Las luchas cotidianas del abnegado y sufriente Pueblo Palestino, con sus dramáticos costos humanos, tienden a ser invisibilizados, por gran parte de la comunidad internacional.

 Jorge Vera Castillo

Analista

29/03/2020. En este mundo globalizado, ahora ya con acuciantes, inéditas y transfronterizas problemáticas, las luchas cotidianas del abnegado y sufriente Pueblo Palestino, con sus dramáticos costos humanos en pérdida de vidas, tienden a ser invisibilizados, por gran parte de la comunidad internacional, dentro de la batalla mediática, en que una de sus primeras y principales víctimas siempre es la verdad.

Esto se ha ido agudizando, en las últimas décadas. Es dable recordar que, ya desde 1976, el 30 de marzo se conmemora el Día de la Tierra Palestina, cuando se convocó a una huelga general, ante el asesinato de siete jóvenes palestinos, y en protesta por el robo de 2.100 hectáreas de tierras palestinas, por parte de Israel, para construir colonias y un campamento de entrenamiento militar.

Desde entonces, el Estado Judío ha continuado, sin pausas, y sí ahora con nuevas prisas, a través de su Sionismo colonizador y supremacista, un inaceptable proceso de apropiación y ocupación de las tierras palestinas, sin trepidar en asesinar a civiles – ancianos, adultos, jóvenes, mujeres, niñas y niños -, para avanzar y lograr sus condenables objetivos, ya transcurridos 44 años, desde aquel día.

Se ha tratado de un continuo robo de tierras por Israel, que no se ha detenido ante períodos de negociaciones, con representantes del Pueblo Palestino y de la Autoridad Nacional Palestina, con irrespeto a más de 25 Resoluciones de Naciones Unidas, atinentes a todo el conflicto palestino-israelí, y de los conocidos “Acuerdos de Oslo”, de 1993, como virtual imposición a la parte palestina.

Lejos de Oriente Medio, cuesta conocer y entender, descarnada y detalladamente, como avanza ese proceso colonizador ilegal y supremacista, de una verdadera limpieza étnica. Israel no trepida en el uso de todo tipo de infraestructuras civiles y militares, en pos de sus objetivos, y jactándose de ello.

Aniquila, bombardea y demuele casas y equipamientos del Pueblo Palestino en Gaza; usurpa tierras; se apropia de recursos palestinos, sean terrestres o marítimos; construye el ignominioso Muro del Apartheid; desplaza habitantes palestinos e impide el retorno de miles; viola sus derechos humanos; asesina, detiene arbitrariamente, encarcela y tortura, ante una comunidad internacional silente, que, esporádicamente, sale a condenar dichos abusos, agresiones, arbitrariedades y violaciones.

Para su deshumanizada y encarnizada acción criminal en contra del Pueblo Palestino, Israel cuenta y ha contado con el aval de su aliado principal que son los Estados Unidos de Norteamérica, más allá de matices y/o sutilezas de sus Administraciones gubernamentales, demócratas y republicanas. Sí, estas últimas han tenido mayor complicidad e implicancia condenable y culpable en todo aquello.

Estados que reconocen a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), y al Estado de Palestina, teniendo Relaciones Diplomáticas, y con intercambio de Embajadores residentes, son episódicos en sus apoyos efectivos y denuncias de la colonización y continuo robo por parte de Israel y su Estado Judío. No tienen continuidad en dicha labor diplomática, y callan ante las aberraciones que sufre Palestina, que sí son continuadas y cotidianas. Naciones Unidas mucho ha intentado, pero sin resultados, ya que Israel incumple descaradamente sus Resoluciones, desde la 194, de 11 diciembre 1948, hasta hoy. Existe un irrespeto israelí constante y creciente a la ciudad de Jerusalén, a los árabes israelíes residentes (autodefinidos Palestinos en Israel) y a los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino.

