Los científicos han aclarado que no son imposibles los incendios en zonas árticas en verano, pero sí es inusual la latitud tan septentrional, la intensidad y la duración.

Deny Extremera San Martín. Periodista. Cubadebate. 23/08/2019. “Ok es el primer glaciar islandés en perder su estatus de glaciar. En los próximos 200 años se espera que todos nuestros glaciares sigan el mismo camino. Con este monumento admitimos que sabemos lo que está pasando y lo que se necesita hacer. Solo tú sabrás si lo hicimos”. Agosto de 2019. 415 ppm CO2.

Es el texto de la placa que colocaron días atrás los islandeses en el lugar que antes ocupaba el glaciar Okjökull u Ok, declarado como desaparecido definitivamente, o muerto, por los efectos del cambio climático y la elevación de las temperaturas en esa latitud. La cifra del final representa la concentración récord de CO2 mundial en la atmósfera, alcanzada en mayo pasado.

Del hielo que desaparece, la historia de este verano pasa al verde devorado por el fuego, y enseguida viene a la mente la tragedia mayor por estos días: las columnas de humo en la Amazonía, las noticias desalentadoras y la dura realidad de que están muriendo miles de plantas y animales, de que se están perdiendo biodiversidad y oportunidades, de que nuevamente, por una combinación de malas políticas y escaso control, de negligencia y egoísmo cortoplacista, se pierde bosque que tardará décadas en recuperarse sin que sea seguro que, aun así, vuelva a ser el mismo.

Este verano de récords -parte de un año y un quinquenio de marcas climatológicas negativas- las altas temperaturas llegaron a Groenlandia, Alaska, Siberia y Canadá, con alzas más agudas proporcionalmente que en otras zonas del planeta.

En Summit Camp, el punto más alto de Groenlandia, donde los registros habituales no pasan de 0ºC, se superaron los 30ºC, por encima del récord de 2012 tanto en valor como en la duración de esa inusual temperatura.

Según los centros daneses dedicados a medir parámetros polares, de hielo y nieve, la capa de hielo de Groenlandia perdió entre el 1 de junio e inicios de agosto 240 000 millones de toneladas de hielo (frente a 290 000 millones en todo 2012), con el consecuente vertimiento de grandes volúmenes de agua dulce y fría que puede afectar las corrientes oceánicas y causa un aumento que puede parecer ínfimo (1 mm) en el nivel global del mar, pero que año tras año podría ir siendo, cada vez, más significativo.

“No es ciencia ficción. Es la realidad del cambio climático. Está pasando y se agravará en el futuro si no adoptamos medidas urgentes para combatirlo”. (Petteri Taalas, secretario general de la Organización Meteorológica Mundial, OMM)

A la vez, el deshielo en el círculo polar ártico ha repetido los niveles de 2012, el año con mayores registros históricos desde 1979, cuando comenzaron las mediciones. A fines de julio, se reportaban más de 100 incendios forestales en Canadá y Alaska, donde las temperaturas superaron los 30ºC en Anchorage y otras localidades.

Y se unieron en varios puntos de esas altas latitudes el hielo, el fuego y el humo, aun cuando hubiera poco del primero. Los incendios forestales que golpearon a Siberia hasta finales de julio, en más de 700 focos activos, alcanzaron una superficie de más de 33 000 km², según datos oficiales rusos.

Los científicos han aclarado que no son imposibles los incendios en zonas árticas en verano, pero sí es inusual la latitud tan septentrional, la intensidad y la duración.

Más allá de la cadena de récords de temperatura en julio, los siguientes son algunos hechos constatados y reiterados en meses recientes:

Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el de 2019 fue el junio más caluroso hasta ahora, y también lo fue julio; 2019 será uno de los cinco años más calientes de la historia, y 2015-2019 el quinquenio más cálido. (Y ya 13 de los 14 años más cálidos corresponden al siglo XXI, incluidos 2015, 2016, 2017 y 2018).

