Elías Lafferte Gaviño: Vida de un comunista
— 21 de febrero, 2010Elías Lafferte nació en Salamanca, el 19 de diciembre de 1886, y falleció en Santiago el 17 de febrero de 1961. Fue despedido por una multitudinaria manifestación, que lo llevó al Cementerio General desde el local del Partido Comunista, en la calle Teatinos número 416. Entre sus múltiples tareas como dirigente sindical y político, trabajó en la prensa obrera, fue senador, presidente de su partido y candidato a la presidencia de la república.
Los párrafos siguientes pertenecen a su libro autobiográfico, y dan cuenta del medio político y social en el que le tocó desempeñarse, cumpliendo un importante papel en las organizaciones sindicales y en la vida política de su tiempo.
“La FOCH seguía funcionando en la calle Tenderini, pero el periódico, que no se llamaba ya La Federación Obrera sino Justicia, se imprimía en la calle Río de Janeiro. En el orden político, un movimiento encabezado por oficiales jóvenes del ejército, entre ellos Marmaduque Grove y Carlos Ibáñez del Campo, coroneles ambos, había dado un golpe de estado contra la junta de generales conservadores, en enero de 1925, y traído de nuevo al país a Alessandri, para que terminara su período.
[…] La FOCH continuaba su lucha contra la legalización de los sindicatos, porque tal cosa, en tales momentos, equivalía a una domesticación de los elementos obreros y nosotros estábamos entonces, y estamos ahora, por una clase trabajadora erguida, revolucionaria, capaz de conquistar por sí misma su propio bienestar. Por cuestiones tácticas, la FOCH peleaba contra las leyes 4054, de seguro obligatorio, 4055, 4056 y 4057, que preconizaban la legalización de los sindicatos. Pero el desprecio del gobierno por la clase obrera no había variado gran cosa y esto quedó al desnudo cuando se produjeron, a comienzos de junio de 1925, los sucesos de La Coruña. Una huelga en esta oficina salitrera adquirió de pronto, debido a la acción de las fuerzas armadas, caracteres de masacre. […] Las noticias de la horrorosa masacre despertaron indignación en Santiago. Nuestro diario las publicó y todos los trabajadores exigieron que se hiciera una prolija investigación de los hechos y que se castigara a los sanguinarios culpables. El gobierno, no obstante que el Presidente Alessandri y el Ministro de Guerra Ibáñez, habían mandado sendos telegramas a los masacradores, felicitándolos por su hazaña, fingió acceder a estas demandas. Manuel Hidalgo y Luis Víctor Cruz fueron llamados a La Moneda, donde se les propuso que un dirigente de la FOCH, premunido de poderes, fuera a investigar los hechos.
Se reunió la Junta Ejecutiva de la FOCH y se acordó enviarme al norte, como buen conocedor de la pampa, a investigar. El pasaje no lo pagó el gobierno, naturalmente, sino la FOCH y, premunido de una carta de Carlos Ibáñez ordenando se me dieran todas las facilidades del caso, me embarqué en la tercera clase del vapor Aconcagua.
[…] Al llegar el barco, dos días después, a Antofagasta, me dispuse a desembarcar para conseguir que algún dirigente regional de la FOCH me acompañara en la investigación, cuando subió un agente de investigaciones y, por orden del intendente, me llevó a tierra. El intendente, un marino en retiro de apellido Maldonado, que se hallaba en ese instante acompañado del comandante de las fuerzas militares de la provincia, el coronel Kasch, me preguntó irónicamente qué iba a hacer en Iquique. Le respondí que iba a investigar la matanza de La Coruña y le mostré mi salvoconducto, es decir la carta de Ibáñez.
[…] Yo vagaba por las calles de Iquique sin poder cumplir la misión que la FOCH me había encomendado. Había reunido muchos datos sobre la masacre, pero era indispensable que conversara con las víctimas y que visitara La Coruña. A veces lograba despistar a la pesquisa para intentar algunos contactos. Con los compañeros que se hallaban escondidos de la policía, me entrevistaba en plena calle, en la forma más inocente posible... La imprenta de El Despertar, en la calle Juan Martínez entre Serrano y Tarapacá, se hallaba clausurada. […] A mediados de 1926 hubo elecciones en la FOCH y resulté elegido secretario general ejecutivo. Las fuerzas de nuestra central obrera estaban bastante disminuidas, como consecuencia de la organización de los sindicatos legales.
No pocos gremios se habían desafiliado buscando el camino más cómodo. Alentado por la USRACH, que tenía varios diputados en el Congreso tomó cuerpo el movimiento de los arrendatarios, que consiguió la creación de tribunales de la vivienda y la dictación de una ley que disminuía en un 20 por ciento el precio de los arriendos. El P.C. apoyó este movimiento, participando directamente en él a través de uno de sus hombres: Emilio Zapata.
