Palabras en agradecimiento por la nominación como Premio Nacional de Arquitectura 2018-2020. Chiloé.

 Miguel Lawner

Arquitecto

15/12/2019. Ingresamos a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile en 1946, cuando aún no se apagaban los fuegos de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecemos a la generación formada en medio de la ola progresista que recorrió la humanidad, después de haber sobrevivido a esa terrible conflagración.

En nuestra Escuela, además, el movimiento estudiantil había conquistado una profunda reforma en los planes de estudio, pulverizando los principios de la Academia, aún imperantes. Los profesores identificados con ese espíritu arcaico, fueron sustituidos por representantes de la vanguardia, que establecieron nuevos planes de estudio, fundados en los principios de la Bauhaus.

La Reforma del 46, impuso el concepto del arquitecto integral, conforme al cual, el hombre y su entorno social son el centro de la enseñanza, objetivo sintetizado en el histórico triángulo: Hombre-Naturaleza-Material, concebido por el arquitecto Tibor Weiner, quién, arribó a Chile como refugiado en 1939, y que incorporó, al nuevo Plan de Estudios, los conceptos básicos y la metodología adquirida a su paso por la Bauhaus.

Se creó el curso de Bío Arquitectura, impartido por el médico José García Tello, verdadero precursor de la Ecología. Se incorporaron cursos de Sociología, Economía y se incrementó el número de horas destinados a la cátedra de Urbanismo. En Taller, se enfatizaba el funcionalismo, principio sintetizado en el concepto de “la función crea el órgano”.

Un importante mérito de la Reforma del 46, es que nos educó estimulando el trabajo en equipo. A diferencia de las fórmulas vigentes hoy, que propician el individualismo y la competitividad, nosotros nos formamos en las prácticas del trabajo colectivo y de la solidaridad.

Nos sentíamos integrados a una enseñanza profundamente democrática y humanista, enraizada en la realidad económica y social de un país que daba sus primeros pasos en el proceso de industrialización.

Desde Europa nos llegaban las primeras realizaciones de postguerra, que reconocíamos como modelo a seguir en nuestras latitudes.  Las New-Towns en los suburbios de Londres, o las Unidades Vecinales en Copenhague y Estocolmo, que confirmaban las bondades del nuevo urbanismo, diseñando conjuntos habitacionales con una clara zonificación funcional, dotados de un completo equipamiento y separando la circulación peatonal y vehicular. Igual admiración sentíamos al conocer la reconstrucción del centro de Rótterdam, donde los colegas Bakema y Van der Broek ponían en práctica los principios tan largamente postulados por la Carta de Atenas, documento histórico emitido por el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna celebrado en 1933, y que aspira “no a una ciudad que funcione mejor, sino una ciudad que funcione para todos, y reparta equitativamente las mejoras entre todos sus ciudadanos”. ([1]).

Estábamos convencidos de poder cambiar el mundo por vía de un “buen urbanismo y una mejor arquitectura.”

En 1951, nuestro profesor de taller Simón Perelman, llamó a un grupo de quienes cursábamos el último año de la carrera, a participar en el concurso público para el diseño de la nueva Escuela de Medicina de la U. de Chile, Entre más de ochenta postulantes, este equipo novato resultó uno de los cinco elegidos para pasar a la segunda etapa del concurso, adjudicado, en definitiva, al maestro Juan Martínez Gutiérrez. Fue nuestro exitoso debut profesional.

Nos titulamos el año 1954 junto con mi esposa Anita, teniendo como tema de nuestro proyecto de título, la remodelación del pueblo de Hospital, en el marco de la Reforma Agraria, aspiración que comenzaba a captar apoyos en la opinión pública, por lo cual el Cardenal José María Caro manifestó que la Iglesia vería con buenos ojos, la posibilidad de su aplicación en la Hacienda Hospital, propiedad de la Iglesia.

Tres años más tarde, participamos en la toma que dio vida a la Población La Victoria en San Miguel. Nos habíamos ligado al movimiento de pobladores en calidad de asesores, desde que éramos estudiantes. Las migraciones del campo a la ciudad se multiplicaban y el Estado carecía de una política para enfrentar este problema. Las tomas de terreno fueron una respuesta y nosotros colaboramos, elaborando los planos generales, para lograr que las tomas pudieran constituirse en un asentamiento normal.

La década del sesenta fue la era dorada en la oficina Bel Arquitectos, que constituimos con mi esposa Anamaría Barrenechea y el colega Francisco Ehijo. Se inició con un reconocimiento internacional. Simón Perelman, nuestro profesor, nos convocó nuevamente para acompañarlo en la presentación al concurso convocado por Naciones Unidas para la construcción de la Sede en Chile de la CEPAL, en el cual participaron las más importantes oficinas de arquitectura chilenas.

Los proyectos viajaron a Nueva York, donde un jurado internacional preseleccionó los cuatro mejores, siendo el nuestro uno de ellos, y asignando en definitiva el primer premio a la magnífica propuesta presentada por Emilio Duhart.