La concentración de CO2 en la atmósfera es actualmente la más alta de los últimos tres millones de años y alcanzó un récord histórico en mayo de este año: exactamente 415.39 partes por millón (ppm), según un registro realizado el día 12 por el observatorio Mauna Loa, de Hawái, referente mundial en ese tema. Antes de la Revolución Industrial, la concentración era de 250 ppm.

La temperatura media de la superficie de la Tierra aumentó cerca de 1ºC en los últimos 100 años. Entre 1901 y 2010, el nivel del mar creció unos 19 centímetros globalmente, en un proceso que se aceleró en décadas recientes. Desde 1979 el hielo marino ártico ha perdido 1.07 millones de km² cada decenio.

El calentamiento global antropogénico y los cambios que genera en el clima son hoy una realidad que muy pocos niegan. El último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, inglés) advirtió en octubre de 2018 que, al ritmo actual de emisiones de CO2, la humanidad va camino de un aumento de 3ºC en la temperatura global respecto a los niveles preindustriales, pese a que, como persigue el Tratado de París, solo con un aumento de 1.5ºC se evitará llegar a un punto en que las condiciones meteorológicas extremas superen cualquier posibilidad de control o mitigación y hagan compleja la habitabilidad en la Tierra.

Por encima del incremento de 1.5ºC y hacia ese oscuro punto de no retorno, los científicos hablan de condiciones de clima extremo, crecientes niveles del mar, cambios en los modos de producción de alimentos y en patrones de enfermedades, desaparición de especies…

Un escenario del que aún hoy -pese a los filmes catastrofistas, las advertencias de ecologistas y el hecho de que haya humanos que hace mucho han vivido en circunstancias equivalentes- no nos hacemos una idea cabal, y que podría traer muchos veranos -aunque con peores noticias- como el de 2019.

Los eventos de clima extremo que hace años se viven en el planeta ocurren con tan solo una diferencia de 1ºC respecto a los niveles preindustriales. El IPCC ha advertido que para limitar el calentamiento global a una diferencia de 1.5ºC será necesario que en 2030 las emisiones de CO2 caigan al 45 % de lo que eran en 2010 y sigan cayendo hasta aproximarse a cero en 2050.

Falta una escasa década para 2030. Pasado ese plazo, si se mantiene el actual ritmo de emisiones de CO2, o incluso aumenta -porque hasta hoy las señales no son promisorias-, un alza de 3ºC o más crearía un escenario que muchos pueden hoy imaginar, recrear, teorizar… pero que es casi imposible prever. Porque sin dudas el planeta y nuestra vida, como la conocemos hoy, cambiarán en una u otra medida. La cuestión es cómo cambiaremos nosotros.

Se quema el futuro

Este verano, una investigación de la universidad ETH Zürich, de Suiza, ha propuesto un plan masivo de plantación de árboles como medida de largo plazo para contrarrestar el calentamiento global y el cambio climático que este impulsa.

Según el estudio, hay 1 700 millones de hectáreas (11 % de la superficie global) donde es posible -sin comprometer tierras agrícolas ni de uso urbano- sembrar la cantidad necesaria (1.2 billones de árboles nativos de cada lugar) en un plan que tomaría entre 50 y 100 años (incluidos la siembra y el crecimiento hasta la capacidad total de absorción de CO2 durante décadas) para retirar de la atmósfera unos 200 000 millones de toneladas de dióxido de carbono.

La concentración forestal sería mayor en zonas tropicales, en algunas cercanas al 100 %, pero, en promedio, cerca de la mitad del área global sería verde. Se incluirían, aunque con una muy baja densidad, zonas de pasto para ganado. La mitad de la superficie a repoblar con mayor potencial está en los seis mayores países del orbe: Rusia, Canadá, China, los Estados Unidos, Brasil y Australia. Actualmente, según los investigadores de ETH Zürich, hay tres billones de árboles en el planeta (aproximadamente la mitad de los que existían anteriormente al desarrollo de la civilización humana).

