Ante esta higienización social, es preciso preguntarse si la violencia se da sólo en el fútbol y por qué nos resulta más relevante que otras violencias.

 Fernando Monsalve A.

Abogado. Ex presidente CSD Colo Colo

20/02/2020. El pasado domingo se vivió un nuevo hecho de la denominada violencia en los estadios de fútbol. Mientras se desarrollaba el partido entre Colo-Colo y Universidad Católica, este se vio interrumpido en dos oportunidades, ambas por lanzamiento de bombas de estruendo o ruido a la cancha, las que ocasionaron lesiones para uno de los jugadores.

Los hechos ocurridos han vuelvo a alarmar a los medios de comunicación y al mundo político sobre la violencia en los estadios, como si dicha violencia fuese única o circunscrita a dichos eventos masivos, imputando y señalando reiteradamente en las últimas décadas a las denominadas “barras bravas”. Nuevamente vuelven a catalogarlos de delincuentes y a señalar que el fútbol no debe tener relación con las protestas sociales, o que simplemente nada estrictamente político debe relacionarse con lo que pasa al interior de los estadios.

Ante esta higienización social, es preciso preguntarse si la violencia se da sólo en el fútbol y por qué nos resulta más relevante que otras violencias. Lo primero es que la violencia en el futbol NO es nueva. Es bueno recordar para algunos sectores donde escasean los recursos culturales y sociales, la violencia aparece como un mecanismo legítimo de resolución de conflictos, en que impera la ley del más fuerte, que domina a sus pares y logra una cuota de poder entre los suyos. En este sentido, nadie se pregunta cuál es el rol del modelo de neoliberal en la violencia. En los estadios particularmente, se reproduce la relación lo que sucede a nivel territorial, donde se impone la ley del más fuerte, el más violento adquiere el poder sobre una inmensa mayoría, en este caso piños y barras.

Lo que les molesta a muchos, incluso a aquellos que viven vistiéndose de ropajes progresistas, es que esas relaciones de fuerza y sin control social, desde el estallido social del 18 de octubre, son reveladas ahora delante de sus ojos en un espacio en que ellos han estado siempre, y que han sido desde siempre víctimas de las mismas violaciones a los derechos humanos que hoy se conocen a propósito de la revuelta. La dinámica de violencia en la Plaza de la Dignidad -Ex Plaza Italia- se trasladó a los estadios, y eso parece molestar al gobierno y a los privados: televisar el descontento.

Ahora bien, si estas violencias llevadas por barrios históricamente marginados suceden hace décadas, ¿por qué no hemos hecho algo al respecto? Pues bien, no hemos hecho nada al respecto ya que su origen dice relación justamente con la exclusión, segregación y violencia sistemática del modelo neoliberal. Ningún gobierno tuvo la voluntad de reformar el modelo neoliberal y su violencia.

Los gobiernos no han abordado seriamente la problemática, si bien, se han creado iniciativas públicas como Estadio Seguro (dependiente del Ministerio del Interior) que durante años han supuestamente elaborado planes y programas que se hacen cargo de la materia, siempre han sido meramente decorativos, una especie de caja pagadora de favores. Es así como personas como Cristian Barra, Andrés Otero y Cristóbal LLadser, ejercieron extensas y millonarias jefaturas en dicho plan gubernamental, sin experiencia alguna y sin un plan a ejecutar.

Es momento en que se debe trabajar el fondo del problema, apuntar a la exclusión social de los hinchas y que la violencia es la única forma de relacionarse que cotidianamente conocen. El gobierno y los clubes deben desarrollar estrategias en que se gestionen la realidad social de los hinchas del fútbol, poder escucharlos, incluirlos, trabajar a la par con ellos en sus necesidades y sueños, hacerlos participe de sus clubes. Sin un trabajo de fondo que lidere el Ministerio del Deporte -y no el de Seguridad- todo el resto es una solución parche. Esto es, desarrollar seriamente una política de prevención y control, el denominado Estadio Seguro debe ser eliminado y se debe crear un programa que dependa del Ministerio del Deporte, que realmente apunte a un trabajo de largo plazo, con funcionarios competentes, que conozcan como países con Estados de Bienestar potentes, han podido acercarse a una solución a la violencia en los estadios.