La sociología es una disciplina práctica y teórica que puede ser muy engañosa. Si bien provee de una basta gama de herramientas interpretativas de la realidad.

Mario Domínguez 

Sociólogo 

22/10/2019. Recientemente el rector Carlos Peña ha justificado y respaldado en distintos medios la decisión del gobierno de Sebastián Piñera de decretar el estado de emergencia, sacar a los militares a la calle a reprimir las protestas (violentas y no violentas) y decretar un toque de queda que nuestro país no vivía hace treinta y tres años. Para fundamentar todo lo anterior, lejos de acudir a alguna corriente del derecho, que es su especialidad, se hizo valer de una serie de argumentos que, una y otra vez tildaba de sociológicos. En honor a la rica tradición que tiene la sociología en Chile me atrevo a decir que no hay nada más lejano a la disciplina que sus juicios.

La sociología es una disciplina práctica y teórica que puede ser contradictoria, y que tiene distintas tradiciones en nuestro país. Si bien provee de una basta gama de herramientas interpretativas de la realidad, por regla general comparten la dificultad de no presentarse en el marco de los contextos y periodos específicos y particulares en que fueron desarrolladas.

La pretensión de generalidad es la trampa de toda sociología. El reclamo de la historiografía a la sociología es precisamente la falta de historicismo de la última, que, sobre la base de observaciones sistemáticas y metódicas busca, sin cesar, explicaciones más o menos globales y desentrañar la racionalidad tras el comportamiento de los individuos. Pero ningún conjunto de observaciones, por muy sistémico que sea su proceso de análisis, puede constituir por sí solo una explicación ni mucho menos un dogma. 

Para cultivar el dogma existe la ideología, cuya área de desenvolvimiento es la disputa y la transformación política. La ideología existe cuando opera socialmente, cuando cuenta con determinadas condiciones de adhesión y se transfigura en realidad. Si no cumple una función transformadora (o conservadora, según sea el caso), la ideología muere. En resumidas cuentas, la ideología ajusta cuentas permanentemente con su vigencia, su vitalidad u ocaso se juega ahí y solo ahí.

La explicación sociológica no padece de ese requisito. Puede perder vigencia, su desajuste con la realidad puede reajustarse (si existe evidencia para ello), y no necesita concitar adherentes ni generar procesos transformadores para existir. Weber en sus escritos metodológicos (Amorrortu, 2012), tan citado por el profesor Peña, era exhaustivo en advertir sobre aquel momento en que calla el científico y habla la voluntad, que posteriormente llamaría el político. Para el alemán, el secreto el éxito de la disciplina radicaría en un ideal o afán ético de poner entre paréntesis las creencias e impulsos y entregar la palabra a la ciencia (la sociología), Bourdieu retomaría esto con el concepto de reflexividad. Ciertamente una pretensión imposible de cumplir al menos en ciencias sociales, incluso hallazgos recientes de la física nos han prevenido del cambio en la consistencia de la materia en relación con el estado de ánimo de la científica o científico que la estudia.

Ante esta imposibilidad de dividir los estados de la conciencia y separar ambas facetas (científico y político) es que la recomendación general es la honestidad. La claridad de intereses tras los juicios y la transparencia de los fines. 

Las declaraciones del rector Peña carecen varios de estos requisitos. Sociológicamente, “el sistema complejo que funciona con coacción o cohesión” puede operar, tanto para una democracia, como para la más sangrienta dictadura; “que la institucionalidad vigente prevalezca”, no es requisito de supervivencia del Estado (no se acabará Chile, si cambia la constitución política, por ejemplo); y, que la llamada modernización capitalista haya masificado la capacidad de endeudamiento no es sinónimo de bienestar, sino de endeudamiento social que para estos efectos se ha transformado en la pérdida de la soberanía de los individuos sobre sus ya escuetas economías. 

Puede que entre tanta certeza, estos balances con tufo a robinsonada dieciochesca deban volver a mirar más que a mirarse. Hacerle caso a Weber y retomar la distancia y la prudencia científica; o, en  distinto caso, ser transparente y hablar políticamente, arriesgar el juicio experto, discursivamente onmisciente y ponerlo en condición de parcialidad. Sin la máscara de la academia, que el profesor Peña acostumbra a usar para acusar falta de racionalidad donde hay legítimas diferencias políticas e ideológicas.

Otra posibilidad es dejar de lado esta tradición cientificista y concederle lugar a la, hasta ahora llamada despectivamente sociología ensayística, que, entrelazada con la filosofía y la economía, se ha cultivado pacientemente por Moulian, Nelly Richard, Garretón, Jorge Larraín, Maria Emilia Tijoux, Kemy Oyarzún, Osvaldo Fernandez, Alberto Mayol, Carlos Ruiz, Manuel Riesco y todo el arco de la izquierda que sin tapujos ha exhibido sus posiciones y las ha entremezclado con la teoría a riesgo de equivocarse y perder vigencia, el entrelazamiento de política y explicación teórica sin esconder intereses y objetivos.

Lo que podemos observar en la rabia antimillenial del profesor Peña es el desconcierto de la Sociología del Que Fracasó Mal y los doctorados en Porqué Andábamos Tan Perdidos De Acuerdo a Ellos, que describió Redolés en los 90’ y que desencadenó en la sobredosis de neoliberalismo que reventó a los sectores populares y medios de nuestra sociedad. 

Hoy asistimos a la triunfo de la sociología historicista, aquella del Chile Actual, El derrumbe del Modelo, Feminismo, Género y Diferencia (s) y La poíltica en el neoliberalismo. Todos y todas con sus matices han contribuido a la configuración de un relato, una comprensión (Verstehen) en el estricto sentido Weberiano de los acontecimientos que hoy suceden. Esta brújula que perdió la sociología de Tironi y de Brunner que hoy se preguntan desorientados qué pasó con los frutos de la modernización capitalista y, mediante la vocería del rector Peña, acusa irracionalidad y regala teoría y explicación ideológica al primitivismo autoritario de la ultraderecha que tiene a los carabineros y militares violando sistemáticamente los derechos civiles y humanos de la ciudadanía.

Podría ser que lo que tenemos en las calles no sea una exacerbado optimismo en la juventud, ese mantra que repite y repite el profesor Peña, como si los jóvenes le hubieran hecho algo personal (las recientes tomas en su casa de estudios, por ejemplo), en vez de eso, un poco de distancia y meditación lo haría reflexionar sobre temas como la cuestión social, que la sociología de Marx, el viejo Durkheim y Simone de Beavoir tan bien describieron y que en la práctica, también se resolvió con incendios y cacerolazos y dieron fruto a la modernidad que él tanto aprecia.