A nivel mundial resaltan planes como el de Australia, que se propone plantar mil millones de árboles para 2030; el de recuperar y reforestar 100 millones de hectáreas de tierra degradada para detener el avance del Sahara; el programa Bonn Challenge, apoyado por la ONU, para reforestar 350 millones de hectáreas en todo el mundo hacia 2030, o el programa chino de la Gran Muralla Verde, por el que se han sembrado miles de millones de árboles desde los años setenta. Pero se necesita mucho más.

Desde la Revolución Industrial, la civilización ha lanzado a la atmósfera 300 000 millones de toneladas de CO2, mayormente por la quema de combustibles fósiles. Actualmente, las emisiones anuales alcanzan 10 000 millones de toneladas. Según datos de la ONU, los bosques absorben hoy unos 2 000 millones de toneladas de CO2 cada año.

Según los cálculos del equipo científico, los programas de plantación más efectivos reportan un costo de 30 centavos de dólar por árbol. Si se escalan esas cifras, el costo del proyecto total -siempre que se desarrolle con una muy alta eficiencia- alcanzaría los 300 000 millones de dólares y podría ser cubierto en alguna medida, incluso, con donaciones de privados.

Con la ola de incendios de este verano, incluidas las más de dos semanas de fuego en la Amazonía, aumentan el reto y el desastre. Bosques maduros y vírgenes que absorbían y retenían dióxido de carbono se queman -y no solo perecen árboles, sino miles y miles de animales de una cifra indeterminada de especies- y se convierten en fuentes emisoras netas de CO2.

Hay menos árboles ahora para absorber y almacenar los gases de efecto invernadero, y más CO2 que quedará en la atmósfera. Restituir la cubierta forestal dañada -bajo la feliz suposición de que haya políticas coherentes, decididas y efectivas- tomará muchos años, como también permanecerá por años el CO2 que ha emitido al calcinarse, y que pasa a engrosar los grandes volúmenes del gas que perviven mucho tiempo después de ser generados y se acumulan en cada vez mayores concentraciones en la atmósfera terrestre.

Los árboles que se están perdiendo por estos días en incendios en la Amazonía y en otros puntos del mundo se suman a una triste y absurda estadística: la deforestación cuesta al planeta -y a nuestro presente y nuestro futuro, que será el presente de nuestros hijos- 15 000 millones de árboles cada año.

Es una pérdida -15 000 millones de árboles anuales- que año tras año reduce nuestras oportunidades para alcanzar la meta de 2030 en la que insiste el IPCC, y destruye ecosistemas y hábitats de especies animales y vegetales que, en muchos casos, son condenadas a la extinción.

Habrá que seguir repitiendo y citando la muy citada y parafraseada carta del jefe Seattle, de la tribu Suquamish, al presidente de EE.UU.: “El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo”. Y luego: “¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció. ¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció. La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia”.

La naturaleza, las especies vegetales y animales, frecuentemente vistas como “los otros”, no pueden seguir siendo el “daño colateral” de eso que algunos llaman “desarrollo” sin tener en cuenta la palabra “sostenible”. Dinero sin futuro.

Post Trump y Post Bolsonaro: Ciudadanía responsable

Tom Crowder, el líder del estudio sobre repoblación forestal realizado en ETH Zürich, quien señaló que las proyecciones indican que la propuesta de plantación masiva de árboles nativos es la más promisoria medida para revertir el cambio climático, declaró algo interesante:

“Plantar árboles es una solución al calentamiento que no requiere que el presidente Trump comience a creer en el cambio climático, o que los científicos hallen soluciones tecnológicas para retirar el CO2 de la atmósfera. Está disponible ahora mismo, es la salida más barata posible y cada uno de nosotros puede involucrarse” (plantando árboles, donando a organizaciones que se dediquen a la repoblación forestal o evitando o boicoteando a compañías ambientalmente irresponsables).

