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Escámez vuelve a Chillán

Cultura — 7 de febrero, 2010

Los conscriptos y obreros que durante la dictadura militar fueron obligados a destruir a golpe de picota el muro del entonces enorme Salón de Honor de la Municipalidad de Chillán a objeto de hacer desaparecer para siempre el bellísimo mural del artista Julio Escámez, no fueron los culpables de ese crimen contra la cultura. Los verdaderos autores fueron los ignorantes uniformados que comandaba Pinochet, las autoridades golpistas de la ciudad y los fanáticos de la derecha local. Meses antes lo habían cubierto con alquitrán, pero alguien les dio el soplo de que dados los materiales con los que se recubría la pintura en un mural, en cualquier momento podía rasparse el alquitrán y la obra de arte volvería a aparecer en todo su esplendor.

Por eso fue que en 1974 el coronel de ejército a cargo de la plaza, secundado por el milico que oficiaba de intendente, más el pinganilla nombrado como alcalde y azuzados por un milico jubilado de apellido Cruz, ordenaron demoler el muro y, con él, el mural. Antes, en septiembre del 73, el anterior jefe de plaza, coronel Juan Guillermo Toro Dávila y sus secuaces del ejército y carabineros habían dispuesto y ejecutado el fusilamiento sin juicio del alcalde socialista Ricardo Lagos Reyes, su esposa embarazada de 8 meses y su hijo Carlos. Un mural más, un mural menos, ya no les preocupaba. La matanza en esa región fue espantosa.

La destrucción del valioso trabajo artístico fue noticia mundial. Periódicos y revistas especializadas de Europa y América publicaron fotografías del mural y deploraron la barbarie fascista.

Fue a comienzos del 75, recién llegado al exilio en La Habana, cuando recibí una carta de Julio en la que me contaba detalles de lo sucedido y me aseguraba que algún día volveríamos a Chile y a Chillán y entonces pintaría un mural 100 veces más hermoso.

Los años pasaron. Julio se avecindó en la hermosa Costa Rica que le abrió sus brazos cuando el artista fue perseguido por el régimen, y sus viajes a Chile han sido esporádicos Pero además cambió el país y disminuyeron las condiciones para el arte y la cultura en una sociedad dominada por el mercado y la ganancia capitalista. Con ello parecía alejada para siempre la posibilidad de que el artista volviera a pintar un mural a la misma ciudad y en el mismo edificio.

Sin embargo, la justicia tarda pero llega y he aquí que tras resolver los problemas inherentes a su viabilidad y luego de un encuentro de Julio Escámez la semana pasada en Chillán con el alcalde Sergio Zarzar, se ha resuelto la confección de un mural en homenaje al bicentenario y en que la figura central será Bernardo O’Higgins.

No será igual que aquel mural que hablaba de la realidad del modelo capitalista, de la explotación, de las guerras, y que cantaba a la esperanza del nuevo mundo; una obra que se llamó “Principio y fin” y que fue visitada y elogiada por miles, entre ellos Pablo Neruda, e inaugurada por el presidente Salvador Allende y la orquesta sinfónica.

La iniciativa para su realización en esos años felices fue de quienes éramos los representantes populares municipales de izquierda en esa ciudad a fines de los 60 y comienzos de los 70 : Ricardo Lagos Reyes, Nicolás García Moreno, Isidoro Tohá, Lidia Zúñiga de Basso y el redactor de esta nota. Aquel fue un trabajo que a lo largo de su ejecución concitó el interés de la gente y en especial de los jóvenes hasta que el recinto en que trabajaba Julio y sus ayudantes se transformó en un punto de encuentro cultural, un espacio espontáneo y frecuente para la música, la poesía, el canto.

Hoy vivimos otro tiempo. Hemos retrocedido décadas. Pero, con todo y pese a todo, como ha dicho el propio Julio, lo importante es que pudo regresar “a pagar esta deuda con Chillán” y restituirle a la ciudad parte de su magnífica creatividad. La generosidad sin fronteras y el talento de Julio Escámez regresan. Bienvenido al sur, sea este chileno ejemplar.