Personajes como Amaro Gómez Pablos, Luis Jara, Raquel Argandoña muestran una superficialidad, falsa empatía y francamente profunda ignorancia ante una crisis sanitaria.

José Luis Córdova

Periodista

08/04/2020. La actual pandemia convirtió a todos en público cautivo de la televisión chilena. Esta situación favorece en forma predominante a las grandes empresas del retail, de seguros, laboratorios, cadenas de farmacias, grandes monopolios y la industria productiva colusionada. La meta parece ser una vez más “entretener para ganar plata”.

Es la única forma en que se explica el “éxito” de la reciente campaña por la empresa privada de rehabilitación llamada Teletón que, en 48 horas, consiguió más de 34 mil millones de pesos en “donaciones”, incluido el generoso y desinteresado aporte de sacrificados e ingenuos televidentes.

La suma planificada por Don Francisco y sus adláteres estaba conseguida con los grupos económicos y monopolios antes del inicio de la transmisión conjunta de todos los canales inscritos en Anatel y pese a que la animación se hizo de manera remota desde los hogares de los más conocidos “rostros”, con videos y conexiones vías streaming de artistas latinoamericanos de renombre en nuestro medio.

Si los recursos conseguidos en esta “campaña” llegan realmente a los menores y pacientes del instituto en cuestión, sería un resultado loable y demostraría el nivel de generosidad de nuestro pueblo con las causas nobles, convoque quien convoque.

Pero hay otros niveles de solidaridad donde no se expresa necesariamente esta virtud: desde el gobierno que sigue tendiendo un manto de incertidumbre, poca transparencia, decisiones erráticas y erróneas ante una ciudadanía que clama por una cuarentena total, aunque todavía miles de personas salen a las calles sin las más mínimas medidas de seguridad y con el uso y abuso de permisos temporales y salvoconductos.

Tras el “éxito” de la Teletón, los canales volvieron a desatar la feroz competencia para conseguir los testimonios más sobrecogedores, los hechos más crudos que despierten morbo y entrevistando a trabajadores de la salud y especialistas con preguntas bobaliconas que aportan poco o nada a la inquietud de la inmensa mayoría de la población.

¿Dónde está el cuestionamiento a los empresarios inescrupulosos, a la dirección del trabajo que permite despidos masivos, a las Isapres que pretenden subir los precios de sus planes, a las AFP que justifican pérdidas en los fondos de todos nosotros?

Personajes como el periodista Amaro Gómez Pablos, el cantante Luis Jara, la animadora Raquel Argandoña muestran una superficialidad, falsa empatía y francamente profunda ignorancia ante una crisis sanitaria como no habíamos vivido en generaciones.

Los consabidos matinales magazinescos se han extendido a toda la jornada televisiva, con los rostros turnándose en los estudios o desde sus casas sin aportar más de lo que los conocemos con sus muletillas de: “por supuesto”, “justamente”, “digamos” y otras que reiteran porfiadamente “noteros”, reporteros, panelistas, periodistas, conductores y animadores ante la mirada atónita de distinguidos profesionales de los más diversos ámbitos.

Jóvenes médicos, destacadas psicólogas, infectólogos, expertos en salud pública, personeros de la OMS y de la OPS tratan inútilmente de enhebrar conversaciones con altura de miras, serias y responsables sobre las causas y consecuencias de la extensión de la pandemia mientras los “rostros” están a la espera de las tandas comerciales, interrumpiendo despiadadamente ilustradas intervenciones y testimonios interesantísimos.

El mercado también marca a fuego y dirige inhumanamente la pandemia. Desaparecieron del mercado las mascarillas, el alcohol gel, hasta los ventiladores mecánicos y los precios de guantes, medicamentos y otros insumos sanitarios o de higiene se fueron a las nubes. El gobierno declara que no puede fijar precios, ni siquiera en medio del estado de excepción constitucional de catástrofe que impuso el 18 de marzo pasado. Siguen mandando las AFP, las Isapres, las compañías de seguros.

La televisión sigue marcando el paso, hace oídos sordos al clamor ciudadano, pretende “entretener”, tal vez hacer olvidar (como si se pudiera) el drama nacional. La verdad es que esa senda conocida está fracasada y la industria televisiva tiene la obligación moral de reorientar sus objetivos y metas. No sólo se trata de ganar plata.