Es, en resumen, una solución relativamente económica, de escala global, participativa e inclusiva y -al no depender necesariamente de agendas y decisiones políticas- sostenible. Una indicación de que hay muchos caminos y no es una sola la solución.

El ecológico es el principal problema que afronta hoy la humanidad, y, a la vez, los reúne a todos. Ha pasado el tiempo de las políticas ecológicas y llegado el de una ecología de la política, en el que esta cuestión debe estar efectivamente en la base de toda agenda partidaria y de gobierno, y muy clara y firmemente en la de un sistema multilateral que -por encima de desconfianzas, nacionalismos, proteccionismos y astigmatismos imperiales- canalice recursos, fije cursos de acción y establezca la cooperación auténtica para afrontar la situación planetaria.

Para ello es imprescindible una ciudadanía responsable, informada y activa que participe y muestre el camino con su voto y su acción, ya sea sembrando árboles o no usando plásticos de un uso, no votando por quienes consideren el cambio climático una “conspiración de la izquierda” o un invento para frenar el “desarrollo”, siguiendo a Greta Thunberg y al movimiento #FridaysForFuture o sumándose a campañas por la Amazonía en las redes sociales.

Sembrar árboles requerirá, además de dinero, coordinación, liderazgos, asesorías locales -hay modos, y especies nativas para plantar en cada lugar- y programas de fomento. Es, sin embargo, una iniciativa, un proyecto global, que podría hacer la diferencia involucrando a miles de personas -a través o independientemente de gobiernos- en todo el mundo.

Pero lo fundamental sigue siendo detener la deforestación, no perder lo que tenemos y dilapidamos con negligencia casi criminal -miles de millones de hectáreas de bosques anuales-, como sucede ahora mismo en la Amazonía y en otros puntos del planeta, y reducir drásticamente las emisiones de CO2, de modo que se detenga el círculo vicioso de la concentración de ese gas en la atmósfera.

Detener la deforestación y reducir drásticamente las emisiones no hará que desaparezca el CO2 en la atmósfera. Hay ahí 300 000 millones de toneladas acumuladas por más de un siglo, que permanecerán por mucho tiempo más y seguirán calentando excesivamente el planeta. Parar la deforestación y a la vez reforestar y reducir las emisiones de CO2 no eliminará de tajo esos gases ni el calentamiento ya existente; pero podría evitar que la situación llegue a un punto de no retorno.

Arde la Amazonía. Ya desde junio, ambientalistas señalaban que la deforestación (769 km²) se aceleró 60 % en comparación con junio de 2018 (488 km²) y señalaban como causa las políticas del presidente Jair Bolsonaro, que ha llegado a calificar los incendios como una “guerra” que le hacen los “oenegeros”. Bolsonaro es uno de los que hablan de “alarmismo climático” y, como su canciller, Ernesto Araújo, de “climatismo”, una especie de dogma que serviría para justificar la regulación estatal sobre la economía y el poder de las instituciones internacionales sobre los estados.

Si alguien quiere visualizar el grado de destrucción de bosques reportado en junio pasado en la Amazonía, solo piense que lo perdido en ese mes equivale a que cada minuto de cada uno de los 30 días desapareció un área superior a un campo y medio de fútbol.

Bolsonaro promueve el desarrollo cortoplacista con una visión que obvia los valores naturales de ese bosque, su importancia como regulador climático y refugio de biodiversidad, hábitat de miles de especies animales y vegetales e inmenso reservorio de agua dulce, generador del 20 % del oxígeno mundial y gran almacenador de CO2.

Solo nos queda confiar en que decisores políticos y económicos dejen de jugar a las guerras (militares, comerciales, étnicas, frías y calientes) y cambien la lógica de conflicto y depredación por la de colaboración; vean ante sí, en grandes trazos verdes ribeteados de rojo, el número 2030 y, por encima de cortoplacismos y nacionalismos estrechos o expansionistas, se logre un consenso mundial que abra paso a una acción colectiva coordinada por un ente global que existe hace casi ocho décadas y fue creado bajo los principios de la concertación y la paz.