A lo largo de la inolvidable década del sesenta logramos nuestra consolidación profesional. La creación de la CORVI fortaleció la iniciativa estatal en materia de vivienda social, ampliando nuestro campo profesional.

Todos los gobiernos de la época, impulsaron la convocatoria a concursos públicos de arquitectura para los conjuntos habitacionales más significativos, sin restricción alguna a los participantes ni por edad ni por antecedentes, ni por nada. Bastaba tener el título, y estar inscrito en el Colegio de Arquitectos, para poder presentarse.

Es inconcebible que se haya eliminado el concurso público de arquitectura para los conjuntos habitacionales de vivienda social. Primero, porque permitieron crear soluciones de alto valor patrimonial, como La Villa Olímpica o la Villa Frei, que son hoy Monumentos Nacionales y segundo, porque son una fórmula para democratizar el ejercicio profesional. Nosotros mismos, carentes de relaciones sociales o económicas, formamos una oficina profesional exitosa, gracias a dichos concursos. Las nuevas generaciones tienen derecho a demostrar sus méritos profesionales por una vía tan democrática y transparente, como es el concurso.

El año 1960, ganamos el concurso público convocado por la CORVI, para el proyecto de la Población Abate Molina en Talca, un grupo habitacional de 550 viviendas, en unidades de uno y dos pisos, situado en la zona sur de la ciudad, a orillas del Estero Piduco. La obra ha tenido buena vida y el programa Quiero mi Barrio, impulsado por el SEREMI Regional de Vivienda, acaba de iniciar una intervención destinada al mejoramiento de sus espacios públicos.

Durante ésta década, se sucedieron otras distinciones obtenidas en los concursos de vivienda social impulsados por la CORVI, de los cuales mencionaré en 1964, el Tercer Premio del concurso para la Villa Frei, de Ñuñoa, que comprendía 1.800 unidades habitacionales y el segundo Premio obtenido el año 1966, en el concurso para la Población Parque Koke de Rancagua, grupo habitacional de 190 unidades, con una interesante solución de viviendas proyectadas en dos etapas.

También incursionamos exitosamente en concursos para edificación escolar. El año 1962, ganamos el Primer Premio para la construcción del Centro Universitario Regional de Talca de la Universidad de Chile, hoy Universidad de TALCA, en el marco de un programa de descentralización escolar impulsado por esa Universidad y en 1970, ganamos el Primer Premio para la construcción de la sede del Instituto Nacional de Capacitación Profesional, (INACAP), en la Región del Bío Bío, distinción compartida en conjunto con la oficina de en Chile, arquitectura TAU. Esta fue la iniciativa más importante realizada en Chile por impulsar la enseñanza técnica, llevada a cabo durante la administración del Presidente Frei Montalva.

Cerramos el glorioso decenio triunfando en el importante concurso convocado por la CORVI para la Remodelación Parque Inés de Suarez, obra situada en Providencia, y que comprendía un total de 2.500 unidades habitacionales. Ya se había integrado a nuestra oficina José Medina, que venía regresando de un par de años en Nueva York, trabajando nada menos que en la oficina de Kevin Roche.  Desgraciadamente, de este conjunto solo se ejecutó la primera, parte, porque tras el golpe militar, se parceló el resto del terreno, adjudicado a empresas constructoras privadas y se redujo sustancialmente el parque central.

También diseñamos y construimos en este período, unas veinte viviendas unifamiliares, aprovechando las posibilidades que abría el Sistema de Ahorro y Préstamos, institución sin fines de lucro, fundada durante la administración del Presidente Jorge Alessandri, que facilitó el acceso de la vivienda a los sectores de capas medias.

La década del 60 fue el tiempo de los sueños, de las legítimas utopías, no solo en Chile, sino que en todo el mundo. Fueron los años en que lo imposible parecía posible, como lo vocearon los levantamientos populares de París en mayo del 68. Fueron los años de John Lennon concibiendo en “Imagine” un mundo idílico de paz y solidaridad o cuando el pastor Martin Luther King, alzaba su voz para decir simplemente: I have a dream, culminando las multitudinarias marchas por los derechos civiles en Washington, que arrinconarían la segregación racial existente hasta entonces en los Estados Unidos. Fueron los años de la Violeta dando Gracias a la Vida y de Víctor Jara reclamando El derecho a vivir en paz. Fueron los años de Julio Cortázar revolucionando el género novela y de Gabriel García Márquez introduciendo en la literatura el realismo mágico. Finalmente, también fueron los años de la innovadora revista de arquitectura AUCA, de la cual fui uno de los fundadores y miembro de su comité de redacción.           AUCA fue una publicación de muy alto nivel profesional, iniciada en 1965 sin fines lucrativos, que logró sobrevivir veinte años, hasta cerrar sus puertas el año 1986, tras lanzar 51 ediciones.

