¿Cuándo será el Día del Niño?
Derechos Humanos — 18 de agosto, 2009Son las cuatro treinta y estoy parada frente a un gran portón en el que advierto el descuido en una madera resquebrajada y que a ratos me permite ver el ajetreo del interior. Me animo a tocar el timbre, desde dentro escucho pasos que mantienen un ritmo que me evocan una parada militar. La contrapuerta se abre y aparece un joven perfectamente vestido con un traje verde obscuro, la cachucha que trae me impide miarlo a los ojos. Le explico el motivo de mi visita y raudamente me hace un ademán que me sitúa al otro lado del portón. Me lleva hasta un salón de techos altos y me pide que espere unos minutos. No terminaba de pensar que la cotidianidad propia de la vida nos aleja de muchas realidades, cuando lo veo aparecer nuevamente, pero esta vez acompañado de un adolescente que vestía anchos jeans y un polerón blanco que le llegaba casi a sus rodillas.
Por unos segundos me distraigo con unas enormes cadenas que trae en su cuello, él responde a mis saludos previniéndome que se llama Pedro y que en el ambiente lo conocen como El Cachalote. Lo miro detenidamente, su rostro me dice que su vida no ha sido nada de fácil y en su mirada puedo notar la dualidad niño-hombre. Me inquieto, quiero saber de su historia. ¿Por qué estás aquí?, le interrogo. Mueve su mano izquierda como si quisiera llevársela a la boca, pero la desvía para voltearse la gorra que trae puesta: robo con violencia, responde. Indago nuevamente: Pero eres muy joven, ¿vas a la escuela? -No, desde pendejo tuve que hacerme cargo de la casa porque mi taita nos dejo tiraos. Somos cuatro hermanos y yo soy el mayor, mi mamá se puso mal, buena pa’ tomar. Mientras relata su historia recuerdo un escrito de Humberto Maturana en el que afirma que los seres humanos nos hacemos y que el desarrollo de nuestras capacidades está condicionada por el entorno en el cual crecemos.
El Cachalote el Cisarro y Las Arañitas son una representación de cientos de niños y adolescentes marginados, desde su nacimiento, por la sociedad. Los infantes y adolescentes infractores de la ley se desarrollan en un entorno en el que aprenden la violencia como una forma de resolver los conflictos. Sus historias de vida están marcadas por situaciones de abandono, en las que muchas veces es la abuela materna la que se hace cargo del grupo familiar.
Se criminaliza la pobreza
Para Mónica Bonnefoy, directora de la ONG Caleta Sur, la situación de desarrollo de los jóvenes y niños infractores de la ley responde a la triste historia del círculo de la exclusión y la marginalidad: “Generalmente, sus padres repiten patrones de conductas del entorno familiar en el cual crecieron y, además, están insertos en una sociedad que no se hace cargo del bienestar de sus habitantes”.
La rápida segmentación que ha experimentado Chile en los últimos 30 años, como lo reconoce la antropóloga de la Universidad de Academia de Humanismo Cristiano Francisca Márquez, se expresa en la marginación urbana que viven los sectores llamados vulnerables, relegados a vivir en verdaderos ghettos en la periferia de la ciudad. Además de eso, son condenados por la constante criminalización que sectores de la sociedad hacen por su condición de pobres. Esta segmentación urbana erosiona aun más la cohesión social y lleva a que la ciudad se transforme en un espacio sólo para delinquir. Bonnefoy asegura que la violencia no sólo viene de sus hogares, sino que de instituciones sociales como las escuelas, instancias que en teoría deberían cumplir un rol de integración del individuo a la sociedad. Agrega que estos espacios están tan condicionados por los criterios de la disciplina y el autoritarismo que se vuelven hostiles a los jóvenes infractores de la ley, entonces el sistema elabora el mito de que estos adolescentes toman de manera autónoma la decisión de dejar la escuela o carecen de las competencias cognitivas necesarias para enfrentar el aprendizaje. “Las relaciones que instalan los profesores y directivos de los establecimientos genera un choque en donde el espacio pierde legitimidad a los ojos del chiquillo”, afirma la directora de Caleta Sur.
