La mayoría de las sociedades avanzan, progresan, evolucionan. En Estados Unidos, con Trump al mando, parece ocurrir lo contrario. Estamos en una caída libre hacia el salvajismo y la crueldad.

Eva Golinger

Abogada y Escritora

28/08/2019. “¡Regrésala! ¡Regrésala!”. Así gritaron con furia durante un evento de campaña del presidente Donald Trump a mediados de julio en el estado Virginia. Era una multitud de sus seguidores, la mayoría de piel blanca. Sus gritos feroces de “regrésala” eran dirigidos en relación a la congresista demócrata Ilhan Omar, de la ciudad de Minneapolis, en el estado Minnesota. Horas antes, Trump había tuiteado acerca de ella y sus colegas congresistas, Alexandria Ocasio-Cortéz (demócrata de Nueva York), Rashida Talib (demócrata de Detroit, Michigan) y Ayanna Pressley (demócrata de Massachusetts), escribiendo: “Originalmente vienen de países cuyos gobiernos son totalmente catastróficos, los peores, más corruptos e ineptos que cualquier parte del mundo (si tienen un gobierno funcional)”.

Trump les reclamó por intentar “decirle a la gente de los Estados Unidos, la mejor y más poderosa nación del mundo, cómo nuestro gobierno debería funcionar”. Y les conminó, en su tuit, a que “regresen a ayudar a reparar los lugares destruidos e infestados de crimen de donde vinieron”.

El comentario fue condenando ampliamente por muchos sectores. Alexandria Ocasio-Cortéz nació en Nueva York; Rashida Talib, en Michigan; y Ayanna Pressley es oriunda de Massachusetts. Ilhan Omar nació en Somalia, entró como refugiada a Estados Unidos a los 12 años y luego obtuvo su ciudadanía por la vía legal. Ha vivido la mayoría de su vida en Estados Unidos. Todas son estadounidenses. Todas fueron electas al Congreso de Estados Unidos por amplias mayorías en sus regiones. Todas son mujeres no blancas. Y todas son blanco de Trump.

La frase “regrésate de donde viniste” ha sido utilizada durante la historia en Estados Unidos por racistas, principalmente dirigida a los afroestadounidenses, los latinos y los asiáticos. Pero también fue usada contra los italianos, los irlandeses y cualquier otra minoría étnica desde la fundación de esta nación, que es una mezcla de inmigrantes de todas partes del mundo. Es una frase y una idea completamente racista, xenófoba y cruel. Y más aún cuando se utiliza contra personas nacidas en Estados Unidos que no son blancas o que hablan otros idiomas. El ataque de Trump en Twitter contra las congresistas insinuaba que, como ellas son personas de color, no pueden representar a los Estados Unidos.

La historia racista de Trump no comenzó con su presidencia. Durante toda su campaña electoral, Trump empleó un lenguaje racista y xenófobo llamando a los mexicanos “criminales y violadores”, prometiendo una prohibición a los musulmanes de ingresar a Estados Unidos, y cuestionando la capacidad de jueces por su origen étnico.

Desde el 2011, Trump promovía una grave mentira sobre el presidente Barack Obama. Puso en duda su lugar de nacimiento y hasta llegó a decir que no había nacido en Estados Unidos sino en África. Trump dio una plataforma masiva a esa mentira racista, conocida como el ‘birtherism’. Instó a Obama a producir su partida de nacimiento ‘verdadera’ e intentó deslegitimarlo como mandatario, llamándolo el “peor presidente de la historia”. Hasta sugirió que Obama no era suficiente inteligente para asistir a las universidades de Harvard y Columbia e insinuó que había mentido sobre su educación. Demandó a Obama publicar las transcripciones (notas) de la universidad. “Oí que Obama era un estudiante terrible. Terrible. ¿Cómo un estudiante terrible puede ir a Columbia y Harvard?”, dijo Trump. No era coincidencia que Obama fue el primer presidente afroestadounidense de este país y fue blanco constante de los ataques de Trump.

Cuando habla de los afroamericanos y gente no blanca, el lenguaje de Trump se llena de palabras como ‘asqueroso’, ‘inepto’, ‘criminal’, ‘infestado’, ‘grosero’ y ‘terrible’. Como presidente, Trump llamó a Estados africanos, y a naciones como Haití y El Salvador, “países de mierda”.

Hace días Trump explotó otra vez en Twitter sobre la ciudad de Baltimore y el congresista Elija Cummings, quien encabeza el comité encargado de revisar la actuación de su Gobierno y asegurar que cumple con las leyes. De nuevo, Trump utilizó palabras y frases como ‘infestado’, ‘sucio’, ‘asqueroso’, ‘lleno de ratas’ y ‘destruido’ para referirse a una ciudad con una gran población afroestadounidense. Acusó al congresista Cummings de ser un ‘inepto’. Dijo que “ningún ser humano viviría en Baltimore”, aunque la ciudad tiene una población de más de 600.000 personas. Para Trump, ellos no son seres humanos porque la mayoría son afroestadounidenses (más del 62 %).

