Resulta equívoco pensar que se pueda reconstruir una izquierda sin memoria de esta experiencia.

Carlos Ruiz Encina. Presidente Fundación Nodo XXI. 13/09/2019. La experiencia de la Unidad Popular destaca no sólo en la historia de Chile. Se proyecta como uno de los procesos más avanzados y singulares de la izquierda latinoamericana del siglo XX, alcanzando una significación y referencia global para la izquierda.

La llegada de la Unidad Popular al gobierno en 1970 por la vía legal, y luego el golpe de Estado de 1973, marcan los momentos más visibles de aquel proceso. Sobre su gestión gubernativa y sobre el violento desenlace de aquella experiencia se ha debatido prolíficamente; sus imágenes se han proyectado como símbolos de fuerte identidad para las fuerzas de izquierda desde entonces. Empero, en general, se ha prestado menos interés en comprender el largo curso de constitución de aquella experiencia.

Cuando ya sumamos más 40 años de neoliberalismo ininterrumpido, y decanta ante nosotros el efecto refundacional de dicho modelo, la sociedad chilena es otra. Aunque su nueva fisonomía emerge justamente a partir de la crisis del Estado de Compromiso, la hondura de los cambios estructurales de las últimas décadas es tal, que sobre su base se ha construido prácticamente un país nuevo. De ahí que tanto las contradicciones de las nuevas formas que adquiere el capitalismo, como las fuerzas e identidades sociales que se forman en su seno, no guarden una continuidad lineal con aquellas fuerzas históricas que protagonizaron el proceso de la Unidad Popular.

Pero resulta equívoco pensar que se pueda reconstruir una izquierda sin memoria de esta experiencia. Las nuevas fuerzas políticas que emergen en estos años, errarían si decidieran proyectarse ignorando el proceso de la UP. Como también equivocarían apelando a una continuidad mecánica y meramente identitaria con aquella historia. Aunque muchas de las políticas y banderas que articularon a la UP siguen vigentes, más interesa hoy observar las condiciones de un largo proceso de construcción y articulación de fuerza que las hicieron posibles. Y hacerlo precisamente para que sirvan de herramientas ante unas tareas políticas que, por las contradicciones específicas del neoliberalismo avanzado chileno, serán en gran medida distintas.

De ahí que es preciso pasar de una actitud de mera reivindicación de la dignidad y alcance del proceso de la UP, a un examen de su constitución como alianza social y política, como proceso de acumulación y articulación de fuerzas. Luego, su fundación en 1969 ha de asumirse no tanto como el acontecimiento que inicia su llegada al gobierno, sino como el resultado de un largo recorrido anterior. De aquel proceso hay al menos tres rasgos que son hoy relevantes para los desafíos contemporáneos de la izquierda.

Primero, la fundación de la Unidad Popular fue posible en gran medida por la construcción de un Programa común a las fuerzas que la integraron. Más allá de su contenido, aquel Programa dista en gran medida en su construcción y en su significación política de lo que hoy, comúnmente, se entiende por Programa. No se trató entonces sólo de medidas gubernativas parciales, de un conjunto de políticas públicas sectoriales diseñadas temáticamente para manejar temas diversos, como suele reducirse en la actualidad bajo una mirada puramente administrativa, que ha sido dominante en el ciclo neoliberal de la transición, en donde los términos de “unidad” se reducen a la distribución de esferas de poder.

El Programa de la UP, con sus luces y limitaciones, constituyó una estrategia de transformación. Amparado en una interpretación de la sociedad chilena, concibe una determinada alianza social, y un conjunto de acciones concatenadas en los planos político, económico y cultural. Ello remite a que la discusión en su constitución fue, entonces, de naturaleza estratégica. Sobre aquel debate se asienta la unidad alcanzada, incluidos también sus problemas. Es ese tipo de discusión, precisamente, el que hoy resulta tan necesario como esquivo en nuestra izquierda. No estamos exentos de reducir tal exigencia a horizontes de administración y distribuciones electorales. ¿Cuál es la estrategia general de las distintas izquierdas chilenas para superar una égida neoliberal que pronto cumplirá medio siglo? ¿Cuál es la alianza social que ha de protagonizarla?

Segundo, la formación de la Unidad Popular supuso forjar una capacidad para procesar diferencias tanto entre como dentro de los partidos. Debe recordarse que las tradiciones socialista y comunista -el eje de la UP- tenían una larga historia de desencuentros e incluso de enfrentamientos. Se trataba de tradiciones que, en su fundación y en su desarrollo en el siglo XX, sostienen disensos de nivel táctico y estratégico, diferentes principios inspiradores y tradiciones culturales e intelectuales. Gran parte del mérito de la UP -y de experiencias previas como el FRAP- fue procesar aquellas diferencias sin negarlas. La unidad no consistió en el ocultamiento de las diferencias. De ahí que las agudas polémicas anteriores y posteriores al surgimiento de la UP, aparecen como diferencias de proyectos y apreciación política, y no simplemente como la resultante de distintos intereses corporativos y personales en pugna. Las diferencias dieron lugar a un debate enriquecedor, cuyas formulaciones concitaron una auténtica atención internacional y, sobre todo, fue capaz de impulsar un gran desarrollo de la cultura política de las fuerzas populares.

Finalmente, la constitución de la UP supuso un proceso de construcción, acumulación y articulación de fuerzas tanto social como político. Ello no remite sólo a su pluralidad de clases y la unidad que logran sus partidos en las organizaciones sociales, sino al hecho que la UP impulsó un tipo de acción que supo estar presente, a la vez, en la sociedad y en el Estado. La izquierda de entonces entendía la acción social y la acción política como una totalidad compleja. Por cierto, pueden hacerse juicios críticos -se hicieron- sobre dicha relación y el protagonismo que el Estado o el movimiento popular tomaban en determinado momento. No obstante, la UP era depositaria de una cultura de izquierda con alta conciencia de los procesos que se anidaban en la sociedad. Intentó entonces no sólo sumarse a un cambio cultural en curso; trató de elaborarlo y protagonizarlo. Su ligazón orgánica con la creación cultural, su apertura a las nuevas formas de sociabilidad y acción popular que brotaron de la crisis de los años sesenta -con las polémicas que ello acarreó también para las diferentes izquierdas que la componían- nos exhortan hoy a preguntarnos por el tipo de cultura y acción social que brota de las contradicciones de un neoliberalismo maduro.

Una izquierda encerrada en sí misma, sea en la imagen de su pasado glorioso o de un presente sin historia, resultará incapaz de apropiarse del presente, desentrañar la especificidad de las actuales condiciones y formular, a partir del ello, un proyecto de transformación que le imprima unidad a sus fuerzas. Aquél recorrido para llegar a la fundación de la UP registra procesos que nos interpelan hoy a su apropiación sustantiva, bajo las condiciones de una profunda transformación capitalista que decanta en este panorama de un neoliberalismo avanzado.