Resulta difícil imaginar el triunfo de la UP sin la impronta de la Nueva Canción Chilena; el lenguaje gráfico de los hermanos Larrea; la BRP, el ballet popular y el Teatro Experimental.

Claudio De NegriPeriodista. 10/09/2019. Continúan surgiendo diversas convocatorias para conmemorar la victoria de la Unidad Popular que, un año después de su creación, en 1970 llevó a Salvador Allende hasta La Moneda.

Sería insuficiente remitir el alcance de este hecho sólo a una victoria electoral; equivaldría a desconocer el profundo despertar de la conciencia y movilización popular que se venía desarrollando desde mucho antes, y que ese 4 de septiembre se expresó electoralmente.

Fue un acto de rebeldía popular contra quienes hasta hoy procuran aferrarse a lo escrito hace más de 2.400 años por Aristóteles (“La Política”), cuando señalaba que en la sociedad unos nacen predeterminados a mandar, y otros para ser mandados. Esa plutocracia, ya desde antes de que Salvador Allende asumiera la Presidencia le declaró una guerra sin cuartel, hasta llegar al golpe de Estado. Su plan de desestabilización incluyó atentados explosivos, sabotaje, paros patronales, acaparamiento de productos básicos para provocar el desabastecimiento y mercado negro, pero no logró doblegar la voluntad popular. Salvador Allende llegó a la Presidencia en 1970 con el 36,3% de los votos, y en marzo de 1973 la Unidad Popular logró el 43,3% en las elecciones parlamentarias.

No podían tolerarlo. Ya antes Sergio Onofre Jarpa, uno de los principales referentes de la derecha, había sentenciado que si la UP alcanzaba más del 30% de los votos, “la guerra civil sería inevitable”. Y no hubo guerra, pero bombardearon La Moneda e iniciaron la brutal represión.

El cuadro descrito, lejos de la mera nostalgia, nos abre el espacio a preguntarnos qué tuvo ese proceso para enraizarse tan profundamente en el pueblo, que pese a su violenta interrupción por la dictadura, continúa presente hasta nuestros días.

La cultura y el arte, notable

Entre los factores que incidieron, hay uno particularmente notable: la sintonía de la lucha política con la subjetividad popular, expresada a través cultura y el arte. Un gran desafío para los días actuales, confrontados a un sistema dominante que promueve la despolitización, la abstención electoral o la resignación a la creencia de que la lucha por grandes causas “es ya cosa del pasado”, propia de la abortada utopía de “los upelientos” de ayer, hoy despectivamente tildados de “patipelados”.

Para la izquierda, el desafío de empatizar el discurso político con la vida cotidiana del pueblo, desde sus inicios ha estado íntimamente entrelazado con la cultura. No por casualidad a comienzos del siglo pasado Luis Emilio Recabarren, fundador del movimiento obrero y del Partido Comunista, creaba grupos de teatro y periódicos dirigidos por los propios trabajadores. Fue exponente avanzado de la visión de que, contrariamente a la visión colonizadora que proclama “llevar la cultura al pueblo”, asume que “el pueblo es la cultura”, y busca construir desde allí la concepción de un mundo diferente.

Resulta difícil imaginar el triunfo de la Unidad Popular sin la impronta de la Nueva Canción Chilena; el nuevo lenguaje gráfico de los carteles, carátulas y portadas de los hermanos Larrea; el muralismo de las Brigadas Ramona Parra; el desarrollo del ballet popular y el legado del Teatro Experimental impulsado por la red de universidades en todo el país; o la influencia del Teatro Independiente y del ICTUS en la representación de la realidad popular y la protesta social; o lo ocurrido en el mundo literario.

“No hay revolución sin canciones”, decía Salvador Allende. El Programa de Gobierno de la UP proclamaba “Una nueva cultura para la sociedad”, orientada a “considerar al trabajo humano como el más alto valor, a expresar la voluntad de afirmación e independencia nacional y a conformar una visión crítica de la sociedad”. La cultura y el arte popular no eran considerados sólo entretención, sino vehículo de reflexión y cambio social, de visibilización del mundo popular, sus valores y sentimientos.

Grupos musicales, de teatro y danza, talleres literarios y de pintura surgieron por doquier. Se creó la Discoteca del Canto Popular (Sello DICAP), el Gobierno adquirió la Editorial Zig Zag y la transformó en Quimantú, que imprimía masivas ediciones de los más diversos autores a bajo costo. Decenas de miles de trabajadores tenían a su alcance obras literarias y discográficas mediante convenios a través de sus sindicatos.

“La cultura nueva no se creará por decreto; ella surgirá de la lucha por la fraternidad y contra el individualismo; por la valoración del trabajo humano y contra su desprecio; por los valores nacionales contra la colonización cultural; por el acceso de las masas populares al arte, la literatura y los medios de comunicación contra su comercialización”, señalaba el Programa de Gobierno.

Lo que el pueblo siente

Más allá de los cambios transcurridos desde entonces, hay aspectos de esa experiencia que presentan renovada vigencia en los días actuales. Uno de ellos es que la cultura popular, plasmada en creación artística, cumple la función de expresar fielmente lo que el pueblo siente tal y cual es; la pena y la alegría, el miedo, la frustración, los sueños y la esperanza.

La creación artística se caracteriza precisamente por su sensibilidad para captar y representar esos sentimientos. Allí radica la subjetividad popular que el discurso y la elaboración política necesitan racionalizar para plantear respuestas que se conecten y sean asumidas por la sociedad en su conjunto.

Mientras el actual modelo asigna al arte la función analgésica y decorativa de una “industria” más del mercado, utilizada sólo para entretener y atraer audiencias o realzar el rango de personeros y eventos oficiales; para la izquierda y el mundo popular esta es portadora de una identidad cultural propia, indispensable para sintonizar su lenguaje con quienes protagonizarán los cambios.

Un proceso político y social, para hacerse realidad, pasa también por un cambio cultural. Sin imagen ni texto, sin colores ni banda sonora, la lucha política se podría comparar con una ciudad deshabitada.