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Franklin Quevedo a los 90

Cultura — 12 de agosto, 2009

En pocos meses más, cumplirá sus 90 años uno de los periodistas y escritores más conocidos y queridos de nuestro medio.

Nacido en Llacanao, cerca de Linares, el 2 de octubre de 1919, Franklin Quevedo, profesor normalista, ha dedicado su vida a las letras, tanto desde el periodismo como desde su bien asentada plaza de narrador y crítico literario.

Director de la Radio de la Universidad Técnica del Estado (hoy USACH), Quevedo fue detenido en septiembre de 1973 y, luego de pasar por los estadios Chile y Nacional, confinado a los campos de Concentración de Chacabuco, Ritoque y Tres Álamos.

Liberado en 1975, marcha al exilio en Costa Rica, en donde trabajó como docente en las universidades de Costa Rica y Nacional, para retornar al país en el año 1990.

Colaborador de revistas como el caso de Aurora y Araucaria, su labor periodística la ejerció en diversos medios, como El Siglo, La Nación, El Debate, El Clarín, El Imparcial, Democracia y El Sur de Concepción.

A su temprana y sostenida militancia en el Partido Comunista, se agrega su activa participación en la Sociedad de Escritores de Chile.

  Interesante bibliografía   De su abundante obra, mencionaremos sus libros de cuentos: Todos seremos rosados (Editorial Universitaria, 1966), Muñecas, militares y pecesitos (Costa Rica, 1990), Regreso al valle del paraíso (LOM, 1995).

Escribe Luis Merino Reyes, sobre su monumental obra La tristeza del chileno (2 tomos, Mosquito Comunicaciones,  2000): “La prosa de Franklin Quevedo, sensible, buena intérprete de nuestra idiosincrasia popular, guiada por el hambre y la sed primitiva, nos ha llevado a pensar en un tema que desde hace tiempo nos preocupa.

¿Cuándo el escritor es vocero legítimo del pueblo, especialmente si viene de su entraña? La aguja imantada se detiene  frente a Carlos Sepúlveda Leyton, otro maestro primario nacido en la entraña popular santiaguina; en Nicomedes Guzmán, que pasó su infancia en el barrio Mapocho, refugio de vagabundos, y en Franklin Quevedo con su prosa de nivel muy genuino cuya personalidad se mantiene, por fortuna, distante de los genios figurativos que nos rodean”.

Agreguemos que la prosa de este escritor nuestro es ágil y demostrativa de su profundo conocimiento –familiaridad, habría que precisar- del habla popular, con la que “juega” un ejercicio humorístico aunque respetuoso.

Es imposible no admirar el prodigioso esfuerzo desplegado en las casi 900 páginas de La tristeza del chileno, generosa de inclusividad a la vez que rigurosa en la selección y clasificación de sus fuentes.

Mucho habría que agregar, pero valga esta sinopsis para prepararnos a la celebración de una hermosa jornada de trabajo y creación que, ya está dicho, muy pronto cumplirá sus 90 años.