Así desembocamos en 1970, con el triunfo de Allende y la oportunidad de materializar tantos sueños hilvanados a lo largo de los años: una vivienda digna y una ciudad para todos. Asumí la responsabilidad de Director Ejecutivo en la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU), que innovó las políticas habitacionales, esforzándonos por lograr una auténtica integración social urbana, cuyo caso más emblemático fue la Villa San Luis de Las Condes, donde, tras el golpe militar, mil familias fueron despojadas violentamente de un bien raíz adquirido conforme a todas las leyes vigentes en la época y del cual se apropió el ejército, con el propósito de enajenarlo más tarde a una empresa inmobiliaria que levantó allí un elegante centro de negocios.

Nosotros, junto a un importante grupo de las familias afectadas, logramos que los dos últimos bloques sobrevivientes fueran declarados Monumento Nacional, resolución impugnada por la Inmobiliaria y que aún nos mantiene en la incertidumbre.

Para nosotros en CORMU, el derecho a una ciudad para todos, fue un paradigma irrenunciable.

La obra de equipamiento más relevante que realizamos en CORMU, fue sin duda, la construcción del edificio destinado a recibir la III Asamblea Mundial de la UNCTAD, que tuvo lugar en abril de 1972, obra concebida para servir más tarde como gran centro cultural de Santiago (hoy conocido como GAM), cuyo proyecto fue ejecutado por los colegas Sergio González Espinoza, José Medina, Juan Echeñique, Hugo Gaggero y José Covacevic.

Cuarenta mil metros cuadrados se levantaron en el lapso de 9 meses, constituyendo una proeza colectiva de empresas constructoras, arquitectos, artistas, artesanos y obreros, que despertó la admiración y el asombro de los 3.000 delegados extranjeros asistentes a dicha Asamblea.

Los mejores artistas nacionales se integraron a la obra. ¡Qué explosión creativa! ¡Qué armonía entre el Arte y la Arquitectura! Nunca vista antes ni después, en ningún edificio construido en nuestro país.

Otra obra notable, fue la recuperación del viejo Parque Cousiño, que permanecía abandonado sin riego durante 30 años, convertido en guarida de vagos y delincuentes. Así nació el Parque O’Higgins rehabilitado en solo un año de trabajo. Sus 54 hectáreas fueron cercadas a fin de garantizar la seguridad del recinto. Se plantaron 20.000 nuevos árboles y arbustos; se amplió la laguna y se habilitó el llamado Pueblito con diversos restoranes y centros culturales. Finalmente, se pavimentó con hormigón armado una pista de 650 metros de largo por 40 de ancho, a fin de facilitar la parada militar. Esta obra fue realizada por un equipo que integraron los arquitectos Carlos Martner, Raúl Bulnes, Yolanda Schwartz e Irene Boisser, además de Pedro Soto y las paisajistas Miriam Beach y Virginia Plubins.

Señalemos, finalmente el concurso internacional convocado para la Remodelación de Santiago Centro Poniente, al cual concurrieron 87 propuestas proveniente de 27 países. El proyecto consultaba la intervención en 16 manzanas del distrito central de Santiago, cruzadas por la construcción de la Avenida Norte Sur, hoy llamada Autopista Central. Fue el proyecto más ambicioso concebido por CORMU, una tentativa inédita en el ámbito latinoamericano.

Los ganadores, fueron un equipo de arquitectos argentinos, que se instalaron en Chile para entregar totalmente terminado el proyecto del primer cuadrante en torno a la Iglesia de Santa Ana días antes del golpe militar, cuyas autoridades cancelaron su realización.

Los sueños fueron muy breves. Se hicieron trizas apenas mil días después, en septiembre de 1973, cuando el golpe militar arrasó con la tentativa de abrir camino a un cambio social por vía pacífica.

 Prisionero de guerra

Fui detenido del día 12 de septiembre en mi lugar de trabajo, la sede de la CORMU, ubicada en un viejo Claustro de las Monjas Inglesas, edificio que nosotros restauramos para reunir todas las dependencias de la institución, dispersas hasta entonces, en diferentes lugares de la capital.

Las circunstancias me llevaron a compartir el destino asignado a las altas autoridades del gobierno depuesto, tales como Ministros, Subsecretarios o altos funcionarios, por lo cual fui enviado en calidad de prisionero de guerra a la Isla Dawson, donde permanecimos ocho meses, y posteriormente destinado a otros centros de reclusión enterando casi dos años privado de libertad.

Yo fui el único de los prisioneros políticos confinados en Isla Dawson que pudo practicar su oficio. Estábamos sometidos a un régimen de trabajo forzado, debiendo limpiar zanjas o pequeños esteros, cortar y cargar troncos destinados a alimentar la estufa de nuestra barraca o plantar postes de siete metros de alto, destinados a una nueva línea de electricidad dispuesta por la Armada. Empeñados en esta labor, arribamos a Puerto Harris, único caserío existente en la Isla, próximo a una colina donde se alzaba una Iglesia de madera.