Es así que, las Resoluciones 303, de 9 diciembre 1949; 114 (del Consejo de Seguridad), de 20 diciembre 1949; 2253 ES-V, de 4 julio 1967; 2254, de 14 julio 1967; 242 (del Consejo de Seguridad), de 22 noviembre 1967; 2628, de 4 noviembre 1970; 2851, de 20 diciembre 1971; 338 (del Consejo de Seguridad), de 23 octubre 1973, y, 3236, de 2 noviembre 1974, son, entre otras principales y más significativas, de imperioso cumplimiento para Israel y para la comunidad internacional.

También las Resoluciones 3237, de 22 noviembre 1974; 3379, de 10 noviembre 1975 – que condenaba al sionismo como una forma de racismo y de discriminación racial, pero fue derogada en enero de 1991, sin fundamentos y por exigencia de los Estados Unidos de Norteamérica (Administración republicana de George H. W. Bush) -; 32/40-B, de 2 diciembre 1977 – que instituye el 29 de noviembre, día de la partición de Palestina, como “Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino”-; 36/15, de 28 octubre 1981; 38/180 D, de 19 diciembre 1983, y, 43/177, de 15 diciembre 1988 – tomó nota de Declaración de Proclamación del Estado de Palestina, emanada del Consejo Nacional Palestino el 15 de noviembre de 1988, que  sustituyó el nombre de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), por el de Palestina en Sistema de Naciones Unidas -.

En conferencia de prensa conjunta, en la Casa Blanca en Washington, el martes 28 de enero de 2020, Donald J. Trump con Benjamin Netanyahu (muy cuestionado e imputado en tres causas penales por corrupción, en Israel), dieron a conocer el llamado “Acuerdo del Siglo”, siendo un “Abominable” plan, como ‘la solución’ del conflicto palestino-israelí.

Con todo descaro, irrespeto y sin acuerdo ni consulta hacia la Autoridad Nacional Palestina, y a los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino, dos arrogantes y sonrientes ‘personajes’, dispusieron sobre territorios ajenos, sobre Jerusalén Este y sobre la vida de millones de seres humanos y sus recursos. Naciones Unidas, la Liga Árabe y la Unión Europea no apoyaron el pomposo “Acuerdo”. La Federación de Rusia, la República Popular China y la República de Cuba lo rechazaron claramente.

Y ambos ‘personajes’, en un actual contexto acuciante de la arena internacional, con multifacéticos problemas, incluido todo el Oriente Medio y zonas periféricas, no tuvieron ninguna consideración de otras Resoluciones de las Naciones Unidas, en la especie, como la 50/22, de 4 diciembre 1995; la 51/223, de 14 marzo 1997; la ES-10/2, de 5 mayo 1997, y, la ES-10/3, de 30 julio 1997.

Además, es dable tener presente que, ya el 5 de abril de 2001, la Resolución E/CN.4/RES/2001/2 CDH, reafirmó el derecho del pueblo palestino a la libre determinación, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y las disposiciones de los pactos e instrumentos internacionales relativos al derecho a la libre determinación como principio internacional y como derecho de todos los pueblos del mundo, y que es una norma imperativa del Derecho Internacional, y condición fundamental para alcanzar una paz justa, duradera y completa en la región de Oriente Medio.

Inescapable es esbozar la cuestión esencial, orientada a una ¿solución? Es el enfoque prevaleciente para la coexistencia de dos Estados, con fronteras reconocidas y seguras – las existentes a 1967 -, y sin amenazas y actos de fuerza. Ha sido abordado académica, histórica, intelectual, jurídica y políticamente. Actualmente, lo que existe es el “Estado Judío”, así autodenominado y proclamado.

¿Realmente, serían dos Estados Naciones, convencionalmente descritos y entendidos? ¿Estado de Palestina y Estado de Israel? O, bien, sin decirlo y reconocerlo, ¿se estaría de facto aceptando y promoviendo la existencia del Estado de Israel y, bueno, otro casi Estado sui géneris anunciado como Estado de Palestina? ¿Un Estado soberano, con Política Exterior, Fuerzas Armadas, Mar Territorial y Zona Económica Exclusiva, y, otro Estado a medias, sin nada de lo anterior, y sin capital reconocida?