Asimismo, la escuela se vuelve el lugar donde se consagra la segmentación y la desigualdad del sistema. La realidad de los hogares que dependen del Servicio Nacional de Menores no es muy distinta: estas instituciones que el Estado dispone para la sociabilización fracasan en su tarea porque son concebidas desde una perspectiva represiva, y en ellas está ausente la lógica que permitiría la reinserción de los jóvenes. Bonnefoy explica que en los hogares del Sename se ha instalado una dinámica carcelaria en la que se da igual trato a quienes son imputables o inimputables. La especialista recuerda el caso de Cristóbal, llamado el Cisarro, quien fue internado en un hogar y pasó de ser un delincuente, con un alto prontuario, a un enfermo psiquiátrico. En este sentido, agrega que se requieren cambios de estructura, pero, lamentablemente -añade- las autoridades han demostrado que no existe la voluntad política de llevarlas a cabo, sobre todo en materia de reformas a la educación. La especialista, además, señala que el país no estaba preparado para enfrentar una normativa como la ley penal de responsabilidad juvenil, por los problemas internos de funcionamiento de los hogares del Sename y por la no existencia de una red con una táctica global que permitiera realizar una intervención eficaz en la prevención y reinserción de menores infractores de ley.
El caso del Cisarro, niño proveniente de una familia de nueve hermanos, fue tratado por los medios de comunicación con la irresponsabilidad propia de una sociedad cuya miopía le impide ver el problema de fondo. Los titulares de la prensa lo elevaron a una categoría de antihéroe que sin duda avivó el reconocimiento de sus pares en el ámbito en el cual se despliega el chico. Para Walter Arancibia, dirigente de los trabajadores del Servicio Nacional de Menores, la mediatización del caso generó la reacción de las autoridades del ministerio de Justicia que una vez más -dice- intentan salvar la situación con medidas paliativas. La autoridad anunció la creación de instituciones que reemplacen al actual servicio nacional de menores y se especialicen en recibir infractores de ley y niños en riesgo social: “El rediseño del Sename ha sido planteado hace más de dos años por los trabajadores, y en la elaboración del proyecto de ley no se consultó a quienes conocemos del tema”, aseguró Arancibia. “El ministro, para salir del paso por lo ocurrido con el niño Cristóbal, anuncia estos cambios en el Sename que sólo son medidas para acallar los reclamos de la derecha”, agregó el dirigente. Actualmente el Sename, junto a las 263 instituciones privadas que integran la red nacional, mantiene 901 centros en todo el país. Con programas de observación y diagnóstico, protección, rehabilitación y prevención, atiende a 54.500 menores en "situación irregular".
Dónde están las políticas estratégicas
De éstos, sólo cerca de 13 mil ingresaron como infractores de leyes y poco más de 40 mil lo hicieron en busca de protección, ya sea por maltrato, abuso sexual o abandono, entre otros motivos.
Para Mónica Bonnefoy, los anuncios de la autoridad pueden significar un avance, pero aun están lejos de enfrentar el problema de la delincuencia infanto-juvenil de manera global y atacando las estructuras del sistema. En este sentido, la especialista asevera que no es menor la situación económica de los hogares de estos jóvenes, ya que la falta de trabajo es una limitante para ingresar a la dinámica social.
Las intervenciones locales, desarrolladas principalmente por organismos que trabajan con dineros del Estado, como es el caso de Caleta Sur, cumplen un rol más bien preventivo; es decir, orientado a evitar que los menores entren en el círculo de la delincuencia. No obstante, para quienes trabajan en el tema es fundamental que el país cuente con políticas estratégicas para abordar la pobreza. Hasta ahora sólo se han desarrollado de manera mínima ciertos derechos básicos a los cuales todo chileno puede acceder: la pensión básica universal y el programa Chile solidario, entre otros. La directora de Caleta Sur dice: “Estas medidas son una plataforma, pero mientras el empleo, el trabajo no sea un elemento que impacte las condiciones de vida de los sectores, son insuficientes”. La realidad de los jóvenes que han participado de los programas de la ONG Caleta Sur da cuenta de la precariedad laboral que enfrenta el país: menos del 20 por ciento cuenta con un trabajo formal, el resto se desempeña en actividades esporádicas y de carácter informal, como vendedores ambulantes o trabajos en ferias libres. Bonnefoy asegura que la situación acusa que la democracia en el país opera a cierto nivel y que existen sectores excluidos del bienestar social. Mientras esto persista, seguirán ingresando jóvenes y niños al círculo de la delincuencia.
Detrás de cada niño y adolescente que se apropia de la calle para transformarla en un espacio para satisfacer las necesidades que el propio sistema le instala, existe una sociedad carente de un proyecto de país y con incapacidad de generar oportunidades que permitan terminar con las brechas de la desigualdad. Mientras esta situación se mantenga, seguirán existiendo infantes como con los apodos del Cisarro, Cachalote y Las Arañitas.












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