Gracias a las informaciones proporcionadas por el sargento a cargo de nuestra custodia, nos enteramos que el templo estaba abandonado hacía 30 años y tomé la iniciativa de proponerle al Comandante de la Zona, la posibilidad de trabajar en la restauración de la iglesia, petición a la cual él accedió.

Llevé a cabo el levantamiento topográfico y el proyecto de arquitectura. Mis compañeros asumieron la restauración del templo con gran entusiasmo. Era una tarea autoimpuesta y que restablecía nuestra dignidad.

De esta manera, pudimos recuperar un templo de tan alto valor patrimonial, que el Consejo de Monumentos Nacionales le confirió el año 2010 la categoría de Monumento Nacional.

En diciembre de 1973, fuimos trasladados a un auténtico Campo de Concentración, levantado con urgencia, análogo al prototipo diseñado por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Nos abrumó la existencia de una tupida maraña de alambradas de púa rodeándonos por doquier, así como los muros y techos de todos las barracas y demás dependencias, forrados completamente con frías planchas de zinc. Quedamos aterrados.

Nos asignaron la barraca Isla, pero con la experiencia adquirida en la restauración de la Iglesia, nos permitieron levantar un recinto, adjunto a la barraca, que permitiera mitigar los efectos depresivos, originados por el aspecto lúgubre del campo de concentración,

Mediante varas de coigüe de diferentes diámetros, único material de construcción disponible, diseñé una atractiva cabaña, que construimos con gran entusiasmo. Mis compañeros la bautizaron El Caiquén Dorado, haciendo referencia a esta ave que habita en toda la Patagonia.  De alguna manera, la cabaña logró atenuar las angustias durante las escasas horas libres que podíamos disponer.

Visto el éxito de nuestro trabajo en la restauración de la Iglesia, el comandante me solicitó un proyecto para construir una plaza de juegos infantiles en el caserío de Puerto Harris, ya que los niños de las familias allí establecidas, carecían de algún lugar de esparcimiento.       En el mismo cuaderno escolar que me facilitó para hacer el levantamiento de la Iglesia, diseñé un proyecto que titulé: Un Paseo por la Historia, consistente en la construcción de un Palafito, una Pirámide Egipcia, un Partenón, un Laberinto, un Castillo Feudal, concluyendo con un Sputnik. Aún hoy, me resulta increíble haber sido capaz de concebir semejante idea. Todo proyectado con varas de coigüe de diferente diámetro, único material de construcción disponible en la Isla.

Sin embargo, el proyecto no se ejecutó, por la negativa del SIM (Servicio de Inteligencia Militar), para permitir que los presos accedieran al caserío de Puerto Harris, a fin de evitar la eventual relación de nosotros con las familias de los marinos establecidos en la base de la Isla Dawson.

En junio de 1974, fuimos trasladados al campo de concentración de Ritoque, habilitado como tal, en un Balneario Popular construido durante el gobierno de Allende. Aquí, fuimos liberados del trabajo forzado, por lo cual tuve mayores facilidades para dibujar y realizar actividades ligadas a mi profesión. Retraté a algunos de mis compañeros y para Navidad, dibujé una tarjeta para cada uno, a fin de regalarnos nuestras firmas: el único obsequio que podíamos darnos.

El exilio 

 Partí expulsado de Chile, junto con Anita y con nuestra hija Alicia en junio de 1975, rumbo a Dinamarca, país que nos ofrecía un refugio seguro. Un par de meses más tarde nos siguieron nuestro hijo Andrés, su esposa Rebeca, y nuestro nieto de 8 meses de edad.

Aterrizamos en Copenhague a las 9 de la noche del 23 de junio de 1975. A través de la ventanilla del avión se divisaba el sol, una enorme bola de fuego a punto de sumergirse en las aguas del mar, tiñendo el firmamento de un rojo encendido. Al costado opuesto, el panorama era igualmente dramático: una luna llena, tan enorme como el sol, se alzaba deslumbrante sobre un horizonte de cúpulas y torres de un tono verdoso. Jamás en mi vida había observado un sol y una luna de semejante tamaño.

En ese mismo instante, antes de pisar tierra, aprendí que llegaba a un país mágico. Luego, aprendí de su ingenio y de su infinita creatividad.

Una vez más, debimos agradecer la formación profesional recibida en nuestra Escuela de Arquitectura, que nos permitió encontrar trabajo en campos de nuestra especialidad a Anita y a mí.

En efecto, un año antes de nuestro arribo a Dinamarca, la Escuela de Arquitectura de Copenhague había organizado el Foreign Students Department, (Departamento de Alumnos Extranjeros), con la misión de conducir un curso de Post Grado dirigido a jóvenes arquitectos recién titulados, provenientes de los países del Tercer Mundo. Su objetivo era prepararlos para enfrentar las políticas de   Vivienda y de Desarrollo Urbano en sus propios países.

