienza un periplo frenético por distintos lugares de Nueva York, donde entabla relación con un sinnúmero de personas marginales ajenas al “mundo feliz” que supone para los alumnos del colegio privado en que estaba estudiando.

Frases como “el escritor que inventó la adolescencia” o “el escritor que tenía miedo a crecer” se han sucedido no sólo en estos días en que la salingermanía se ha asentado en las distintas tribunas culturales tras su muerte. Pareciera que pocos recuerdan que en esta misma novela aparece otro personaje, uno que casi nunca habla ni realiza acción alguna, pero al cual Holden se refiere con insistencia. Se trata de D. B., el hermano mayor de Holden, es escritor, autor por ejemplo de El Pececillo Secreto (acaso un guiño al relato que Salinger publicaría años más tarde conocido como Un día perfecto para el pez banana, donde al final del relato un ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial se suicida). Éste tiene mucho dinero y vive en Hollywood, como Salinger por entonces. Además estuvo en el ejército durante cuatro años, combatió en la Segunda Guerra e incluso participó en el desembarco de Normandía.

En El Guardián Holden Caufield dice: "Me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente". Esto pareciera una simple evasión adolescente si pensamos en un joven que imagina la forma más simple de escapar a sus problemas. Sin embargo en Salinger esto es un aviso y a la vez un rescate. Lo que le pasa a Holden, su confusión, su huída, no se relaciona con lo irremediable, sino con el no enfrentar aquello que le hará ceder ante el mundo adulto. Si pensamos en el final de la novela, nos damos cuenta que sus conflictos al menos logra sobrellevarlos dentro de su posición. Lo insoluble, por su parte, está en el mundo de D. B. que, por ese tiempo (1951), después de la guerra, se asemeja demasiado al escritor norteamericano recién fallecido.