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¿A dónde va nuestro ministro de Economía?

Economía — 17 de junio, 2010

El ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, nos propone, “subido en el cajón de manzana” de la página editorial del diario El Mercurio, la misión de encender los motores del crecimiento y “cruzar el umbral del desarrollo antes que concluya la década”.

Antes de analizar el contenido del artículo publicado en la página 2 de la edición mercurial del 30 de mayo pasado, sería bueno recordar quién es el actual ministro de Economía, Fomento y Turismo y por qué fue elegido en ese cargo por este gobierno de los empresarios y de la clase burguesa chilena.

Juan Fontaine Talavera es economista Chicago boy, académico, investigador, consultor, hombre de empresa, militante de la UDI e hijo del ex director del diario El Mercurio, Arturo Fontaine Aldunate, uno de los más férreos defensores de la dictadura, al igual que el actual ministro. En sus inicios, formó parte del grupo de estudio de Manuel Cruzat Infante, parte del grupo más aristocrático del empresariado chileno, católico ultraconservador y miembro del Opus Dei, y que, como integrante del grupo financiero llamado “los piraña”, provocara uno de los mayores descalabros económicos que registra la historia del país. Dentro de este mismo grupo de estudios fue recibido Sebastián Piñera, luego de su cuestionado paso por el Banco de Talca. Juan Andrés fue hombre de confianza del hermano del presidente, José Piñera, y lo asesoró en su frustrada campaña presidencial. Perdedor reincidente, insistió con Hernán Büchi y Joaquín Lavín, hasta que apoyó a su amigo Sebastián Piñera, que lo premió con el ministerio de Economía. Ocupó sillones en Quiñenco, Banco Santander Santiago, Besalco, el Grupo Mall Plaza, Endesa, entre otros bien pagados directorios. Quizá por esto su currículum oficial dice que es un hombre de empresa, aunque nunca ha creado ninguna de ellas.

Bemoles de la iniciativa ministerial

Las proposiciones del ministro nos señalan que primero que todo se debe “acelerar el ritmo de crecimiento al 6% promedio de aquí al 2018 y que para esto se debe motivar a un gran número de mujeres y jóvenes a ingresar al mercado laboral”. Si ésa fuera la única condición, no habría problemas, ya que a ello aspira un gran número de mujeres y jóvenes, sobre todo si se recuerda que la cesantía entre ellos es en estas últimas décadas de más del 20%. La última encuesta del INE (Febrero-Abril del 2010) señala que los “inactivos habituales” (nótese que en la jerga neoliberal ya no se llaman cesantes) entre los 15 y 24 años, llega al 33,1%.

Estas cifras son escalofriantes, por sus connotaciones sociales: son la verdadera puerta giratoria al mundo de la delincuencia. En el caso de las mujeres, del total de inactivos del país, de casi 6 millones de personas, el 67% son mujeres.

Todas estas personas no necesitan ser motivadas, ya que lo único que desean es una fuente laboral. No requieren consignas morales, pues poseen un conjunto imprescindible de terrenales necesidades materiales que satisfacer con urgencia. La encuesta del INE nos dice, además, que de los ocupados no tradicionales que trabajan una jornada parcial, entre 1 y 30 horas, el 66,7% lo hace en forma involuntaria, es decir, desean trabajar más, pero no pueden. La tasa de desocupación llega a casi un 9% (8.6%) pese a que se han introducido modificaciones en el criterio de medición, pues clasifica como ocupados a quienes hayan trabajado remuneradamente, al menos una hora. ¿Quién podría sentirse ocupado en Chile o en el mundo, trabajando una hora? Pero no debemos deprimirnos, ya que la encuesta señala un notorio aumento de “hogares privados” con servicio doméstico.

Esta claro que tenemos un universo de personas dispuestas a trabajar por Chile. Pero, el ministro nos aclara inmediatamente que él no se refiere al universo de todos los chilenos que sólo desean trabajar, sino a un grupo más restringido, el subconjunto de emprendedores e innovadores.

Entonces, de qué se trata: de fomentar el “espíritu empresarial”, con miles de pirañas de todos los tamaños luchando y devorándose entre ellos en el llamado mercado; miles de pirañas liberadas de todo control para promover negocios y negociados.

Es el sueño mayor de nuestro aristocrático Juan Andrés: rebajar los trámites de control, de los actuales 27 días a 16, “similar a un país desarrollado”. Y llegar a la apoteosis del paraíso neoliberal, en que los trámites para montar sociedades de papel o no, tarden sólo un día. Liquidar la Ley de Quiebras para que se rehabiliten los empresarios fallidos y aristocráticos como el Sr. Cruzat y retornen rápidamente a las andadas. Como nos dice tan didácticamente el ministro, se trata de remover los escollos regulatorios para los “emprendedores visionarios”. El señor ministro es una máquina de buenas intenciones e innovaciones para que el empresariado nos guíe hacia el mundo del desarrollo. Como se dice por ahí, “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.

El mundo desarrollado al que nos pretende llevar nuestro fundamentalista (Opus Dei y gremialista) ministro de Economía nos está lejos: está arriba y al norte en el mapa, tiene 37 millones de pobres y empresas que, mediante el levantamiento de los controles por parte de los organismos del Estado, han defraudado a millones de seres humanos y han detonado la actual crisis de la economía mundial.

Si quisiéramos resumir la mayor parte de las propuestas del Sr. ministro “innovador”, amplificadas por el diario El Mercurio, no son más que una copia de la “sociedad de propietarios” que formó parte de la plataforma programática del ex presidente norteamericano George W. Bush, y que tienen a los Estados Unidos en uno de los peores desastres económicos de su historia.