Luis Naranjo Prieto, el compañero Naranjo, es el vendedor más reconocido del periódico El Siglo. Parco, quitado de bulla, por primera vez cuenta su historia.

Richard Sandoval N. Periodista. 02/10/2019. Luis no recibe a nadie en su casa. El living y el comedor están cubiertos por papel de diario, y sería difícil atender a alguien entre millones de letras armando noticias que pasaron. Hay ediciones de El Siglo de hace meses, años, e incluso décadas. En el tiempo, por la histórica publicación de izquierda que invade la casa de Luis, han pasado directores, editores y toda clase de periodistas, pero todos los trabajos han llegado a dos manos que resaltan sobre las de cualquier otro lector o vendedor: el compañero Naranjo. Nadie ha tocado más Siglos en la historia, probablemente; nadie ha ofrecido más veces con sus labios el periódico, quizás; y nadie ha vendido más ejemplares que él en los últimos treinta años, seguro.

Luis Naranjo Prieto, tercer hermano entre ocho, nacido en Chillán, ha llevado una vida que lo ha vuelto inseparable al papel, tanto así, que su identidad está mimetizada con las hojas. Su nombre está ligado a una portada, y su voz no se puede separar del sonido que proyectan las letras de un diario. Sin teléfono celular, enemigo de las pantallas que azotan la experiencia de la lectura de páginas concretas, se ha vuelto viejo. El hombre de papel, el que no tiene hijos y nunca se casó, el que transmutó parte de su casa en una bodega de entrevistas y reportajes plasmados en tinta, tiene ochenta y un años, y por primera vez cuenta su historia. La historia de un recorrido humano que se resiste, con la rutina de sus días, a la amplificada crisis del papel.

Por su apariencia, al compañero Naranjo lo ayudan a subir al Metro, con su carro repleto de tinta aún fresca impresa en láminas a todo color. Es un carro pequeño, que costó seis mil pesos. La larga barba blanca lo aparenta al Viejo Pascuero, provocando ternura y compasión entre los jóvenes que lo ven trabajar.

Fue para el funeral de Gladys Marín, hace casi quince años, que un Naranjo sin barba entendió que su entretención, la desarrollada desde pequeño, la de repartir panfletos y luego vender El Siglo, debía ser una actividad más seria, formal y dedicada. Aquella vez, vendió más de quinientos ejemplares. Hasta el masivo funeral, Naranjo sólo ayudaba en la venta a los compañeros que veía complicados. Pedía de veinte, de treinta diarios. Pero ese día supo que podía vender hasta diez veces más. Desde ese momento no se ha detenido en su exploración de la ciudad, de lunes a domingo, ofreciendo un producto azotado por las tormentas del imperio digital. Pero esa tormenta no amaina la energía de Luis.

Es domingo ocho de septiembre. El cementerio general está rodeado de carabineros de fuerzas especiales. Los manifestantes más precavidos caminan a casa. Los que se quedan combaten con la toxicidad de las bombas lacrimógenas. Naranjo vende El Siglo. Conoce como pocos la dinámica en torno al memorial de ejecutados políticos y detenidos desaparecidos. Está aquí todos los domingos. Paciente, con una mano estirando una portada y con la otra sosteniendo lo que queda. “Ese caballero es como los que se quedan tocando música cuando se está hundiendo el Titanic. Cuando está la embarrada en las protestas, él sigue ahí, tratando de vender lo que más se pueda”, piensa Paulina, una lectora que cuando lo ve no puede dejar de comprar.

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La historia del compañero Naranjo es también la de un profesor normalista con una carrera truncada por la dictadura, dice. Por ser comunista, siempre fue perseguido en sus trabajos, acosado. “Cuando empecé a trabajar ingresé a las jota cecé, en el tiempo en que  estaban en Avenida Matta. Ahí estaban la Gladys, José Weibel, Teresa Barahona; era un muy buen ambiente. Yo entré viejo a las JJCC, tenía como 23 años ya. Yo estaba trabajando como profesor básico en el campo, por Padre Hurtado. Trabajé con los campesinos y ahí también repartía propaganda, pero los curas les botaban los papeles a los chicos. Los cabros andaban con ojotas, era pura pobreza. Yo todo el tiempo atacaba eso de la religión, porque mi papá era ateo total, y yo también”.