Dada la diversidad de nacionalidades de los alumnos, el curso se impartía en idioma inglés, y estaba a cargo de dos jóvenes arquitectos daneses: Jorgen Andreasen, con experiencia profesional en algunos países africanos, y Lars Marcussen, conocedor de la situación en el sudeste asiático. Carecían de profesionales conocedores de estas materas en América Latina.

Enterados de nuestro currículo, fuimos invitados un par de meses después de nuestra llegada, a participar en un seminario de dicho curso, y a fines del mismo año en un segundo encuentro, al término del cual nos propusieron nuestra incorporación de planta, como profesores de dicho Curso.

Para nosotros chilenos, aislados en el último rincón del planeta, este contacto con tal diversidad de nacionalidades y de lenguas; de razas y de religiones, representó una experiencia inédita. Una lección para apreciar y respetar la diversidad. Nos abrió los ojos respecto a la similitud del conflicto social que enfrentan los países con desarrollo económico incipiente, y que sin embargo se manifiestan con características propias en cada región.

Además, cada año, hacíamos un viaje de estudio a los países que llamamos la periferia de Europa, a fin de encontrar realidades más cercanas a la de los países en vías de desarrollo. De esta manera conocimos la Extremadura y la Andalucía en España, la región de la Tesalía en Grecia y las ciudades de Izmir y Ankara en Turquía.

En Dinamarca, tuvieron amplia difusión los dibujos que realicé mientras estuve confinado en calidad de prisionero de guerra y también participamos muy activamente en las múltiples manifestaciones de solidaridad que tenían lugar, apoyando las acciones libradas por organizaciones sociales y agrupaciones de las víctimas, a fin de recuperar la democracia.

El retorno

Regresamos a Chile en marzo de 1984, encontrando un país cambiado política, social y culturalmente, además de convulsionado por las jornadas de protesta que se sucedían continuamente.

El día que aterrizamos en el aeropuerto de Pudahuel, nos aguardaba nuestro socio de toda la vida: Pancho Ehijo, quién nos manifestó de inmediato: ya tengo arrendada una oficina. No dijimos nada, porque nuestro plan era dedicarnos a la investigación, siguiendo la experiencia que traíamos de Dinamarca.

En la tarde de ese mismo día, mi hermana Esther invitó en su casa a amigos y parientes, para celebrar nuestro retorno. Concurrió el colega Pedro Iribarne, el cual nos informó que el MINVU estaba convocando a concursos de arquitectura para la construcción de edificios municipales destinados a las nuevas Municipalidades recién creadas en la Región Metropolitana y que le parecía conveniente, reunir un equipo a fin de presentarnos a dichos concursos.

Vacilamos un momento con Anita, pensando que jamás nos darían algún premio, enterados de nuestras filiaciones políticas, pero finalmente aceptamos, postergando nuestro plan de dedicarnos a la investigación.

Resultado: nos ganamos el concurso para la Sede Municipal de Lo Prado, y contra nuestras dudas de no realizar el proyecto, fuimos recibidos muy respetuosos por el personal del Serviu Metropolitano, que nos adjudicó el proyecto. Ahí luce orgullosa, nuestra propuesta con algún aire de la arquitectura danesa que traíamos incorporada, tras nuestra estadía en esa inolvidable nación Escandinava.

Además, me incorporé rápidamente a las actividades impulsadas por la directiva del Colegio de Arquitectos, siendo electo Director Nacional por dos períodos de cuatro años. Entre otras actividades, me cupo el honor de dirigir el año 1992, la celebración del cincuentenario de la creación de nuestra orden, ocasión en la cual el Colegio me otorgó la medalla Alberto Risopatrón.

Desde mi retorno a Chile en 1984, hasta 1993, me integré al Taller de Vivienda Social (TVS), ONG organizada para brindar apoyo a los pobladores erradicados de las comunas altas de Santiago y establecidos en diversos lugares de la periferia de Santiago, en la modalidad de un terreno con caseta sanitaria.

Una vez iniciado el gobierno de Patricio Aylwin, accedimos a participar en una convocatoria del MINVU para un programa llamado de Viviendas Progresivas, consistente en la construcción de entornos de aproximadamente 35 m2, a fin de complementar la caseta sanitaria, con un espacio común y dos dormitorios, para lo cual se asignó un presupuesto de 70 UF por unidad.

Construimos 74 unidades en la población Extremo de Magallanes, en La Pintana y otras 126 en Villa Santa Ana de San Bernardo.

Esta fue una tarea apasionante, cumplida exitosamente con un alto nivel de participación, especialmente femenina, que llevamos a cabo junto al equipo constituido por los colegas Igor Rosenmann, Olga Segovia, Scholem Peliosky y la asistente social Claudia Trevizan. Perdimos dinero, pero entregamos viviendas sólidas, aceptablemente terminadas, que, con los años, han evolucionado a unidades habitacionales normales.

En noviembre de 1984, asumí la presidencia del ICAL (Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz), institución donde se agruparon destacados profesionales y artistas en diferentes áreas de investigación y que se constituyó en la más relevante tribuna de oposición cultural a la dictadura. Integré el área de vivienda del ICAL, que emitió diversos documentos impugnando las políticas de vivienda y desarrollo urbano impuestas en Chile por los discípulos de la Escuela de Chicago.

