«Confieso que he vivido», bien podría retratar a Brasil y especialmente a sus instituciones, cuando ignoran el fascismo que emerge como el nazismo puro y simple que surge del bolsonarismo.

Hélio Rocha

Columnista Brasil 247

02/12/2019. “El cónsul alemán Hertz amaba las artes plásticas modernas, los caballos azules de Franz Marc, las figuras alargadas de Wilhelm Lehmbruck. Era una persona sensible y romántica, un judío con siglos de herencia cultural. Le pregunté una vez: ‘¿Y este Hitler, cuyo nombre aparece ocasionalmente en los periódicos, este jefe antisemita y anticomunista, no cree que pueda llegar al poder?’; ‘Imposible’, dijo; ‘¿Qué tan imposible si lo absurdo es lo que más ves en la historia?’; ‘Simplemente no conoces Alemania’, dijo. ‘No hay forma de que un agitador loco como ese gobierne incluso una aldea’.

“¡Pobre amigo, pobre cónsul Hertz! Ese agitador loco por poco no gobernó el mundo. Y el ingenuo Hertz debe haber terminado en una monstruosa cámara de gas anónima con toda su cultura y noble romanticismo.”

El extracto de las memorias del escritor Pablo Neruda, registrado en su autobiografía «Confieso que he vivido», bien podría retratar a Brasil y especialmente a sus instituciones, cuando ignoran el fascismo que emerge como el nazismo puro y simple que surge del bolsonarismo.

Cada vez más cómodo, dada la inacción institucional, Bolsonaro está en proceso de registrar un partido, la “Alianza para Brasil”, cuyo número “38”(en Brasil se vota por número en las urnas electrónicas similares a un teléfono) hace referencia a las armas de fuego, y tenía en su logotipo el día del lanzamiento de la propuesta de la fundación, que ahora busca firmas, un mosaico de proyectiles de diferente calibre de revólveres, rifles y ametralladoras.

Como señaló el periodista brasileño Kennedy Alencar, ya no faltancaracterísticas para calificar el bolsonarismo como una corriente fascista. La inacción de instituciones como la mitad lúcida del Congreso, los tribunales superiores, como el Tribunal Superior Electoral (TSE) y el Supremo Tribunal Federal (STF), las Fuerzas Armadas y los principales medios de comunicación en silencio​​o aprobación, son la base sobre la cual este movimiento crece y amenaza a Brasil.

La desmovilización causada por el conflicto entre intereses menores, dentro de la izquierda misma y entre la izquierda y la derecha democrática, es un escenario que reproduce el de la década de 1930 en la República de Weimar, Alemania. Los liberales aceptan el ascenso moderado del nazismo para evitar los partidos comunistas y socialdemócratas. Y los de la izquierda lo consideran conveniente porque buscan protagonismo en la oposición, no una alianza para su destierro. Como resultado, lo que al principio era una cadena restringida a extremistas locos, en pocos años se convirtió en una fuerza moderada de la débil democracia alemana de posguerra, que luego la devoróy condujo a su destrucción.

Esta semana, la Asamblea Legislativa de São Paulo (Alesp) también está preparando un homenaje al dictador chileno Augusto Pinochet, cuyo régimen (1973-1990) mató a más de 3.000 personas y obligó a otros 200.000 al exilio. El responsable, el diputado del estado Fredericod’Avila, pertenece al Partido Social Liberal (PSL), del cual Bolsonaro se fue para fundar su proyecto fascista. Pronto deberá seguir la ubicación de su líder. Por ahora, la única iniciativa opuesta vino de las franjas del Partido de los Trabajadores (PT) en la Asamblea, que pidió disculpas al pueblo chileno y exigió la revocación de su asiento en el parlamento, por incumplimiento del decoro al violar la Constitución, la democracia y los derechos humanos.

Lo importante es que, frente a todos estos hechos, nosotros, brasileños, nos parecemos cada vez más al cónsul Hertz, especialmente los de la llamada clase media «informada». Amantes de la cultura y conscientes del coqueteo con el ridículo del gobierno de Bolsonaro, permitimos que todo suceda como un mal momento, que naturalmente terminará cuando «la gente se dé cuenta». Las personas explotadas y silenciadas tienen dificultades para responder a la pirotecnia patética del bolsonarismo, mientras que la izquierda sigue con diálogos intelectualizados (incluido este) y la actuación contra los problemas que ahora se remiten a las redes sociales. Al mismo tiempo, la llamada derecha «democrática» permanece en silencio, en complicidad o consternación por el monstruo que ayudó a crear.

En la aviación, existe una expresión llamada «sin punto de retorno», es decir, el punto de la ruta donde no queda combustible para regresar al lugar de origen, sin dejar otra opción que viajar al destino. Si el destino es un fascismo abierto, estamos cerca del punto en que el pobre cónsul Hertz ya se encontraba, en Alemania, sin que él mismo lo supiera.