Trump ha llamado al periodista Don Lemon, de CNN, “el hombre más estúpido del mundo”. Lemon es afroestadounidense. Durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, en febrero 2017, Trump pidió a una periodista afroestadounidense coordinar una reunión entre él y los congresistas afroestadounidenses en el Congreso, aunque ella no tenía nada que ver con el Congreso. A otra reportera afroestadounidense, Trump la respondió una vez que su pregunta era ‘asquerosa’ y que ella era ‘grosera’.

Sin embargo, Trump ha insistido públicamente que es “la persona menos racista del mundo”, una frase que solo diría una persona racista. Trump refirió a un grupo de neonazis y supremacistas blancos que mataron a una joven mujer que protestaba en su contra en Charlottesville, Virginia, en agosto 2017, como “gente buena” y dijo que la culpa era de “ambos lados”, sugiriendo que los supremacistas blancos eran moralmente equivalentes a los que protestaban contra su racismo.

Trump también ha hecho múltiples comentarios ofensivos y racistas contra una Senadora demócrata del estado Massachusetts, Elizabeth Warren, quien tiene orígenes indígenas en Estados Unidos. La ha llamado ‘Pocahontas’, nombre de una famosa indígena norteamericana, para burlarse de ella. Ha escrito en su Twitter que la verá “en el Camino de las Lágrimas”, haciendo referencia a una brutal masacre genocida de indígenas a manos de los colonizadores en el siglo XIX, donde murieron miles de personas.

El 1973, el Departamento de Justicia de Estados Unidos demandó la empresa de Trump y su padre, Trump Management Corporation, por violar la ley en contra de la discriminación en la vivienda. El gobierno había encontrado evidencias de que Trump se había negado a alquilar sus apartamentos a afroestadounidenses durante años.

Y hay muchos, muchos más ejemplos del racismo de Donald Trump. Pare usted de contar.

Desde el inicio de su gestión presidencial, los delitos de odio se han incrementado en al menos 30 ciudades en Estados Unidos. El 2018 fue el peor año de la historia para los asesinatos antisemitas en Estados Unidos, incluyendo masacres en sinagogas y ataques contra comunidades judías por toda la nación.

Según una investigación de la Liga Anti-Difamación (ADL), los delitos de odio se incrementaron en 226 % en los condados que fueron anfitriones de un evento de campaña de Trump en 2016. El ‘efecto Trump’ y su discurso de odio ha fomentado la violencia y extremismo de la ultraderecha hasta un nivel sumamente alarmante. El propio director del FBI nombrado por Trump, Christopher Wray, reveló en un testimonio ante el Congreso en julio que la mayoría de la violencia extremista en Estados Unidos actualmente proviene de grupos e individuos identificados con los supremacistas blancos.

Esta semana, un grupo de líderes religiosos de la prestigiosa Catedral Nacional de Washington, una de las instituciones religiosas más importantes y distinguidas de la nación, salió públicamente para denunciar el discurso de odio de Trump. “Que no se equivoquen, las palabras importan. Y, las palabras del señor Trump son peligrosas”, escribieron. “Cuando palabras tan violentas y deshumanizares provienen del Presidente de los Estados Unidos, son un llamado a la acción y dan protección a los supremacistas blancos que consideran a las personas de color ‘una infestación’ subhumana en América. Sirven como un llamado a la acción para esa gente a sacudir a América de esa infestación. Las palabras violentas terminan en acciones violentas”.

En su declaración preguntaron: ¿cuándo el silencio se convierte en complicidad? ¿Qué hace falta para que todos digamos, con una sola voz, ‘ya basta’?

Trump escupe sus palabras de odio sin consecuencia para él, y sin importar las consecuencias para los demás. Lo hace por crueldad. Para insultar. Para hacer daño a sus críticos y a la gente más vulnerable que él. Así es un ‘bully’. Un cobarde. Y él es presidente de los Estados Unidos de América; el país más poderoso del mundo. Quienes pagan las consecuencias de sus palabras y acciones somos nosotros y nuestros niños, que ven a un jefe de Estado insultando y ofendiendo a sus ciudadanos, burlándose sin pena.

La mayoría de las sociedades avanzan, progresan, evolucionan. En Estados Unidos, con Trump al mando, parece ocurrir lo contrario. Estamos en una caída libre hacia el salvajismo y la crueldad.