Desde 1992, restablecimos compromisos profesionales con la Empresa Constructora Nahmías Hermanos, que conocíamos desde los inicios de nuestra carrera y a la cual le diseñamos unos diez edificios de vivienda, con plena satisfacción de ambas partes, conservando, las relaciones de respeto mutuo profesional, características de los tiempos pasados.

Una parte importante de mi actividad profesional durante los últimos años, está dedicada a proyectos relacionados con la defensa del patrimonio y la memoria histórica. Así fue, por ejemplo, que el año 2000, realizamos el proyecto para la habilitación como Centro Cultural, de la antigua Estación de Ferrocarriles en la ciudad de Salamanca.

El año 2006, asociado con el arquitecto Marco Vidal, realizamos el proyecto de restauración de un viejo inmueble de conservación histórica ubicado en la Avenida República, para su habilitación como sede de la Fundación Salvador Allende y también para albergar el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, poseedor de una de las más ricas colecciones de pintura y escultura de los años 50 al 70 del Siglo pasado.

Recuperamos artesonados de cielos y pavimentos, algunos de ellos gravemente deteriorados. Restituimos la quincallería de bronce macizo totalmente sustraída de puertas y ventanas. En suma, recuperamos la dignidad de un edificio declarado de conservación histórica.

Es una obra donde logramos armonizar adecuadamente el edificio existente con la construcción nueva, mediante un puente con cubierta de cristal.

Por fin pudo lucir espléndidamente, la rica colección de arte en posesión del Museo, que fue inaugurado durante la primera administración de la Presidenta Michelle Bachelet.

Este proyecto reunía además la particularidad de haber sido durante muchos años, el cuartel general de la CNI, razón por la cual mantuvimos tal cual, el recinto destinado a una gran central telefónica, ubicada en el piso zócalo, capaz de intervenir llamadas telefónicas a lo largo de todo el país.

El último de mis proyectos de arquitectura, es la habilitación de una casona patrimonial ubicada en Punta Arenas, como Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Se trata del lugar donde fueron torturados cerca de un millar de prisioneros políticos de la Región, detenidos inmediatamente después del golpe militar.

Realicé este proyecto asociado a los jóvenes arquitectos Marco Vidal, Leonardo Rebolledo y Vicente Fernández.

Todas las personas detenidas, hombres y mujeres, arribaban al edificio vendados, a bordo de camionetas e ingresaban por un portón lateral hasta un patio interior. Al descender, eran obligados a bajar por unos escalones de hormigón, con gradas de altura desigual, dado lo cual era inevitable tropezar y caerse. Desde ese momento se iniciaban los golpes y la tortura, que proseguían en el piso zócalo, que servía de entrada al edificio.

Nosotros decidimos mantener este recorrido en nuestro proyecto, por lo cual los visitantes al Museo siguen la misma ruta, ingresando al edificio a través del piso zócalo, y pueden observar la mencionada escalera de peldaños desiguales, que conservamos en nuestro proyecto museográfico, como un vestigio histórico.

El programa solicitado requería una ampliación en el patio trasero, y creo que resolvimos exitosamente la relación entre el pasado y el presente, ambos con la expresión propia de cada época, pero conviviendo en armonía.

Digamos como resumen, que nuestra actividad profesional ha cruzado por diferentes etapas: la de los sueños y esperanza en la década del 60, los mil días como funcionario de una institución ejemplar: la CORMU. Más tarde, la dramática experiencia de permanecer cautivo en diferentes centros de reclusión, donde la arquitectura logró sobrevivir, a pesar de todo. Luego, el exilio en un país hermoso y solidario, entregando y recibiendo las experiencias en políticas habitacionales y desarrollo urbano implementadas en los cuatro confines de la Tierra.

Enseguida, nuestro retorno al país evocado cada uno de los 3.225 días de nuestro exilio, encontrándonos que, en Chile, regían nuevas normas y procedimientos en políticas de vivienda, bastante antagónicas a las ejecutadas por todos los gobiernos anteriores a la dictadura.

La vivienda como una mercancía

La dictadura demolió todas las estructuras económicas, políticas y sociales construidas a lo largo del Siglo XX, para imponer un modelo económico que dio al Estado un mero rol subsidiario, entregando la actividad productiva y de servicios a la iniciativa privada.

Han transcurrido 35 años desde nuestro retorno a Chile y en lo fundamental, las políticas de vivienda y desarrollo urbano impuestas por la escuela de Chicago en materias de Vivienda y Desarrollo Urbano, se han mantenido vigentes hasta ahora, salvo escasas modificaciones.

Es indiscutible que éstas políticas, aplicadas en todos los rubros de la economía, son las responsables del estallido social que estamos experimentado en los últimos días, cuyo punto culminante fue la gigantesca concentración pública efectuada el 25 de octubre, congregando 1.200.000 personas en Santiago y cifras similares a lo largo de todo país.

