En la última campaña presidencial, deberá recordarse como una donde se desató mayor violencia mediática, elemento central que permitió el triunfo de Sebastián Piñera.

“Habitamos un mundo gobernado por el miedo, el miedo manda, el poder come miedo, ¿qué sería del poder sin el miedo? Sin el miedo que el propio poder genera para perpetuarse”.

Eduardo Galeano

Fernando Bahamonde

Profesor

14/01/2020. Camino al plebiscito de entrada en el marco proceso constituyente, como era de esperar la derecha ya ha iniciado una de aquellas campañas a la cual nos tiene acostumbrados con el uso del terror.

Con anterioridad, en el pasado reciente, estimuló el miedo en la campaña presidencial de 1970 que consagró presidente a Salvador Allende, luego camino al plebiscito de 1988 y la elección presidencial de 1989. En todos estos momentos señaló que Chile daría saltos al vacío, con imágenes de tanques soviéticos apuntando a La Moneda. No obstante, en todas estas campañas la derecha salió derrotada, por más recursos y esfuerzos mediáticos invertidos.

Un punto culmine en la guerra sucia en la franja electoral del plebiscito de 1988 fue la entrevista de a la ex esposa de Ricardo Lagos. Diseño de la tenebrosa DINACOS y el comando del Sí. Nada se dejó por hacer, se atacaron todos los flancos posibles.   

En la última campaña presidencial, deberá recordarse como una donde se desató mayor violencia mediática, elemento central que permitió el triunfo de Sebastián Piñera. Elemento central a considerar, es el tradicional concurso de los medios de comunicación convencionales como prensa escrita y canales de televisión local a disposición desde donde emanó el “Chilezuela”.

Para la derecha, nuevamente, Chile camina por la cornisa y enfrenta dos caminos el de la estabilidad que proporciona la Constitución de 1980, el modelo y la institucionalidad que sostiene el estado de derecho. El otro camino es el de la violencia, caos institucional y desempleo. Donde, por cierto, existen buenos y malos, estadistas y populistas, compatriotas y lumpen. Hoy la derecha distingue a una “izquierda democrática”, como si fuera el sector con las mayores credenciales democráticas y por lo tanto tuviera la potestad de identificar qué es y no es democracia.

El terror político busca demonizar posturas y personas que encarnan ideas. El terror es uno de los componentes principales del fascismo para paralizar procesos a través de la provocación e intimidación, así como para dividir la población al identificar un enemigo interno, finalmente para utilizar la violencia que es la expresión del miedo.

El componente autoritario de la derecha es innegable ayer y hoy, y aflora cada vez que sus intereses los siente amenazados. En tiempos normales o de relativa “estabilidad” parece mostrar su cara más amable que adquiere el carácter republicano en el respeto al estado de derecho. Pero esta no es más que una careta que desaparece frente al conflicto.

El terror que intenta imprimir en la sociedad la también es señal de que este sector político tiene miedo a las transformaciones y principalmente al pueblo como agente deliberante. Una primera señal del miedo es que la derecha, a pesar de sus personalismos y matices, es capaz de rearticularse rápidamente lo que se manifiesta en un bloque parlamentario por el rechazo a una nueva Constitución. Bloque que intentará arrastrar a los reflexivos EVOPOLI, como castigar a los díscolos.

 El miedo a la sociedad, además, es síntoma de irracionalidad donde se deja de lado política en tanto medio de acción negociadora. Hoy para la derecha la sociedad es jarrón roto llamado modelo cuyos pedazos se encuentran esparcidos por el piso, deberá volver a pegar a lo menos 1/3 de su artefacto, con eso por ahora le basta.            

 Pero la irracionalidad del miedo solo genera violencia y carcome el orden establecido que la derecha dice defender. Es, por tanto, irracional actuar políticamente para evitar las necesarias transformaciones sociales, porque es intentar evitar el avance del curso de la historia.

Estratégicamente el acuerdo constitucional firmado el 15 de noviembre permitió conducir la movilización hacia la participación, por cierto, restringida por las reglas predispuestas para no cambiar nada. Pero también el acuerdo permitió proporcionarle el necesario oxígeno a Piñera y su gobierno. 

No obstante, en un escenario cambiante, hoy la prioridad de la derecha es mantener la Constitución de 1980 a cualquier costo y para ello antes del 26 de abril intentará no llegar al plebiscito pactando con quienes pueda una reforma constitucional. De no ocurrir así la segunda opción es el rechazo.

  En ambos casos esto pone en jaque al gobierno, porque el golpe fáctico al plebiscito y recurrir al terror para apoyar el rechazo deja sin pie al ejecutivo, que no podrá contener la movilización, sino recurriendo a acrecentar la coerción del Estado. Entonces, entre salvar a Piñera y el modelo prevalecerá este último.

El terror y el miedo como mecanismos de acción política no sólo producen violencia, y esta es la tercera vía también el camino corto y ancho a una radical salida autoritaria, presente en la derecha que está siempre dispuesta a golpear las puertas de los cuarteles.