Cansados y desilusionados de una injusta distribución de la riqueza y de la alta concentración y opulencia, ciudadanos y ciudadanas se han pronunciado con claridad en contra de los abusos y de una política decadente.

Carlos Arrué

Abogado

22/10/2019. Mientras quienes sostienen el modelo neoliberal lo defienden, una mayoría de la población sostiene lo contrario. Es hora de cambiar el rumbo del país y repartir la torta con justicia. Cansados y desilusionados de una injusta distribución de la riqueza y de la alta concentración y opulencia, ciudadanos y ciudadanas se han pronunciado con claridad en contra de los abusos y de una política decadente. Con ello, han puesto de manifiesto una sabiduría enorme dado que los medios de comunicación se empeñan en mostrar un país dominado por violentistas y dibujado por desmanes y pese a ello, las redes sociales son testimonio de que el pueblo de Chile no cae en las mentiras y se hartó de ella.

Acá el problema central es en primer lugar, material. Bajas sueldos, bajas pensiones, trabajos precarios, mala educación, viviendas pequeñas y caras, escasez de agua y un etc. que va de Arica a Punta Arenas. Sin embargo, el problema también es etico; mentiras, trato judicial desigual, corrupción, engaños. Y el otro problema es político institucional; la desafección,una baja credibilidad y carencia de legitimidad social de las instituciones, han provocado apatía y rabia, entre otras cosas. El Congreso, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, el Gobierno, el Tribunal constitucional, los Carabineros, etc. Si bien, gran parte del país conoce o está familiarizado por relación directa con algunas de estas instituciones, esto no obsta a que hoy vivan crisis de legitimidad y sus acciones y decisiones sean cuestionadas por cuanto no representan el país real.

Por otra parte, también es cierto que muchos compatriotas sostienen que un cambio es innecesario. Las instituciones contempladas en la Constitución Política de 1980 están a su favor. Naturalmente, para ellos, una minoría claramente, su alternativa consiste en imponer la institucionalidad a todo evento con el riesgo se de ser sobrepasada. Sin embargo, tienen otra alternativa que pasa por relajar un tanto sus posiciones dogmáticas y avanzar hacia un acuerdo nacional que, entre cosas, contemple un cambio de Constitución. Coherente con ese diseño, y respetando su opinión, deben ser igualmente incorporados al proceso de acuerdo nacional y nueva Constitución. No tienen nada que temer.

El Acuerdo Nacional se abre como una alternativa de solución que pueda encausar una solución política y evitar la doctrina del enemigo interno que parece imponerse en un sector del gobierno. Esa estrategia está destinada al fracaso por cuanto el pueblo ha dado claras muestras de que no la comparte y distingue que sus problemas intentan ser evadidos con argumentos y hechos vandálicos, de las que en muchas ocasiones sospecha.

En ese entendido, este Acuerdo Nacional debiera contener elementos que abordan la actualidad, tales como el levantamiento del estado de excepción y una investigación a los hechos producidos durante su vigencia, así como otros que permiten concretizar un nuevo pacto representativo. Dentro de este segundo elemento o eje de acción, debe estar centrado el abordaje de los acuciantes problemas del país. Ha de ser el proceso que en concreto incluya a todos y todas y poner fin así a una hegemonía impuesta y fracasada, como es la Constitución de 1980.

La Asamblea Constituyente es una alternativa viable porque recurre al soberano, al pueblo para dirimir y es la mejor solución hoy, y tal vez la única. Para darle viabilidad institucional, podrían elegirse sus delegados constituyentes en la próxima elección de alcaldes y concejales y comenzar sus sesiones de trabajo en diciembre del 2020. Tiene como un antecedente sustantivo y orientador,el proceso constituyente ya realizado hace poco tiempo por lo que no parte de la nada. Sus sesiones debieran tomar unos nueve meses mientras el resto de la institucionalidad sigue funcionando. El debate debe abrirse sobre el tipo de modelo que nos representa asegurando un lugar a todos y espacio a diversos pensamientos y concretizando cambios de fondo en materia de pensiones, educación, salud y distribución de la riqueza cuanto antes. Tendremos que aprender a dar y ceder al mismo tiempo pero será un factor que logra nuclear y no dividir. Debemos ser claros en este sentido. La Constitución de 1980 divide a los chilenos y es la principal responsable de las carencias materiales, problemas éticos y fallas políticas que hoy se evidencian. Pensar lo contrario es una ceguera que llevará el país al ocaso.

Es evidente que la elite política chilena no va a querer ceder sus privilegios. Sin embargo, hay que decirlo claramente. No se sostiene este diseño un minuto más. Deben convencerse de ello. Chile necesita una nueva Constitución que refleje un nuevo pacto político cuya centralidad sea el buen vivir de toda la comunidad, donde todos y todas contribuimos a un bien y propósito común del cual nos servimos. Ésta es la oportunidad.

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