Bajo la apariencia del progreso en materia de vivienda, infraestructura y el crecimiento económico, se fue generando en Chile, un cuadro inaceptable de desigualdad, exclusión y segregación urbana, Según estudios del Banco Mundial, el 1% de la población concentra aproximadamente el 30% de los ingresos nacionales, y el 0,01% posee más de la décima parte de estos ingresos.

Un fenómeno alarmante, lo constituye la especulación con la vivienda y con el valor del suelo urbano, que actualmente alcanza niveles demenciales, como lo sostienen los académicos  Francisco Vergara y Carlos Aguirre  ([2]).

Según la Cámara Chilena de la Construcción, “se ha producido un desacople entre el precio de la vivienda respecto al resto de la economía, ya que entre 2011 y 2019 los precios producto inflación crecieron 37,2%, la vivienda aumentó 67,8% y el ingreso solo 24,7%([3])

El economista Roberto Pizarro afirma que “la economía de las desigualdades, la política del abuso y la instalación de la corrupción no se sostienen más. El derrame del crecimiento y la focalización de la pobreza, rostro vergonzante del modelo económico, han dado por resultado la universalización de la desesperanza”.

 “La focalización acorraló territorialmente a los pobres en poblaciones alejadas de sus centros de trabajo y de los espacios físicos ocupados por los sectores de altos ingresos. Así se construyó la muralla que divide a los chilenos según su origen social y cultural”.

Comparto plenamente este cuadro político, social y cultural descrito por Roberto Pizarro.

Además, en materia de vivienda, la situación se agravó durante los últimos años, por el crecimiento acelerado de familias chilenas forzadas a instalarse en campamentos, como única opción habitacional accesible para ellos. Un catastro realizado por el MINVU, detectó que el número de campamentos existentes en Chile se elevó de 657 a 802, entre los años 2011 y 2018, siendo las regiones más afectadas Tarapacá donde aumentaron en un 567%, Antofagasta con un 182% y Atacama 170%.

Además, se han intensificado, múltiples formas de vivienda vulnerables: conventillos, asentamientos en quebradas, viejas mansiones subdivididas por pieza, allegamiento en casas precarias y campamentos que aumentan vertiginosamente a lo largo del país.

En suma, conventillos versión Siglo XXI.

Otra situación preocupante, es la irrupción vertiginosa en los últimos años de los edificios llamados Multifamily, concepto que identifica a los edificios destinados a la renta residencial y que son administrados únicamente, o en gran parte, por un solo dueño. Se trata de los Fondos de Inversión, modalidad no regulada por nuestras Leyes y Ordenanzas de Construcción.

Esta fórmula, transforma la vivienda en una inversión. No está dirigida a quienes necesitan un techo, sino a quienes disponen de dinero para invertir en la adquisición de cualquier número de departamentos, normalmente de superficies minúsculas, que someten al régimen de arriendo.

Durante las últimas manifestaciones efectuadas en la Plaza de la Dignidad, estudiantes de arquitectura hicieron mofa de estos así llamados Nano-departamentos, tizando en el pavimento a escala natural, una unidad de 17m2. y tendiéndose en el suelo para demostrar su tamaño minúsculo.

Este proceso, es investigado por la relatora de Naciones Unidas para la Vivienda, Raquel Rolnik, que ella denomina: financiarización de la vivienda. ([4])

Rolnik incluye en su libro un gráfico impresionante, elaborado por Themis Aragao para las principales ciudades de Brasil, entre el 2008 y el 2012, según el cual, los precios inmobiliarios subieron un 340%, mientras la inflación y los costos de construcción se elevaron en un 140%.  Estamos hablando de una especulación exorbitante, análoga a la existente hoy en Chile. ([5])

No podemos cerrar los ojos: las políticas de vivienda y desarrollo urbano implementadas en los últimos decenios, requieren un cambio de raíz, capaces de asumir los desafíos que acabamos de señalar y posibles de llevar a cabo sólo por la vía de restituir al Estado la capacidad de conducir las políticas de vivienda y de desarrollo urbano, velando por el bien común.

Los últimos años

Gran parte de mi actividad profesional durante los últimos años, ha estado orientada -justamente- a la lucha por recuperar el rol del Estado como conductor del desarrollo urbano y las políticas públicas en vivienda, dando a conocer especialmente, los mecanismos institucionales y legales que hicieron posible la obra ejemplar realizada por la CORMU.

He dado charlas a lo largo del país, en Universidades, Delegaciones Regionales del Colegio de Arquitectos y en organizaciones defensoras de nuestro patrimonio. Incluso, fui invitado por el Departamento del SERVIU Metropolitano encargado de rehabilitar los condominios sociales vulnerables, a fin de intercambiar experiencias con la obra realizada por CORMU en casos similares.