Sin duda, se trata de un asunto lacerante, que debe exponerse sin autoengaños ni eufemismos. En un evento académico de 5 de marzo, un expositor y profesor chileno-palestino, residente en EE.UU., postuló un nuevo enfoque, como la solución: “un solo Estado democrático”, sin mayor detalle, a pesar del énfasis de la convocatoria: “Israel/Palestina: Territorio, Demografía y Escenarios Políticos”, y de lo que hoy existe y/o existiría, eventualmente, sintetizado en interrogantes del párrafo anterior.

Creo que sería agraviante, doloroso y ofensivo para las luchas del Pueblo Palestino, y sus Derechos Inalienables; para sus caídos en combate, héroes, líderes históricos y mártires, desde 1948, pasando por 1967 y 1993, y ya en el 2020, poder llegar a pensar y visualizar que Palestina terminara siendo un “Estado Libre y Asociado”, como la ignorada penuria cotidiana de Puerto Rico y sus luchadores.

En la ONU, la Cuestión palestina sigue siendo, en pleno Siglo XXI, un desafío impostergable y un llamado urgente a toda la comunidad internacional. Los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino no son abordados ni asegurados, ni considerados ni respetados, por aquel “Abominable” del Siglo, anunciado el 28 enero de 2020. Claro, para ello, un vital requisito es la unidad palestina interna.

Solidaridades con la causa palestina y su Pueblo, se transforman en un verdadero enrostramiento político para quienes, ejerciéndolas legítimamente, como tema de Política Exterior y de Relaciones Internacionales, se suman pareciendo personas de avanzada, de izquierda y/o progresistas, pero que insertos en la correlación de fuerzas en la arena internacional, son sujetos conservadores, de derecha y/o reaccionarios ante otras problemáticas cardinales, y también en cada Política Interior.

La mirada de futuro para un mundo multipolar no se enriquece con estas contradicciones, a nivel global, regional, subregional o desde Chile. No basta que sea un tema de adhesión de comunidades. La diplomacia parlamentaria, popular y protagónica debe ser coherente y consecuente, siempre, y ella debe manifestarse con integridades en lo académico, lo personal, lo político y lo profesional.

Recuerdo que habiendo llegado a Ginebra, un sábado 20 de octubre de 1979, para mis estudios de Doctorat à l’Institut Universitaire de Hautes Études Internationales (IUHEI), allá me incorporé a “l’Association Suisse-Palestine”, para colaborar en sus actividades, facilitado porque sesionaban en la Résidence Universitaire Internationale (RUI), rue Rothschild 22, donde fui seleccionado para vivir.

Y uno de los primeros eventos en que participé, fue en ocasión del “Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino”, el jueves 29 de noviembre de 1979, en que recibimos en sesión especial conmemorativa la visita del Doctor Fathi Arafat, hermano menor de Yasser, y que falleció el 1° de diciembre de 2004, a sus 67 años. En Ginebra, el participaba en reuniones de la OMS, por la OLP.

Ahora, en Santiago, con la visita a Chile del eminente Embajador palestino Ra’afat Badran, el viernes 28 de febrero de 2020 pude conocer, personalmente, otro caso asimilable a la ‘Nakba’ (Catástrofe) palestina. Su hijo Mahmoud partió a los 15 años, pero al ser asesinado por un soldado israelí, en un sector urbano, al atardecer del 21 de junio de 2016. Identificado el criminal, hasta ahora la búsqueda de justicia, y de su condena, se topa con el virus sionista, que, solo, reconoce que fue “un error”, no una violación flagrante del Derecho a la Vida y a vivir en Paz, y mofándose, al pedir disculpas crueles.

Plantar un olivo, en un nuevo día 30 de marzo, sería coherente y consecuente, con mi inmutable e inquebrantable Solidaridad con el Pueblo Palestino y sus Derechos Inalienables, y por la Tierra Palestina, y se convertiría en una invocación a la Política Exterior Chilena, ya en este dramático 2020, ante los crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos en el territorio palestino, para poner fin a la impunidad y responsabilizar a los autores de esos crímenes, apoyando las denuncias ante la CPI.