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Fiesta popular chilena La vida es un carnaval

Cultura — 18 de agosto, 2009

No es necesario remontarse demasiado en el tiempo para encontrar condenas a la fiesta popular. En un bando oficial, en 1816, en las postrimerías de la Colonia, el último gobernador español, Casimiro Marcó del Pont, ordenaba: “Quién celebre este año las locuras del carnaval y sea plebeyo, recibirá cien azotes…”.

Al sistema, que impone verticalmente una cultura convencional, nunca le hicieron gracia las manifestaciones populares, espontáneas, auténticas y, a menudo, libertarias. Era explicable: al imperio colonial español, que dos siglos atrás jugaba los descuentos, le parecían peligrosas las sabrosas trasgresiones del carnaval, que hacían furor en América, cuando, utilizando un legítimo mecanismo de defensa, el pueblo reunía las tradiciones carnavalescas ibéricas y europeas con el espíritu lúdico y festivo de las sociedades indígenas y africanas. Cultivando ese espíritu que, en definitiva, revindica el derecho a mover desenfrenadamente el cuerpo en un espacio público, celebrando la alegría de estar vivo o algo parecido, cumplió tres años, por supuesto bailando, en el galpón de Víctor Jara, la Escuela Carnavalera Chinchintirapié, que fuera fundada el 23 de julio del 2006 por la bailarina Rosa Jiménez y un grupo de amigos comprometidos con el arte callejero y popular.

Iniciativa exitosa

La idea de la Escuela Chinchintirapié, nacida en el emblemático Barrio Yungay, encontró tierra fértil y se ha consolidado como una de las manifestaciones más activas del movimiento callejero. Se trata de una organización autogestionada y sin fines de lucro, que funciona abierta a la comunidad de Santiago. Inscrita en la mítica cultura del chinchinero, su idea musical parte del chinchín, como tambor base, desde donde se toman sus ritmos y su sonoridad para construir la propuesta carnavalera.

Reconocen a este instrumento como el tambor callejero original y genuino de nuestro país, que debe ser reconocido como un elemento básico de la Fiesta Popular Chilena. A partir de la cultura del chinchinero, la Escuela se interesa en profundizar los diversos oficios que se conjugan en el carnaval, es decir, básicamente, los bailarines, los figurines y los músicos. Esto ha dado lugar a un terreno fértil de integración y creatividad social entre un grupo de personas que, al margen de su diversidad socio cultural, son capaces de adquirir cohesión grupal y autogestionarse.

Todo esto da lugar a una práctica social que rescata y transmite estas manifestaciones artístico culturales, mediante el ejercicio común de un espíritu carnavalero que, además, rompe con el mito reiterado de que los chilenos son “tiesos” y no saben saltar. Incluso, se nos identifica con un pueblo fome y triste, reacio al baile y al carnaval callejero. Caracterizados por un desarrollado sentido del ridículo, nos definimos como “los ingleses de América”, haciendo de la mesura nuestro escudo de armas y ufanándonos de ser niñitos ordenados del curso, lejanos de los excesos caribeños, bananeros y tropicales, adjetivos de lo que sería necesario huir.

Una historia azarosa

La historia del carnaval está caracterizada por la persecución oficial, si bien la legislación imperial anti-carnavalesca, en los siglos XVII y XVIII en los hechos no siempre fue acatada. Para el sistema, el carnaval era peligroso ya que en sus posibilidades está en accionar “un mundo al revés”, modificar las estructuras, realizar el acto del travestismo, de la androginia, del exceso. En una palabra, sobrepasar los límites impuestos y, desde el desborde, cuestionar esos límites,

Por ello, no es difícil comprender por qué se le combate y por qué también sigue viviendo. En la época colonial el carnaval fue, como en Europa, una festividad popular de hondo sentido religioso o ritual, donde incluso el cristianismo adquirió rasgos novedosos, es decir, distintos a sus formulaciones oficiales.

Fue este sentido religioso y lúdico el que se cultivó en la América indígena y más tarde mestiza. En el marco del carnaval las comunidades populares han recobrado y sostenido históricamente su identidad asediada por el colonialismo pues, entre otras cosas, en su contexto se ridiculiza a los opresores blancos, se satiriza a la policía, se recobra a santos o a vírgenes patronas, se aleja al demonio, y el dios de los cristianos occidentales muchas veces termina por ausentarse.

La capacidad libertaria del carnaval le ha dado la posibilidad de romper con las limitaciones sociales y simbólicas impuestas por las elites colonialistas, logrando, a través del encuentro intercultural del viejo y el nuevo mundo, un horizonte de risas y juegos cósmicos. Si la legislación barroca colonial fue contraria al espíritu carnavalesco, el nuevo orden ilustrado lo fue muchísimo más. En 1821 se prohibió la práctica del carnaval en Chile, pues se le imputaba el culto pagano a Baco, además de reminiscencias de la dominación española. El nuevo orden ilustrado naciente con el siglo XIX intentaba imponer sus propias leyes, y en éstas el espíritu carnavalesco debía ser desterrado. El espíritu anti carnavalesco republicano alcanzó notables expresiones en las más diversas tendencias de la élite intelectual nacional de los siglos XIX y XX. En 1844, ambientes ilustrados católicos de Santiago enseñaron a tener en sus círculos de influencia “un justo horror hacia las abominaciones del carnaval. Esto, básicamente por su origen profano e inmoral ligado a falsos dioses”.

El carnaval y la salud mental

La senadora socialista María Elena Carrera entregó, en 1997, algunos datos que no dejan de ser alarmantes: “En un país hiper productivo como Alemania las horas de trabajo anual son 1.700 y en Chile, 2.400 (700 horas más); en uno de cuatro hogares existe violencia intrafamiliar; somos el país que consume más drogas tranquilizantes en el mundo y tenemos la taza de enfermedades mentales mas alta”.

Ante estas desoladoras estadísticas, cabe preguntarse: ¿cuánto incidirá la negación de la cultura carnavalera en el espíritu social que desarrolla tan altas tasas de enfermedades mentales?

En todo caso, independientemente de todos estos avatares, el carnaval ha seguido viviendo entre nosotros como una expresión rotunda de la cultura lúdica y libertaria del pueblo iberoamericano, aunque en nuestro país, al menos oficialmente, se le dé un significado cultural menor. La Escuela Chinchintirapié contribuye al culto de la cultura callejera popular y ratifica la afirmación del gran poeta español Antonio Machado: “El pueblo, siempre que se regocija, hace carnaval. De modo que lo carnavalesco, que es lo específicamente popular de toda fiesta, no lleva trazas de acabarse”.