Su nombre lo impuso el pueblo, el pueblo soberano y emancipado, el pueblo que supo reconocer su reiterado y dialéctico ladrido, su espíritu combativo.

Gonzalo Moya Cuadra

Licenciado en Filosofía

21/11/2019. Les quiero contar una arcana historia, una historia mágica y heroica, una historia plagada de sombras y luces. La historia de un can popular, de un can pobre, de un can humillado por la vida, vida inscrita en el relato cotidiano por revelar poemarios venturosos y premonitorios, de estudiantes ecuménicos. Esta es la historia de un can recordado, altivo, solidario y leal con un pueblo mancillado, todavía estremecido por el pretérito tirano. Les quiero contar la historia de un can callejero nacido en un país ensangrentado, de tiempos revueltos y bulliciosos pensamientos, tiempo de bregas cardinales, de vientos prohibidos. Su vida fue la vida de un can menesteroso, despojado de mínima dignidad que vivió en rúas combatientes, enceguecido por su denso cansancio y su incierto acaecer. Su nombre lo impuso el pueblo, el pueblo soberano y emancipado, el pueblo que supo reconocer su reiterado y dialéctico ladrido, su espíritu combativo. El “matapacos” fue un líder nato, un can humanizado, defensor del progresismo, un can conductor de muchedumbre, un guía que supo encauzar legítimas aspiraciones generales, un can licurgo, inspirador de consolidados porvenires, un can que se transformó en mitología, un can que traspasó realidad y fantasía, un can proletario y esplendente, un can que cuidaba a la multitud embravecida, innato peleador callejero. Nunca tuvo dueño. Libre como voces gigantes de poetas volantes. Sólo escuchó el tañido de palabras indignadas en días nacientes. Rodeaba su cuello un pañuelo rojo como símbolo de alborozo, versos novedosos. La historia actual nos cuenta que murió años ya, asistido por su pueblo querido, jamás dominado ni dormido. Su partida se recuerda como un ejemplo de banderas persistentes y dolientes. No sabemos si dejó descendientes en calles dolientes, himeneos sexuales en la capital persistente. Sigue siendo el héroe de grandes jornadas contestatarias, el ejemplo redimido para un tiempo bárbaro y obcecado, el élan de un pueblo que marcha implacable y triunfante hacia la victoria literal. Al final, creo imaginar su mirada triste y apacible cuando se iba, siempre altivo y pensativo, a escribir otras páginas luminosas, decoradas con flores terracotas y laberínticas.  Cuenta la leyenda que en estos días aciagos, pálidos, asfixiantes y submarinos, se escuchan los aullidos vibrantes del “matapacos” que llaman a reemprender el camino de la luz y el renacer.