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Debate Presidencial: Los anuncios del país que viene

Opinión — 2 de octubre, 2009

La lluvia de columnas de opinión, crónicas y entrevistas publicadas acerca del debate presidencial del 23 de septiembre, confirman que lo que tres millones de chilenos vieron esa noche en la pantalla, despertó un sentimiento de que algo había cambiado.

Bastó que los medios rompieran aunque fuera por un instante la lógica de ignorar a quienes plantean una mirada distinta, para que se disparara el rating, el debate político recobrara todo su vigor en la vida cotidiana y la izquierda, que hasta entonces aparecía particularmente disminuida en las encuestas, confirmara su vigencia incluso entre sus detractores.

Ya nadie lo niega: ese día Jorge Arrate marcó la diferencia.

Sin restarle sus méritos individuales como candidato y político avezado, que los tiene y en abundancia, sólo habría que agregar la ventaja que le confirió estar allí representando a un proyecto cuya fuerza se funda en una realidad cada día más evidente -la necesidad de transformaciones profundas-, y que su discurso es heredero de la lucha librada desde comienzos del siglo pasado por la justicia social y la democracia.

“Soy libertario, soy de izquierda, soy socialista, soy orgullosamente allendista”, dijo. No tenía nada que ocultar, y en lugar de ello, mucho que mostrar.

Fuera de cámara

Pero más allá de los análisis de lo mostrado a través de los monitores, resulta particularmente significativo observar lo que ocurrió fuera de las cámaras, y que la mayoría del país no vio. Las 400 personas que esa noche se concentraron en los estudios de TVN, conformaban una síntesis del país político. Máximos dirigentes de los partidos, parlamentarios, alcaldes y concejales, representantes de los comandos, sindicalistas, candidatos al parlamento, artistas y rostros televisivos, dirigentes sociales y empresariales, representantes de medios de comunicación y periodistas del sector, se entremezclaban y generaban un clima de expectación.

Cada postulante a La Moneda llegó con sus invitados, que conformaron su propia barra. El formato del debate, basado en un modelo norteamericano diseñado para que no se escape ningún detalle, se vio sobrepasado al no considerar que se aplicaba ante un público latino que se resistía a las instrucciones de los organizadores de observar pasiva y silenciosamente desde sus asientos, ordenados en cuatro filas detrás de las cámaras.

Lo que ocurrió allí dentro, tanto delante como detrás de las cámaras, conformaba un solo todo, y tras las intervenciones de cada candidato que aparecía en cámara los que se encontraban fuera de ellas se encargaban de completar el cuadro, que terminó delineando una especie de sinopsis del escenario político que se nos viene, y que si bien no se reflejó plenamente en la pantalla merece ser observada.

Tres señales

Lo primero, es que bastó con juntar a las partes en condiciones igualitarias, sin discriminar ni excluir a nadie, para que el cuadro se viera sustancialmente modificado, no solamente en favor de una mayor presencia de los que hasta entonces habían sido invisibilizados en las pautas noticiosas, sino que también reubicando en el lugar que le corresponde a una derecha que ocupa la mitad del parlamento con un tercio de los votos, y controla la amplia mayoría de los medios de comunicación.

Bastó con que prescindieran de esas dos ventajas, para que se abriera paso -al menos parcialmente- el intercambio de contenidos reales, para que se esfumara la imagen de una derecha autosuficiente, que lo tiene todo controlado y se proyecta como dueña del fundo. No sólo su candidato, también entre sus acompañantes se veía rostros de preocupación, expresiones de nerviosismo y disconformidad, particularmente entre los acompañantes de la UDI. Mirarlos hacía recordar la expresión de los espectadores cuando La Roja va perdiendo. En las pausas, la situación se tornaba más evidente. Miradas hacia el piso, diálogos en voz baja, intercambio de palmaditas en el hombro para insuflarse ánimo.

Un segundo hecho que llamaba la atención es que al interior de la sala y conforme se escuchaba corear consignas, aplausos, comentarios y bromas, muchas veces entre acompañantes de candidatos distintos que se acercaban para saludarse, al interior del estudio se volviera a percibir el país real, ese cuya amplia mayoría es democrática, aunque esté dividido en sectores diferentes. ¿Alguna vez todos los chilenos fuimos uniformemente iguales?

A fin de cuentas, se veía reaparecer a esa mayoría nacional que, manteniendo sus diferencias, estuvo contra la dictadura. El ambiente confirmaba que este país, por sobre otras consideraciones, es mayoritariamente democrático, aunque las más de las veces la prensa nacional se esmere en hacer creer que eso es cosa del pasado y pretenda reducir la realidad sólo a dos sectores que se auto reproducen. La tercera observación es que, en ese ambiente, se generan expresiones espontáneas que los sociólogos han denominado “transversales”.

Cuando Eduardo Frei acusó a Piñera de haber usado información privilegiada a la que accedió por su posición política para favorecer sus negocios privados, no fue aplaudido sólo por sus acompañantes, sino también por no pocos que habían llegado junto a Enríquez-Ominami y a Arrate, quien antes había planteado la necesidad de separar la política de los negocios. Cuando ME.O habló de “los delincuentes de cuello y corbata”, se produjo un fenómeno similar. Y cuando Arrate salió en defensa del magisterio o condenó la discriminación contra las minorías sexuales, sólo no hubo aplausos en el sector de los acompañantes de Piñera. Es difícil suponer que en el estudio haya habido algún ingenuo. Todo lo contrario, nadie parecía confundido. Cada uno conocía claramente a quién apoyaba y cuáles eran sus adversarios, y precisamente era eso lo que les permitía saber cuándo debían aplaudir.

Mensaje para el futuro

Más allá de ser un hecho circunstancial que se borra con el paso del tiempo, lo ocurrido esa noche más parece un adelanto de las formas que podría adquirir el paisaje político nacional en la medida que busca abrirse paso hacia la recuperación de la democracia que todavía está pendiente.

Ese fue uno de los mensajes enviados por la mayoría de los que estaban congregados esa noche. Es difícil suponer que un sector solo -cualquiera de ellos-, pueda materializar alguno de sus objetivos sin entenderse con otros para hacer causa común. Así podría ocurrir, por ejemplo, para construir una mayoría tras el objetivo de la nacionalización del agua, la renacionalización del cobre, una ley de derechos de las minorías sexuales o la mismísima reforma de la Constitución Política heredada de Pinochet.

Así está ocurriendo en materia parlamentaria, frente al llamado a romper la exclusión.

Es la pedagogía de la realidad, que por fortuna siempre termina por imponerse y que no tiene nada que ver con el supuesto pragmatismo perverso e inmovilizador que se impuso bajo amenaza desde comienzos de los noventa, y que ha quedado en evidencia como incapaz de esbozar siquiera algún horizonte.

Contrariamente, esta vez se trata de partir de la realidad para impulsar transformaciones tan ampliamente sentidas como impostergables, y que comienzan a abrirse paso.

Es lo que anunciaron los asistentes al foro.

No se ve en el horizonte la posibilidad cercana de que esa mayoría democrática se convierta en una masa homogénea. Más aún, lo más probable es que no se trate de eso y que cada uno siga procurando preservar su identidad, que nunca todos estén de acuerdo en todo, y que por un largo tiempo sólo exista la posibilidad de aunar fuerzas y voluntades en torno a objetivos puntuales y concretos.

Al menos eso fue lo que primó esa noche, donde la derecha volvió a ser la gran perdedora.