[…] El 22 de febrero de 1927, siendo Ministro del Interior el coronel Carlos Ibáñez del Campo, se desató una fuerte ola de persecución, que esta vez no sólo iba a abarcar a los comunistas y a los elementos obreros, sino también a miembros prominentes de los partidos históricos. Aquel día, sorpresivamente fueron detenidos Barra Woll, Sepúlveda Leal, Manuel Hidalgo y Luis Víctor Cruz. Carlos Contreras Labarca estaba también en la lista, pero logró escaparse casualmente: había ido a ver a su esposa, que trabajaba en el juzgado de Santa Cruz, y de regreso a Santiago tomó un taxi para irse a su casa, en calle Cumming a un costado del teatro O’Higgins. Poco antes de llegar allí, un vecino lo vio y le advirtió que habían ido a allanar su casa. Entonces Contreras se escondió.
También cayeron en esta misma oleada de represión el radical Santiago Labarca, el conservador Rafael Luis Gumucio, que había sido director de El Diario Ilustrado y, aunque conservador, combatía los arrestos dictatoriales que ya comenzaban a manifestarse claramente en el entonces coronel Ibáñez. Cayeron asimismo Manuel Rivas Vicuña y otros políticos.
Y como proyectaban hacer la cosa en grande, a través de todo el país, empezaron a detener a dirigentes obreros, allanaron las imprentas del Partido y encarcelaron también a las directivas regionales de la FOCH. Vimos así que todo se nos desarticulaba, que nuestro movimiento tan fatigosamente construido a través de los años, se quedaba sin dirigentes.
[…] Pero la consigna lanzada por Iriarte de "solos contra todos", impedía dar un paso en este sentido y se vio que de seguir por este camino, los Consejos de la FOCH iban a quedar reducidos a los militantes comunistas. Afortunadamente un núcleo importante de la dirección central supo señalar las características falsas de ambas desviaciones y reaccionar contra ellas. Entonces acordamos incorporarnos a los sindicatos legales y seguir desde allí, y desde todos los frentes, la lucha por las reivindicaciones populares y contra la dictadura de Ibáñez.
[…] En el local de los tranviarios se reunieron las organizaciones afiliadas a la FOCH, de la cual yo seguía siendo secretario general. Hice un extenso informe, poniendo el énfasis en que el movimiento de los tripulantes era justo y terminé planteando una huelga general en su apoyo. Hubo una larga, difícil y enconada discusión. Los tranviarios, al principio, se oponían a la huelga, pero por último cedieron, la huelga fue aprobada y se me puso al frente de ella, para dirigirla de acuerdo con un comité con dos delegados por sindicato y treinta delegados por los tranviarios, diez por cada depósito de tranvías.
En algunos aspectos, la huelga fue total, como, por ejemplo, en la movilización. No salió un solo tranvía a trabajar, y varias carretas y carretones de pan y de vino fueron volcados en las calles. El gobierno había decretado el estado de sitio y una manifestación de obreros comunistas y socialistas fue violentamente disuelta en Amunátegui esquina de Alameda. Todos los esfuerzos que hicieron para reagruparse fueron desbaratados por los carabineros, los cuales, después de su reclusión el 26 de julio, habían vuelto a salir a la calle, igualmente prontos para atacar a los trabajadores, como en tiempos de Ibáñez; el único cambio que se notó en ellos fue el reemplazo del viejo casco por la actual gorra.
[…] El nuevo Ministro del Interior, don Javier Angel Figueroa, decretó de inmediato la libertad de todos los presos políticos y nosotros pudimos, por fin, regresar. Nos condujeron a Santiago en dos coches de tercera clase, que se repletaron de presos de Santiago, Valparaíso, Antofagasta e Iquique. Nos dejaron a todos en Santiago y unos días más tarde, como secretario general de la FOCH, solicité una entrevista con Figueroa para pedirle que el gobierno pagara los pasajes a todos los nortinos que habían sido arrancados de sus hogares. El ministro me recibió muy amablemente, accedió a dar los pasajes que se le solicitaban y pidió tranquilidad, paciencia, que no se hicieran mítines en las calles, etc.