En 1992, se celebró precisamente en Brasil la Cumbre de la Tierra, en la que ya se hablaba de la necesidad de enfrentar el cambio climático. Antes, en 1990, el primer informe del IPCC indicaba que “las emisiones producidas por las actividades humanas aumentan sustancialmente las concentraciones de gases que producen efecto de invernadero (…), lo que producirá un calentamiento adicional de la superficie de la Tierra”.

Tres décadas después, el fuego consume bosques de la Amazonía, espoleado por la política de un presidente que no cree en el cambio climático y da carta abierta a quienes deforestan y explotan inmoralmente la región. Su ministro de Medio Ambiente habla de “tiempo seco y vientos” que expanden las llamas, pero un experto del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales dijo que “no hay nada raro en el clima este año” (aunque los incendios aumentaron 83 % en comparación con 2018), “la estación seca crea condiciones favorables para el fuego, pero su inicio es obra de los humanos”.

Corresponde a los brasileños, si quieren a la Amazonía, votar por un presidente que también la quiera y contribuya a que sea cuidada para ellos y para el resto de los humanos. El bosque dañado podrá sanar y recuperarse -o no-, y quizá no sea el mismo. ¿Recordaremos dentro de unos meses ese hoyo negro que va quedando en la Amazonía y haremos algo por impedir nuevos crímenes ambientales, crímenes que son contra la humanidad y el resto de las especies y la Tierra porque quitan vida y comprometen el futuro?

“Sabemos lo que está pasando y lo que se necesita hacer”, podría leerse también en una placa en medio de troncos y suelo calcinados en la Amazonía. En 2016, la Corte Penal Internacional abrió la puerta para incluir los delitos contra el medio ambiente entre los de su competencia.

Hoy es más importante que nunca mantener y fortalecer el multilateralismo -no por gusto quieren desmontarlo todos los que niegan el cambio climático-, lograr instrumentos vinculantes, plazos más claros y ajustados y, dada la urgencia, el patrimonio natural perdido y la cercanía de 2030 (plazo del IPCC), un órgano, sea la CPI u otro dedicado especialmente, que juzgue con rigor los crímenes contra la naturaleza.

Si no hay compromiso ni acuerdo ni voluntad de los gobiernos, si la ONU no acaba de hacer el milagro de reunir y liderar -luego de este verano, la Cumbre sobre la Acción Climática, el 23 de septiembre en Nueva York, tiene aún más importancia para acelerar la implementación del Acuerdo de París- voluntades y gobiernos, siempre quedará la acción ciudadana individual y colectiva, necesariamente responsable.

FridaysForFuture ha convocado este viernes a manifestaciones ante embajadas y consulados de Brasil en todo el mundo para denunciar los incendios en la Amazonía. Desde el velero en que cruza el Atlántico hacia Norteamérica, donde participará en la Cumbre sobre la Acción Climática, su líder, la sueca Greta Thunberg, de 16 años, ha tuiteado que “nuestra guerra contra la naturaleza tiene que terminar”.

Sembrar árboles -con conocimiento y asesoría-, porque no bastan los que hay, porque el cambio climático arrecia y 2030 está cerca, porque habrá que sustituir -aunque no sea en la Amazonía- todos los árboles perdidos en el incendio, porque por cada crimen contra la naturaleza habrá que hacer miles de gestos y acciones por la vida.

Conocer qué compromisos asumieron los gobiernos al firmar el Acuerdo de París (2016); por qué han sido tan pocos los progresos hacia la meta de mantener en 1.5ºC el aumento de la temperatura global (en Brasil, por ejemplo, la deforestación creció 29 % entre 2015 y 2016, luego de reducciones en la década anterior), y, de ser necesario -y las señales hace mucho indican que lo es- aumentar el activismo y seguir los pasos de gente como la joven sueca, símbolo de una generación que hoy no decide pero sí tiene conciencia y voz, y quiere un futuro (un mundo) mejor.