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Del terremoto nadie se salva

Editorial — 16 de mayo, 2010

Es cierto que hasta las catástrofes naturales parecen tener un certero instinto de clase, y no fueron ciertamente los barrios acomodados los que más sufrieron con el terremoto del 27 de febrero. De escombros está lleno el país, pero no se los encuentra precisamente en los espacios “de excelencia”.

Sin embargo, y puesto que debía producirse el cambio de mando del país, “desalojo” o como quiera llamárselo, las réplicas del sismo no han ahorrado en sus consecuencias a los sectores privilegiados.

Había que enfrentar “la reconstrucción”, y el país, junto con descubrirse en indefensión y tercermundismo flagrante, presenció el intenso debate instalado en el centro neurálgico del nuevo bloque de poder.

Viejos y nuevos liderazgos salieron a la superficie. Conceptos e intereses, o más bien éstos últimos disfrazados de los primeros, comenzaron a aflorar. El problema era muy mayor: quién pagaba los daños infligidos por la naturaleza, ya que era imposible culpar a ésta, aplicarle alguna legislación bien heredada de la dictadura o simplemente aplicarle un tratamiento prescrito para los subcontratados, los temporeros de la fruta o la docencia, los pingüinos alzados o los deudores habitacionales.

Al “quién paga”, que parecía natural, lógico y cristiano, se superpuso el “quién gana”.Y era inevitable, pues para ello se habían armado de paciencia hasta llegar a La Moneda a manejar sus intereses sin intermediarios.

El bloque flamante, recién inaugurado, se enfrentó a sí mismo: que si depreciación acelerada, que si royalties, que si impuestos aquí y allá, que si donaciones…

Algunos sentencian: “es que no saben gobernar”. Y otros acusan de ingenuidad a quienes tal dicen.

Coincidencia o no, la mayoría de los partidos de los bloques saliente y entrante enfrentan elecciones internas. Es decir, deben renovarse o continuarse, lo que implica todo un debate entre si lo hicieron bien, mal o regular; en qué fallaron si ello puede confesarse, cuáles son sus galones a la hora de los triunfos.

¿Es lo que vemos diariamente una muestra de desamor entre fracciones y personeros, una simple muestra de ambiciones personales o de grupos? ¿O hay algo de fondo detrás de esta aparente farándula, agresiones, zancadillas de área chica, rimbombantes declaraciones, aparentes pugnas generacionales, etc. y etc.?

Las preguntas que rondan el espacio de nuestra criolla política, están fuertemente condicionadas por los dos grandes sismos: uno –bien mirado, casi caricatura- que fue el triunfo del abanderado derechista en la segunda vuelta presidencial; el otro, el real y contundente, de cuyas dimensiones aún no hemos tomado la nota debida.

Se queja uno: “éste parece un quinto gobierno de la Concertación”. Señal de fuerte apetito no colmado. Muestra de integrismo, de conservadurismo añejo pues el pelucón aunque de Harvard se vista, pelucón y reaccionario –“momio”, decíamos antes- se queda. Y en el ex bloque de poder -¿o simplemente ex bloque?- parecido desconcierto.

¿Adónde va el país? Si la respuesta hubiera que buscarla en el circunscrito territorio de los que, bien o mal, compartieron el poder en las muy últimas décadas de nuestra historia, la respuesta sería una incógnita para nunca resuelta. O un mar de dudas, recriminaciones y desesperanzas.

Afortunadamente, hay otras voces. Y éstas resurgen –es una forma de decir pues en realidad nunca estuvieron ausentes- salen a la calle y enarbolan sus derechos: son los jóvenes libertarios que defienden una educación libre y justa, son los trabajadores del cobre, que toman en sus manos una dignidad que no encuentra sitio en los espacios del poder.

A ellos, portaestandartes de los rehechos de su pueblo, ni el terremoto ni el tsunami –“maremoto”, decía antes aldeanamente-les hicieron mella. Siempre supieron responder al “quién paga”: los pobres de siempre. Y al quién gana: igualmente, los poderosos.

Y porque no aceptan esa “lógica” pedante y totalitaria, han reiniciado su marcha, convocando a todos quienes no estén dispuestos aceptar el raro espectáculo de un país que algunos quieren reconstruir sin siquiera preguntarse por el origen y “la lógica” de los escombros.