Se trata de una labor compleja porque el periodismo televisivo cae con mucha facilidad en el sensacionalismo, la entretención y la banalidad para tratar temas bastante complejos.

José Luis Córdova

Periodista

28/01/2020. Entre la maraña de periodistas profesionales y «comunicadores», generalmente improvisados, destaca un puñado de personas serias y responsables, no sólo para leer noticias, sino para interpretarlas y hasta opinar con acierto sobre ellas.

Se trata de una labor compleja porque el periodismo televisivo cae con mucha facilidad en el sensacionalismo, la entretención y la banalidad para tratar temas bastante complejos.

El incierto y torpedeado inicio de un proceso constituyente en nuestro país ha dado pábulo para que diversos «rostros» de nuestra industria televisiva muestren su verdadera cara, sus convicciones y tendencias.

No podía ser de otra manera. Es necesario que quienes entregan información, quienes manejan datos o investigan determinadas situaciones respondan por sus actos y no se oculten tras una supuesta «objetividad» inexistente. El pluralismo y la imparcialidad están ausentes de la pantalla chica desde hace más de cuatro décadas.

La dictadura cívico-militar (1973-1990) echó por tierra el inocente proyecto de una televisión universitaria en nuestro país, con canales propiedad de la U, la UC, la UTE y la U de Valparaíso, como era originalmente. La uniformidad totalitaria en manos de las fuerzas armadas hizo fácil presa de las estaciones de televisión.

Aparecieron los montajes, operativos falsos para encubrir graves violaciones a los derechos humanos, para ocultar el terrorismo de estado y las prácticas lesivas que llevaron a crímenes de lesa humanidad, hoy imprescriptibles e inadmistiables que deben impedir la impunidad.

Tristes personajes de mal recuerdo como Claudio Sánchez, Julio López Blanco y otros se prestaron para cubrir asesinatos masivos, torturas, desapariciones y lanzamientos de detenidos políticos al mar.

Durante las tres décadas siguientes -en un período auto definido como de «transición democrática»-, la televisión perdió su carácter formativo y cultural y entró de lleno a la lucha por el mercado, enfrentada a nuevas estaciones de carácter exclusivamente privado, interesados en el lucro y la mera entretención.

Con el pasar de los años y mientras se incubaba el llamado «estallido social» que tanto sorprendió a ciertos sectores privilegiados y de poder, aparecieron tímidas muestras de periodismo investigativo y periodistas que se atrevieron a denunciar las terribles violaciones a los derechos humanos y otros abusos perpetrados por autoridades e instituciones estatales o privadas. Hablamos del Sename, las Isapres, las AFP, Carabineros y el Tribunal Constitucional, entre otras.

Tras los sucesos desatados el 18 de octubre pasado, cuando el gobierno intentó alzar la tarifa del Metro en 10 pesos, las fuerzas vidas de la nación reaccionaron y comenzó una campaña masiva de evaciones al pago que culminó en asaltos, saqueos y otras fuertes demostraciones de violencia.

La televisión quedó estupefacta, no había advertido el mar de fondo de la molestia ciudadana, de la humillación, el maltrato y los abusos de que es víctima la gran mayoría de nuestro país.

Muchos personajes de la tele se revelaron como meros instrumentos al servicio del poder, sujetos como Tomás Mocciati, Matías del Río, Constanza Santa María, José Antonio Neme, un tal Rodrigo Herrera y la propia Mónica Rincón, asumieron posiciones de rechazo a las protestas pacíficas y sistemáticamente las confundieron con la violencia irracional de sectores acotados que la policía no reprime con la misma fuerza que a los manifestantes pacíficos en marchas y grandes concentraciones.

El país aparece dividido y titubeante ante las siguientes etapas del proceso constituyente que exige plebiscitos, elección de constituyentes y campañas por una nueva Constitución Política del Estado.

Ante ello han aparecido voces preclaras como las de Mirna Schindler, Eduardo Fuentes, Freddy Stock, Mauricio Jurgensen y Andrea Aristegui que hacen honor al periodismo profesional pluralista.

El desafío de un nuevo pacto social pone a prueba la seriedad y firmeza de convicciones de quienes se paran frente a una cámara y entregan mensajes con contenidos sociales, políticos y culturales de verdad.