“Después, todo el tiempo, me dediqué a repartir propaganda, en las concentraciones, en los Primero de Mayo, esa era una costumbre que tenía. Yo estaba de acuerdo con la causa de la justicia, la libertad, por eso todo el tiempo me he relacionado con el papel, porque ahí está el material”.

Pero la vida compartida entre la propaganda y la docencia no duraría para siempre. Bordeando los cuarenta años, Luis fue conminado a jubilar, recuerda, siendo arrojado a una jubilación que lo movió a la calle, a luchar y seguir vendiendo. “Como profesor me persiguieron por ser comunista, me hicieron varios sumarios y después me enviaron al sur. Era en Los Ángeles, hacia la cordillera, un lugar muy inhóspito. Estuve haciendo las canteras, y luego volví a Santiago, para estar en varias escuelas. Al final, cuando llegó la dictadura, me hicieron un sumario los milicos, pero gané ese sumario, la Contraloría me dio la razón. Después de eso me dijeron que no podía seguir, que mejor aceptara la jubilación, y ahí quedé con una pensión bajita, jubilado a la fuerza. Esto fue justo cuando salieron las AFP. Alcancé a juntar dieciséis años de trabajo. Jubilé muy joven. Luego, participé en todas las protestas contra Pinochet, no me perdí ninguna. Fue una época muy difícil. Me sostenía con la jubilación y haciendo trámites”.

Durante aquellos difíciles años, Naranjo no se casó. “Me gustaron varias mujeres, por eso no me casé”, dice, con una sonrisa leve y una mirada tímida, esquiva, como si su vida personal fuera irrelevante ante la tarea de la difusión de información por la que será recordado.

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Suena insistentemente el teléfono en una de las oficinas del Partido Comunista. Es otro simpatizante preguntando si le pasó algo al compañero Naranjo. Algunos creen que ha muerto. Una foto viralizada, a modo de homenaje, invade las redes sociales del entorno marxista chileno. Se han encendido las alarmas. Una compañera de Independencia va a su casa a verificar la información, pero le cuentan que temprano ha salido a vender El Siglo. Se trataba de una Fake News. La foto viralizada no es más que una celebración de su figura.

Naranjo ríe, con pudor, cuando piensa en su fama. La rechaza. Busca no tener épica, pasar desapercibido, pero le es imposible. En la calle le gritan, lo reconocen. “Cómo está El Siglo”, le dicen. Para mucha gente, él es El Siglo, es el diario, y lo seguirá siendo hasta el día de su muerte.

Sobre el futuro de los diarios impresos que lo han catapultado, Luis no tiene certezas, pero sí inclinaciones. “Si el papel será reemplazado por las pantallas, eso aún es un misterio. Yo no entiendo por qué anda la gente tanto con el celular, no sé qué más de información valiosa hay ahí. Han dicho muchas veces que el papel va a morir, pero eso no se sabe. El celular no es lo mismo que tener un libro, un diario, que es una experiencia de lectura más tranquila. El celular desgasta la vista, emite ondas electromagnéticas. Todos después van a tener problemas al oído por usarlo tanto. Yo tengo más de ochenta años y escucho bien”.

Cada vez que Luis va a las oficinas de la redacción a buscar sus trescientos diarios mensuales, que representan una parte significativa de las ventas totales del periódico, lo hace con una planificación. Porque en su vida libre y callejera, nada es al azar. “Me hago un programa que anoto con lápiz. La gente me da fechas de eventos y las anoto. Apenas los recibo -los ejemplares- voy al IPS, y ahí me quedo toda la mañana, paradito, nunca me he sentado, y estoy con mi bolsa dos, tres horas, pese a que soy viejo. Después voy a la biblioteca del Mineduc a leer los diarios del día, porque me gusta estar informado. Luego, según la actividad, me voy moviendo, a homenajes, a presentaciones de libros. Antes iba a dejar El Siglo a domicilio, pero ahora vendo más en la calle. En la calle me siento completamente libre, y ahora los pacos ya no me molestan. El otro día, incluso, hasta le regalé un Siglo a un paco que le interesaba”.

