Publicidad

¿CUÁL ALLENDE?

Opinión — 17 de agosto, 2009

Entre la admiración de sus partidarios y la demonización promovida por sus detractores, Allende ha habitado en la conciencia moral de los chilenos desde el 11 de septiembre de 1973. Murió, pero respira. Chile lentamente ha ido acercándose al fin de un largo duelo.

¿Reformista o revolucionario?, ¿decidido o vacilante?, ¿realista o temerario?, ¿suicidado o asesinado?, ¿legalista o buscador de resquicios jurídicos?, ¿prudente u osado?, ¿parlamentario o activista social? Allende ha sido examinado de arriba abajo. Y el examen aún no termina, porque superada la dictadura y consolidada una democracia mínima, los aires que circulan en Chile han disipado temores y, finalmente, todos hablan y escriben sobre Allende aunque no lo hayan hecho en muchos años. Para defenderlo o atacarlo, o para ubicarlo en el limbo de los hombres buenos y despojarlo de sus filos políticos.

Hace treinta y cinco años el mundo abrió ojos y oídos y supo que estaba frente a un héroe. Chile debió cerrar los suyos y ha tardado en abrirlos por completo. El funeral oficial fue un primer gesto, cuando Aylwin era Presidente, en 1990. Más tarde, durante la presidencia de Frei, se instaló el busto de Allende en la galería de Presidentes de La Moneda. La estatua en la Plaza de la Constitución marcó un nuevo hito, en el gobierno de Lagos. Hace poco un programa de televisión abierto y participativo lo ha declarado el más grande chileno de nuestra historia. La Presidenta Bachelet, en un gesto indispensable y potente, ha devuelto la dignidad a La Moneda y ha reestablecido a Allende en la misma sala que ocupó como despacho presidencial. Se ha avanzado, paso a paso, demasiado lentamente, al tranco cansino y dubitativo de la transición chilena a la democracia que terminó, mal que nos pese, en una democracia incompleta y excluyente.

A treinta y cinco años de la muerte de Allende y a más de cien de su nacimiento se necesita un esfuerzo sincero por iniciar un nuevo ciclo que renueve una esperanza, la que tuvo Allende. ¿Será demasiado tarde? Treinta y cinco años es un largo tiempo, media vida humana. Para Allende y su herencia ha sido un período complejo. El aborrecimiento de la dictadura, primero, con la difusión de ideas distorsionadoras. El discurso que intentó instalar el pinochetismo hizo a Allende sinónimo de  arbitrariedad, falencia económica, escasez, desorden, ilegalidad. La Unidad Popular fue presentada como un proyecto político monstruoso. Al mismo tiempo que la dictadura asentaba su mensaje, silenciaba a quienes podían contradecirlo. Luego vino la sordina de la post dictadura destinada a evitar la discordia entre los socios de la Concertación. Ahora, al cumplir Allende su centenario, algunos homenajes, ante la imperiosa necesidad de referirse a él, lo presentan como un romántico, un soñador, un hombre bien intencionado, leal, corajudo, pero falto de realismo, ingenuo, una víctima de un tiempo alborotado por revoluciones descabelladas y que prohijó expectativas inalcanzables.

Allende está lejos de ser capítulo cerrado. No hay añoranza en la afirmación. No obstante que el pasado como tal no es un proyecto de futuro, hay una nostalgia que sí es preciso reivindicar hoy: la nostalgia de la esperanza, sin la cual es imposible proponerse nuevas perspectivas. Por eso el debate sobre lo que significó la Unidad Popular, cuáles fueron sus reales posibilidades de victoria y cómo fue su gobierno estará abierto por mucho tiempo, como ocurre con acontecimientos históricos complejos que dejan huella en la memoria colectiva. Se trata de un hito en la vida del país, de un acontecimiento estelar en la historia chilena del siglo XX. Hay claves allí para explicarse el último medio siglo de nuestra existencia nacional y también para definir las proyecciones para el tiempo que vendrá.

Allende héroe, Allende socialista de carne y hueso, Allende líder de un proyecto de izquierda. Son tres miradas posibles. Sólo la primera ha cristalizado en plenitud y ha traspasado las fronteras de Chile y de la izquierda chilena. Fue una mirada que en parte se constituyó en el exterior y regresó pausadamente para converger con el alma allendista acallada que se mantuvo viva durante la dictadura.

