No cabe duda que el virus golpeará duramente la economía global pero no detendrá la circulación y acumulación de capital.

 Pablo Monje-Reyes

Miembro del Comité Central del Partido Comunista

Santiago. 17/05/2020. Ya han pasado casi 12 semanas desde el inicio de la pandemia en Chile, pero en el mundo esta tragedia sanitaria nos lleva unos tres meses de adelanto. El análisis de este fenómeno social también avanza, pues, muchos piensan que el mundo ya no será el mismo cuando esto termine o cuando se logre dominar. Parece evidente entonces que el comportamiento social va a cambiar, las formas y las costumbres de relacionarnos en los espacios comunes van a sufrir grandes modificaciones, reorientando nuestra cultura de intercambios y de vínculos sociales. Así, la pregunta natural y de fondo que surge en este contexto es; ¿esta crisis pandémica llevará al capitalismo de orden neoliberal a una crisis terminal en su forma de dominación? Instalemos algunos elementos de reflexión.

El capitalismo en su orden neoliberal funciona sobre la base de un crecimiento ilimitado de la renta que -por ende-, permite y busca la acumulación desmedida de capital, y este a su vez, financia y controla todos los subsistemas de dominación del modelo. Todas estas progresiones lógicas, económicas y financieras, son coherentes con esta forma de desarrollo del capitalismo neoliberal. Todo parte de la base de que el capital estimula la aceleración constante de la acumulación, de la competencia generalizada, de la sobreexplotación de los trabajadores con salarios decrecientes y, de igual manera, de la sobrexplotación de la naturaleza, factores proyectados por el capitalismo como elementos a depredar ad infinitum. Se puede afirmar que esta forma de hacer y dominar hasta la fecha no está en crisis, ha sido la fórmula exitosa de dominación por más de 40 años en esta fase neoliberal del capitalismo.

Además, si se observa con ojo crítico, esta crisis mundial no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos en el juego de la oferta y la demanda. La crisis germina desde lo biológico, proviene desde el cuerpo humano como efecto detonante, pero, las consecuencias y expansión de la pandemia dependen de la estructura de fronteras abiertas para la libre comercialización de mercancías. El virus se expandió sobre la base de las vías de mercantilización que usa el capital, con la única diferencia que se montó sobre el cuerpo de seres humanos y viaja a través de las relaciones físicas de las personas. Un ejemplo notable de esto es que el virus llegó a Chile en los cuerpos de chilenos y chilenas de la pequeña burguesía que disfrutaban de la mercantilización y del consumo de bienes y servicios turísticos y otros productos asociados.

Por tanto, no cabe duda que el virus golpeará duramente la economía global pero no detendrá la circulación y acumulación de capital. Así, las economías nacionales dependientes del capitalismo central -como la economía chilena-, serán las más severamente afectadas con esta crisis global.

Nuestra economía local por su extrema subordinación a capitales transnacionales pagará con creces esta crisis y, en particular, sus efectos recaerán principalmente en los trabajadores y trabajadoras porque perderán su fuente de trabajo, y cuando no, disminuirán sus ingresos y retrocederán gravemente en su capacidad negociadora y de interlocución, asimismo, la precarización laboral alcanzará su auge y los trabajadores informales serán estadísticas relevantes, una informalidad laboral que no es otra cosa que cesantía disfrazada con ingresos miserables. Cuando ello suceda no será sólo un tema de liquidez monetaria que afecte el consumo, sino que sobre todo, será el hambre y la miseria que se instalará con fuerza brutal en la realidad social y en los hogares de nuestro pueblo. Este panorama, ratificará las certezas adquiridas desde el inicio del estallido social, en donde la convicción principal es que como país estamos en el medio de una crisis social de este modelo de dominación de proporciones insospechadas.

Pero, la pandemia no vencerá al capitalismo ni lo derrumbará. Los virus no hacen la revolución, en cambio, le dan una oportunidad a la burguesía para mantenerse en el poder por medio del aislamiento y el individualismo, con una justificación psicosocial e ideológica real, que es el temor, el miedo, el riesgo a perder la vida. Esto lo percibimos hoy con meridiana claridad en Chile, la burguesía en el gobierno promueve con entusiasmo y sin disimulo que cada cual se preocupe sólo de su propia supervivencia, y están felices que se desarticulen las redes populares del descontento, la protesta y las demandas sociales.

De esta manera, no se puede pensar que la revolución deba estar relacionada con un virus y menos que acabar con el capitalismo pueda depender de estrategias sanitarias. La pandemia del Covid-19 en Chile solo ha venido a demostrar las profundas desigualdades estructurales de nuestra sociedad y las brutales injusticias de sus consecuencias, y ha logrado que las tesis del mérito y valor de las grandes movilizaciones sociales alcanzadas solo adquieran mayor legitimidad. Las revoluciones las hacen los explotados, los marginados, los excluidos que ha sembrado por millones y por décadas el modelo de dominación capitalista.

La revolución es un giro social de tipo radical y emerge desde la razón de las personas y como consecuencia de una construcción colectiva de sociedad. Así, en Chile y desde el 18 de octubre pasado, nuestro pueblo se ha puesto a actuar responsablemente con miras a restringir radicalmente el modelo capitalista y sus efectos destructivos en las personas y en el medio ambiente. Se debe tener en gran consideración este elemento principal, porque el efecto de esta pandemia será un capítulo más en la profundización de una crisis social de gran envergadura y ya en curso y sin marcha atrás, y que motivará la continuidad de una movilización social y política creciente que debe ir orientada al cambio estructural del conjunto del sistema de dominación. ¿Cómo se irá dando este proceso? Profundizando los espacios de democratización, reconstruyendo y ampliando el tejido social para cimentar la construcción práctica de organización de poder popular, modelando los contenidos políticos del sujeto histórico protagonista de los cambios que se avecinan, cambios en donde se sustenten las sólidas bases de un nuevo tipo de Estado. Un Estado que tenga como eje de sus desvelos a sus ciudadanos y ciudadanas, a su gente, a su pueblo, y ya nunca más privilegie la codicia mercantil inagotable de unos pocos.