“Ahora que me dejé barba, soy abuelito, y más me compran ¿Lleva El Siglo? me preguntan en todas partes. Es interesante porque uno conoce a todo tipo de gente. Yo no tengo problemas con que el papel se venda menos, yo lo llevo para todas partes, comienzo en la mañana y termino en la noche. A veces se me juntan dos eventos y no puedo ir a los dos. Pasan los autos, ofrezco El Siglo y me lo compran. La gente me apoya mucho. La juventud me lo pide en Plaza Brasil. A veces están reunidos en una mesa y me compran de a cinco Siglos, también en los restaurantes. El Siglo lo compra todo tipo de gente, de hecho los comunistas son los más difíciles de que compren el Siglo”.

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-Hola compañero ¿cómo está?

-Vivo.

La respuesta, cuando lo reciben en el periódico, siempre es la misma. Él es muy parco, tiene claros sus objetivos, va al pan pan, vino vino. Es siempre duro, no entra en más detalles, es un poquito cascarrabias, pero no tiene nada de tonto. En una ocasión, cuando comenzaba a mostrar su cabello largo, otra compañera del partido le preguntó por qué no se cortaba ese pelo. “Y para qué, si para vender el Siglo no necesito el pelo corto”, respondió Naranjo, con nada de simpatía.

“Ese viejo pesado, siempre insiste en venderte El Siglo”, opina Camila, una chica de veintidós años que lo ve en todas las marchas. Es la insistencia, de seguro, la clave del éxito en la venta de Luis. Ha insistido desde pequeño, cuando le faltaba plata y vendía botellas, libros, siendo apenas un escolar en un Chile diferente. “Esa facilidad para vender, que siempre he tenido, se la dejé al Siglo”, dice, siempre en las calles, a las que pertenece.

“Yo no ando detrás de autoridades, prefiero la calle, es más bonita la calle. Cuando se quemó la imprenta que imprimía el diario, alguna gente pensó que yo me iba a morir de hambre, porque pensaban que El Siglo me alimentaba. Uno se va adaptando a las condiciones. No sé hasta cuándo venderé El Siglo, yo nunca he pensado en la vejez, porque me cuido, sé vivir. Antes de vender El Siglo, todo el tiempo me dediqué a subir los cerros, estoy entrenado físicamente para vender el periódico. Todos los días camino veinte, treinta cuadras, así mantengo el físico”.

Luis, el compañero Naranjo, cumplirá ochenta y dos años en noviembre. Su cumpleaños seguramente lo pasará solo, en su casa de Independencia, la casa que le dejó su padre. No le gustan los agasajos. La parquedad nació con él, como lo hizo el deseo de extinguirse de las memorias que lo reconocen.

“No tengo para qué ser recordado por el trabajo que he hecho con El Siglo”, anhela, “porque esto se hace por amor. Cuánta gente anónima ha trabajado por esta causa. Es más bonito el trabajo anónimo. Yo veo trabajando a los obreros y son todos anónimos, ellos construyen las veredas en el anonimato. Aunque es inevitable, porque cuando me puse a vender El Siglo me hice famoso. Pero cuánta gente pega los papeles en los murales. Ojalá que cuando yo no esté, más gente venda El Siglo, otra gente, porque esto no es un monopolio mío. Que vengan más. Yo veo el día a día y punto. Quiero una vejez lo más sana posible, tranquila y libre. Yo soy totalmente libre, no ando con Internet ni con esa cuestión (apunta al celular que lo graba). La felicidad viene de la tranquilidad, y yo vivo en tranquilidad. Si alguien me quiere encontrar a mí me va a pillar en la calle nomás, porque yo soy de la calle, desde niño y hasta viejo”.

Naranjo dice que nunca tuvo un apodo, ni de niño ni de viejo, “¿qué extraño no?”. Quizás no sea un apodo, pero él no sabe que son miles quienes no saben su nombre, pero lo identifican perfectamente, como “el caballero del Siglo”, el viejo que es imagen inseparable de toda manifestación que se haga en Santiago de Chile. La imagen de un hombre de papel.