La segunda perspectiva, el Allende militante, descubre a un sujeto persistente, incansable luchador por su propio liderazgo, activo en muchas contiendas internas. Como él hubo varios, pero ninguno contribuyó tanto a desarrollar un movimiento de la amplitud y fortaleza del “allendismo”. El legado como militante y dirigente de partido resulta indiscutible: luchar siempre por ideas. Para él la contienda política era también una pugna por el poder, pero antes que nada una lucha de ideas. Sus discrepancias con Grove en los cuarenta, su desafiliación del Partido Socialista Popular o sus confrontaciones con Ampuero en los cincuenta y sesenta, sus diferencias con Almeyda y Altamirano previas a la elección de 1970, tenían que ver con planteamientos políticos, con propuestas políticas.

El tercer Allende, el Allende jefe de un proyecto revolucionario “por sus fines”, como hubiera dicho Eugenio González, y no violento en sus medios, ha generado debate e interpretaciones distintas. No es extraño. A diferencia de Ernesto Guevara, héroe revolucionario que convergió con un tiempo donde nada era imposible --- los años sesenta --- Allende estaba lejos de ser una figura sesentista. Por el contrario, inserto en las instituciones, formal cuando se requería, informal hasta el límite de lo permitido, Allende se desenvolvía bien en el parlamento, en los grandes actos democráticos y populares o en el debate político nacional y no en los territorios que en ese tiempo muchos latinoamericanos preferían para su lucha: las sierras, los campos, los subterráneos de las urbes, los sitios recónditos de los suburbios pobres de nuestras ciudades capitales. El arma de Allende era su voz, su presencia, la transparencia de su mensaje, el voto que conquistaba, la organización social que contribuía a formar. La huelga o la toma de terrenos que apoyaba.

Allende concibió una fuerza superior a la suma de los dos grandes partidos marxistas, menos sectaria, más abarcadora. Suscribió también, sin demasiadas especulaciones teóricas, un camino que pudiera llevarla a la victoria: el ejercicio democrático, el recurso al sufragio universal. En cuatro candidaturas presidenciales recorrió entero un país en que no existían aún los medios audiovisuales o computacionales de hoy. Su incansable bregar fue el instrumento para transmitir un mensaje que penetró la cultura. Allende construyó hegemonía de izquierda y la defendió todos los días. Algo semejante se propuso Recabarren en la etapa germinal del movimiento obrero organizado, sin posibilidades de alianza exitosa o de victoria, bregando con su espíritu fundacional en la base misma de trabajadores y al interior de grupos pequeños y marginados.

Allende desarrolló su batalla con partidos más sólidos, en un cuadro nacional de apertura de espacios para las luchas sociales y en un contexto internacional caracterizado por un hemisferio sur rebelde, en proceso de descolonización o de lucha por un desarrollo equitativo. La visión de Allende logró momentos sorprendentes de síntesis. No obstante no ser un personaje “sesentista”, convivió fructíferamente con los años sesenta. Muestra de ello fue su apoyo y especial relación con la Revolución Cubana y sus líderes, su fraternal comprensión y aliento a los movimientos revolucionarios armados que surgieron en América Latina y su diálogo, siempre polémico pero respetuoso, con los jóvenes dirigentes del MIR que criticaban a su gobierno y a la Unidad Popular.

Allende, jefe de proyecto de izquierda, impulsó la tentativa dramática, la única en siglos de nuestra historia, de cambiar de veras el signo del poder en la sociedad chilena. El fin que tuvo esa experiencia no es para nada independiente de la profundidad del proyecto allendista y de su intención transformadora. Son estos elementos los que explican la reacción de los sectores dominantes y la secuela del golpe. Nuestras autocríticas, válidas y necesarias, no pueden olvidar este hecho. Pero, ¿qué le dio a ese proyecto tanta potencialidad? La izquierda del tiempo de Allende se debatió entre la reforma y la revolución, se dividió y enfrentó duramente en la contradicción entre ambos conceptos. Quizá el magnetismo del proyecto de Allende consistió en buscar una síntesis, en ir más allá de esa contraposición de consecuencias fratricidas. Ni reformista ni revolucionario a secas, Allende más bien fue un “reformador revolucionario”, que pensó que la agregación de reformas radicales en diversos ámbitos y realizadas simultáneamente significarían una mutación cualitativa a una categoría de cambio social que debía reconocerse como una revolución.

La vida política de Allende estuvo cruzada por las grandes tensiones siempre inherentes a los proyectos de largo alcance. Teoría y práctica tuvieron un complejo encuentro en muchos años de duras campañas y debates. El pragmatismo obligado del gobernante se enfrentó al utopismo del revolucionario que quiere cambiar la sociedad y dio lugar a cruciales momentos para la vida política y social chilena. Medios y fines se relacionaron en permanente tensión cuando los esquemas ideales se confrontaron con la problemática realidad.

Sin amedrentarse por la dimensión del desafío, Allende buscó sintetizar reforma y revolución, libertad e igualdad, democracia y socialismo.