El año 1970 sorprendió a la Unidad Popular en uno de esos momentos de diferencias internas que parecían difíciles de superar.

Jorge Arrate. Ex candidato presidencial. 13/09/2019. La inquietud invadió a quienes éramos militantes de izquierda durante los últimos meses de 1969. Las tribulaciones de la recién creada Unidad Popular (UP) para designar su candidato presidencial parecían no tener fin. Al terminar octubre un levantamiento militar iniciado en el Regimiento Tacna, en el corazón de Santiago, conmovió al país. El gobierno de Frei Montalva se vio amenazado y disminuida su autoridad. Pero ni siquiera esa circunstancia aceleró el ritmo con que la naciente UP resolvía sus opciones. A fines de año la incomodidad se convertía en desesperanza.

¿Qué era la Unidad Popular? ¿Se trataba de un nuevo conglomerado de naturaleza “frente populista”, como el de 1938, o un “frente de trabajadores”, como el que promovía el Partido Socialista, que enfatizaba el signo clasista de una candidatura de izquierda? El Frente Popular, con un liderazgo radical, de clases medias, había dejado -más allá de su valoración como hito histórico- una sensación difícil en muchos socialistas que atribuían a la “colaboración” con el gobierno de Aguirre Cerda la crisis de su partido en los años cuarenta. Por otra parte, amarga había sido la experiencia de participación comunista en el gobierno radical de González Videla o socialista en el de Ibáñez.

Los ecos de la elección de 1964 se hacían sentir: Allende había bordeado el 40% de los votos, insuficientes para enfrentar la sumatoria de la Democracia Cristiana con la derecha, que se volcó a Frei Montalva. Un vano intento de nuestro candidato de atraer la votación radical había suscitado áspera polémica dentro de su partido.

El Partido Radical, salvo un sector de tendencia derechista, era ahora parte constitutiva de la Unidad Popular. Viejos cuadros ibañistas habían conformado la Acción Popular Independiente (API) y levantado un candidato presidencial propio dentro de la UP. Una novedad significativa era la participación del MAPU, una escisión cualitativamente importante de la Democracia Cristiana, que sumó el nombre de Jacques Chonchol al radical Baltra, el apista Tarud y a los dos candidatos de los partidos históricos de izquierda, Neruda y Allende.

Algunos sentían nostalgia de la épica campaña de 1958, cuando la base de apoyo eran los dos partidos marxistas agrupados en el Frente de Acción Popular (FRAP), más un conjunto de grupos y organizaciones menores que no tenían el estatuto de partido, en las que participaban individualidades radicales, ex ibañistas y católicos. Era la primera vez que comunistas y socialistas levantaban un candidato presidencial común de militancia marxista.

En 1952, en otra campaña histórica, a Allende lo habían proclamado un sector socialista y el Partido Comunista -ilegal y perseguido en ese tiempo- que conformaban el Frente del Pueblo, y había levantado un programa antifeudal, anticapitalista y antiimperialista que, más allá de su votación de solo 5%, dejaría huella en las confrontaciones de las décadas siguientes.

La Unidad Popular nació con la obligación de hacer honor a ese legado. Se formó para abordar la coyuntura político-electoral pero, al igual que los otros momentos mencionados, no habría sido posible sin una base fundamental: la movilización ciudadana, las organizaciones sociales y el despliegue cultural, instancias en que destacaron sindicalistas, dirigentas feministas, líderes estudiantiles y poblacionales, trabajadores, artistas, intelectuales y profesionales. Aquel camino para unir a las fuerzas del pueblo sorteó debates internos inevitables. En su intenso transcurrir surgió un gran proyecto nacional de desarrollo y transformación postulado como horizonte de lucha por la izquierda política y social.

El año 1970 sorprendió a la Unidad Popular en uno de esos momentos de diferencias internas que parecían difíciles de superar. Salvador Allende tuvo entonces un gesto notable: el seis de enero intervino en el Senado y constató con honestidad las dificultades para nominar candidato, a pesar de “los significativos avances que se alcanzaron con la redacción de un programa, del acuerdo acerca del carácter del futuro Gobierno Popular y de un documento sobre la orientación de la campaña presidencial”. Sostuvo que “el proceso unitario en desarrollo abarca una amplitud nunca antes alcanzada y muestra en su seno la definitoria gravitación de los partidos revolucionarios. Las proyecciones de estos últimos son producto, en buena cuota, de la acción conjunta desplegada durante más de 14 años por socialistas y comunistas. La unidad también aparece reforzada por la radicalización de los partidos de clase media; como consecuencia de la dramática realidad social que castiga también a sus militantes y simpatizantes.” Y agregó: “Estas características diferencian nítidamente al proceso actual de anteriores experiencias, como el Frente Popular.” Continuó: “En la misma medida en que estuve dispuesto a hacer el aporte personal que me correspondía, si se consideraba mi nombre como garantía para alcanzar el cumplimiento de las aspiraciones unitarias, he resuelto solicitar a la dirección de mi partido, como ya lo he hecho, que se prescinda de mí, si mi nombre constituye un obstáculo para el logro de metas que se hallan muy por encima de todo personalismo y en las que están en juego el presente y el futuro de la clase trabajadora”.

Veinte días después Luis Corvalán anunció desde el estrado de un acto de masas convocado en la Avenida Bulnes: “¡Salió humo blanco! El candidato es ¡Salvador Allende!”.