[…] A fines de 1932 comenzamos a trabajar en la preparación de dos actos nacionales importantes: uno era un congreso de la FOCH; no se celebraban desde que en 1925 el ibañismo había desmontado cuidadosamente todo el engranaje del movimiento obrero, repartiendo a sus dirigentes a lo largo del país, apresándolos o mandándolos a las islas. Pensábamos realizarlo en febrero de 1933. El otro acto era una conferencia nacional del Comité Antiguerrero, preparatoria de una reunión continental, que debía verificarse en Montevideo. […] El congreso de la FOCH se inauguró con un acto público en el local del Sindicato de Choferes, primera cuadra de la calle Cumming. Vinieron delegados de las zonas mineras, campesinas y fabriles más importantes y entre todos ellos se levantó con relieves impresionantes la figura de Juan Segundo Leiva Tapia, que representaba a una cooperativa de colonos agrícolas de Lonquimay. Aunque vestía como sus compañeros de trabajo botas de montar, chaqueta corta y manta de castilla, era un hombre cultivado, que argumentaba admirablemente y hablaba con lógica y al mismo tiempo con pasión. Había estudiado en el Instituto Pedagógico y según entiendo se había recibido de profesor de castellano y francés. Conmovido por la miseria de los campesinos, había dedicado a ellos su vida, a organizarlos, a levantarlos, y para esta tarea hizo lo que debe hacer un luchador: se identificó plenamente con los campesinos pobres, pasó a ser uno más de ellos. En ese congreso, me reeligieron secretario general de la FOCH y entró también a la directiva Pablo Cuello, entre otros.
[…] La línea antiobrera del gobierno de Alessandri se había manifestado desde los primeros momentos. Los políticos burgueses suelen buscar de los obreros sólo sus votos. Después ya no les interesan y cada manifestación de ellos, cada huelga, cada mitin, les suena a rebelión, a subversión, a alteración de su tan cacareado orden y democracia. El orden equivale para ellos a la sumisión absoluta; que no se reclame colectivamente ningún derecho, que no se proteste contra el alza del costo de la vida, que se acepte con resignación cada nuevo zarpazo a los intereses populares.
Así, pues, rápidamente pasé a la ilegalidad, a vivir sobresaltadamente, a dormir una noche en una casa y a la siguiente, en otra, para poder continuar mi trabajo en la FOCH, en el cual me ayudaba Martínez, un compañero venezolano que la CSLA había mandado a Chile para colaborar en nuestras tareas de coordinación latinoamericana de las organizaciones obreras.
[…] En junio de 1934 se celebró un Congreso de la FOCH en el Teatro Selecta de la calle Chacabuco, del que era concesionario nuestra camarada Amador Pairoa. Yo me presenté a la sesión inaugural, pronuncié un discurso para echar a andar las tareas y luego me esfumé, evitando a la policía. En este acto impresionó mucho a los delegados de todo el país la aparición de un joven campesino de la región de Lonquimay, donde, después de muchas peripecias, había logrado volver Juan Segundo Leiva Tapia, tras nuestro desastroso viaje al Uruguay. Este joven campesino, en medio de la emoción de todos los delegados, dijo: ¡Vengo aquí a sellar definitivamente la alianza obrera y campesina!
En la tarde de ese día, me dejé ver de nuevo en el local que los ferroviarios tenían en calle Exposición, donde el congreso iba a funcionar. Rendí el informe de dirección y luego volví a desaparecer, porque la policía ya andaba detrás de la reunión. El congreso se trasladó entonces a la avenida La Paz 134, pero allí también nos siguieron la pista, la policía rodeó la casa y apresó a numerosos delegados; el poeta y profesor Gerardo Seguel, que representaba a los maestros en ese congreso, huyó por los tejados. Cayeron Chacón Corona, Cuello y muchos otros.
[…] El reglamento de la convención establecía que para la elección del candidato presidencial serían necesarios dos tercios de los votos de los mil doscientos participantes, que estaban distribuidos así: Partido Radical, 450; Partido Socialista, 350; Partido Comunista, 120; Partido Democrático, 120. Participaba también en la convención, con 60 votos, la Confederación de Trabajadores de Chile, que acababa de constituirse, en reemplazo de la vieja y heroica FOCH, cuyas combativas huestes se habían enrolado en la nueva central; de estos 60 votos, 30 eran comunistas y 30 socialistas.
En las primeras ruedas, cada partido votó por su propio candidato: los radicales por Aguirre Cerda, los socialistas y la mitad de la CTCH por Grove; los democráticos por Juan Pradenas Muñoz y los comunistas y media CTCH por Elías Lafertte. Era una lucha terrible, con miras de nunca acabar. Se estudiaban más y más combinaciones para hacer triunfar a un candidato, pero se llegó a la conclusión que era imposible que ninguno de los candidatos obtuviera los dos tercios de los sufragios si no mediaba un acuerdo previo de los Partidos”.











Suscríbete