La cultura chilena parecía correr hacia un fenómeno de hibridación, conformándose una cultura popular que se permitía, la libertad de dialogar con diversos estilos y definiciones de arte y cultura.

Miguel Ángel Vidaurre Ferrada

Director Escuela de Cine, Universidad Academia de Humanismo Cristiano

11/09/2019. En el año 2012, realizamos con nuestra productora FactoriaEspectra, un documental titulado: Marker72. La idea central era acercarse a la figura del documentalista francés Chris Marker en su ingreso a Chile junto al realizador Costa Gavras, quien filmaría el filme Estado de Sitio. No queríamos grabar muchas entrevistas y menos recrear la época, buscaríamos archivos de diversas fuentes que nos permitieran dar una mirada al contexto de país en ese momento.

No se trataba de un documental político de contenido explícito y mucho menos un aparato de resonancias nostálgicas (apenas tenía tres años en el momento del Golpe militar, mi nostalgia habría sido un sentimiento fraudulento) la idea de nuestro equipo era intentar por una parte rastrear las huellas del fantasmal Chris Marker en las calles de un Santiago en plena ebullición popular. También queríamos aprovechar de reactivar los archivos de la época intentando visualizarla sin el fantasma del golpe sobre nuestros ojos.

En la medida que revisábamos material comenzábamos a vislumbrar una vida cultural que escapaba a nuestras expectativas. No solo constatamos aquello que ya se sabía, la gran explosión de arte popular, sino que nos ofrecía un panorama distinto al que reconocíamos, pues nos encontrábamos con un Santiago donde no solo bullía la actividad política, sino también un inmenso y cosmopolita contingente de extranjeros que deambulaban por la ciudad atraídos por esta extraña e hibrida construcción política en que se había convertido nuestro país.

En las entrevistas que realizamos a los realizadores Patricio Guzmán, Carlos Flores o José Román, se hacía patente ese entusiasmo artístico cultural que emanaba desde las diversas perspectivas culturales que se entrelazaban. Con distancia, y rodeando la oscuridad del golpe militar que tiñe de oscuridad el periodo de Allende, se presiente un fenómeno de enorme potencial pop, más que una tendencia a una especie de homogenización estatal del arte, al estilo del realismo socialista.

La cultura chilena parecía correr hacia un fenómeno de hibridación, conformándose una cultura popular que permitía o que se permitía, la libertad de dialogar con diversos estilos y definiciones de arte y cultura.

Una editorial estatal, Quimantú, era capaz de publicar desde manuales de educación política, clásicos de la literatura rusa, a la vez que antologías de literatura de horror y ciencia ficción. Lovecraft, y Asimov se codeaban con Chejov y los textos de Marta Harnecker. Hasta cien mil ejemplares llegaron a producirse para un solo título de esta serie, como las Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Obreros y demás trabajadores conocieron a Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe, FedorDostoyevsky, Emilio Salgari. Libros de bolsillo que permitían construir una biblioteca popular y culta, quebrando el elitismo de la alta cultura de la época y constituyendo una dinámica que ofrecía la posibilidad de desplazarse con soltura entre la cultura popular y la cultura académica, creando híbridos y mutaciones.

El tren de la cultura es otro proyecto que lograba descentralizar la cultura, desplazando literalmente a un cargamento de artistas a lo largo del país. Con claras reminiscencias del tren del cine de Aleksandr Medvedkin, que recorría la unión soviética estimulando la creación de un cine por obreros que tanto enfurecían a Stalin. La ventaja ideológica del tren de la cultura parece emanar de una cierta liviandad cultural, mediante una estrategia de cultura pop y política se lograba converger con el gusto popular, en lugar de intentar transformarlo se buscaba, al parecer su hibridación con otras maneras y lenguajes.

La integración de pintores como Guillermo Núñez y el escritor Waldo Atías actores como Pedro Villagra, María Eugenia Cavieres, Sergio Buschman, los cantantes Nano Acevedo, Los Amerindios, Julio Numhauser y Mario Salazar, los guitarristas Eulogio Dávalos y Miguel Angel Cherubito, el mimo Noisvander, los cómicos Guillermo Bruce y Sergio Feito y los bailarines del Ballet Popular Chileno. Ofrecían una fascinante combinación de disciplinas artísticas y noción de la entretención. Al parecer el proyecto artístico cultural de la Unidad Popular no poseía ese pesado lastre de moralización que cargaban otros países del ámbito socialista.

Cuando desarrollamos nuestro segundo proyecto documental llamado Gringo Rojo en el 2016, regresamos a revisar las imágenes de la época desde otra perspectiva, ahora seguíamos a un cantante pop norteamericano, Dean Reed; que había devenido de estrella adolescente en los 60 a cantante de protesta en los 70. Su apoyo al triunfo de Allende y sus conciertos populares en Unctad III confirmaba en nosotros ese proceso creciente de hibridación cultural. En aquel edificio diseñado por los arquitectos Sergio González Espinoza, José Covacevic, Hugo Gaggero, Juan Echenique y José Medina, se trabajó en tiempo récord una obra arquitectónica de gran modernidad que a su vez combinaba un estilo de tono gremial, al estilo de las viejas catedrales góticas, trabajaron de manera coordinada y conjunta arquitectos, ingenieros, artistas y obreros.

Que mejor forma de representar esta unidad en el proceso artístico de la Unidad Popular que esta placa tallada por el escultor Samuel Román, en una plancha de piedra:

 “Este edificio refleja el espíritu de trabajo, la capacidad creadora y el esfuerzo del pueblo de Chile, representado por: sus obreros, sus técnicos, sus artistas, sus profesionales. Fue construido en 275 días y terminado el 3 de abril de 1972 durante el Gobierno Popular del compañero presidente de la República Salvador Allende G.”.