También fui designado integrante del Consejo Nacional del Desarrollo Urbano, nombrado por la Presidenta de la República Michelle Bachelet, para el período 2014-2018. Tuvimos debates muy intensos, pero finalmente, en mayo del 2015, le entregamos a la Presidenta un Informe con Medidas para Implementar una Política de Suelo para la Integración Social Urbana. Dos de estos acuerdos son fundamentales en mi concepto,

El primero, se refiere a la creación de los SRDU (Servicios Regionales de Desarrollo Urbano), necesarios para recuperar la facultad de planificar el desarrollo urbano, a escala regional.

El segundo, plantea la creación de un Banco de Suelos Públicos Urbanos, materializado en un catastro incluyendo las propiedades del Ministerio de Bienes Nacionales, Fuerzas Armadas de Orden y Seguridad, Servicios Públicos como Ferrocarriles del Estado, ENAP, Municipalidades, Serviu y otros, a fin de destinarlos a los proyectos de vivienda social, o radicaciones de campamentos. Este sería un golpe mortal a la especulación de suelos urbanos que experimentamos hoy día.

Desgraciadamente, ninguna de estas medidas fue implementada en el gobierno anterior y tampoco en el actual. Ahora ya se hacen imperativas y urgentes para satisfacer las demandas formuladas dramáticamente en estos días.

Durante los últimos años, he recibido numerosas distinciones, siendo las más significativas, la Medalla Arquitecto CLAUDE FRANÇOIS BRUNET DE BAINES, concedida en 2010, por nuestra Universidad de Chile, y el Premio Conservación de los Monumentos Nacionales 2016, otorgado por la DIBAM, el Consejo de Monumentos Nacionales y la Unesco.

Además, he publicado varios libros relacionados con los dibujos que realicé mientras permanecí confinado en diversos campos de reclusión, que se titulan La vida a pesar de todo y Regreso a Dawson. También lancé las voluminosas Memorias de un Arquitecto Obstinado y un último libro sobre el Barrio Matta-Portugal, donde transcurrió mi infancia y juventud, en un barrio integrado social y étnicamente, así como respetuoso de sus valores patrimoniales.

Son 70 años, consagrados al más noble de los oficios: la Arquitectura, siempre en busca de otorgar un techo digno y adecuado a mis compatriotas, cualquiera que sea su condición social.

Represento a la generación que Osvaldo Cáceres llamó la generación del 50, un grupo de notables profesionales egresados fundamentalmente de la Universidad de Chile, que, por múltiples razones, fue ignorado y silenciado durante varios decenios. La mayoría ya falleció, sin haber recibido en vida, el reconocimiento al cual eran merecedores. Hoy día, todos y todas ellos nos acompañan en esta noche memorable y comparten este Premio.

Enhorabuena.

Lego, a las nuevas generaciones, la trayectoria de un profesional que asumió la obligación ética de imponer el ejercicio de nuestro oficio, siempre y obstinadamente, en beneficio del bien común.

Algunos, calificarán estas palabras como nostálgicas. Es posible.  Habiendo cumplido 91 años de edad, con casi 70 años de ejercicio ininterrumpido de la Arquitectura, oficio practicado apasionadamente en cualquier circunstancia: dentro o fuera de Chile, al pie de la cordillera o en las remotas islas de la Patagonia, diseñando aulas universitarias, pabellones industriales, municipios, conjuntos habitacionales o modestas viviendas progresivas, editando una revista o defendiendo causas justas en los tribunales, siempre… siempre,  nos esforzamos, -con o sin tropiezos- por ser consecuente con los ideales de justicia social y humanistas, que abrazamos desde nuestra juventud.

Abrigo la certeza que las multitudinarias manifestaciones sociales vividas en los últimos días, recuperarán para la arquitectura y para nosotros arquitectos, la posibilidad de proporcionar un techo digno, hermoso y sustentable a cada uno de nuestros compatriotas.

También tengo la certeza que nos facilitará la preservación de nuestro maravilloso patrimonio material e inmaterial, del cual el ejemplo más notable es este archipiélago mágico donde he tenido el privilegio de ser investido Premio Nacional de Arquitectura 2018-2020.

Un abrazo apretado y mil gracias para todos los que hoy me acompañan, para Anita y mis hijos Andrés y Alicia, siguiendo esta ceremonia desde alguna lejana galaxia y para tantos amigos y compañeros ausentes en Chile y otras latitudes, que comparten como propia, esta distinción.

 

[1] Leonardo Benévolo: Historia de la Arquitectura Moderna”.

Editorial Gustavo Gili. 2ª.Edición.  Pg. 585.

[2]   Vivienda a precios demenciales 2: por qué es necesario que el Estado regule los precios

Francisco Vergara Perucich y Carlos Aguirre Núñez. Ciper académico. 22.07.2019

[3] 24 Horas.cl TVN 28.08.2019

[4]   La guerra de los lugares. La colonización de las tierras y la vivienda en la era de las finanzas.

Raquel Rolnik. LOM Ediciones. Noviembre 2017

[5] Idem. Pg. 255..