Él fue iluminando desde los primeros tiempos de la revolución cubana el camino de una crítica y de una concepción latinoamericana de nuestra cultura.

Mario Goloboff

Escritor

22/07/2019. Durante la segunda mitad del siglo XX, hubo en América latina un puñado de intelectuales que oficiaron de modo natural y quizás no querido como verdaderos maestros y guías en la formación intelectual y literaria, y en la crítica literaria de nuestra generación: el uruguayo Ángel Rama, el peruano Antonio Cornejo Polar, los argentinos David Viñas y Noé Jitrik. Sin duda, forma parte de este connotado grupo, y en muy alto sitio, el poeta, crítico, pensador cubano Roberto Fernández Retamar, que acaba de fallecer.

Él fue iluminando desde los primeros tiempos de la revolución cubana el camino de una crítica y de una concepción latinoamericana de nuestra cultura. Profusos y profundos trabajos que llevan su firma (entre los que ha sido fundamental aunque no única la presencia del libro Calibán y otros ensayos) fueron postulando la posibilidad, si no de un aislamiento impensable o de una originalidad soberbia, la de una independencia cultural y la de una autonomía, siempre conflictivas, siempre discutidas, siempre relativas, pero irrenunciables, necesarias. Acordes con las necesidades que, en otros campos, políticos, económicos, sociales, se han ido manifestando a lo largo de estos años. Venía, además, Fernández Retamar de una formación particularmente vasta, heterogénea y rica en la que intervinieron la filosofía, el marxismo, el estructuralismo, las ciencias literarias, la poética, la añeja profundidad de la poderosa cultura cubana, José Martí (en cuya vida y obra era un especialista), otros maestros cubanos y latinoamericanos, la lectura constante e íntima de poetas de todas las épocas y de todas las lenguas. Lo que lo llevó a una militancia temprana en el campo cultural, aún bastante antes de la Revolución. Ideas que parecen fundamentales de su pensamiento y que están expresadas en libros y en numerosos artículos publicados a lo largo de estos años son aquéllas sobre las relaciones entre el poeta y la sociedad, la función del arte en esa sociedad, la función que cumplen los intelectuales en la sociedades latinoamericanas y en la cubana socialista, el papel del poeta en la revolución…

En lo más específico, que toca la tarea literaria, un trabajo ya clásico es aquél titulado “Antipoesía y poesía conversacional en América latina”, y que tiene mucho que ver con su propia construcción poética. Es la charla dada en una reunión que tuvo lugar en La Habana en 1968, publicada en un tomo que editó la Casa de las Américas al año siguiente, titulado Panorama de la actual literatura latinoamericana, un ciclo organizado por el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas y en el que participaron, entre otros, José María Arguedas, Max Aub, René Depestre, José Revueltas, Rodolfo Walsh, Jorge Zalamea.

Describe, allí, la poesía hispanoamericana después de los cincuenta como embarcada en las corrientes de la llamada antipoesía (cuyo mayor epígono sería Nicanor Parra -1914-) y, sucediéndola, de una manera casi generacional, la poesía conversacional (cuya figura central sería Ernesto Cardenal -1925-), de la que señala características que se tienen como distintivas y, se interpreta, positivas: la poesía conversacional no se autodefine, tiende a ser grave aunque no solemne, pugna por afirmarse en sus creencias, muchas veces políticas, otras religiosas; más que vuelta hacia el pasado, “es capaz de mirar el tiempo presente y de abrirse al porvenir”; “suele señalar la sorpresa o el misterio de lo cotidiano”; más que encerrarse en fórmulas, se inclina “a abrirse a nuevas perspectivas”. Y es, fundamentalmente, una poesía que no tiene inconvenientes en mezclar lo narrativo con lo lírico, la prosa con el verso, sin prejuicio ninguno por lo que siempre se llamó “prosaico”, en una línea que, entre otros, desciende de T. S. Eliot: “La poesía tiene tanto que aprender de la prosa como de la demás poesía… Una interacción entre prosa y verso, como la interacción entre lenguaje y lenguaje, es una condición de vitalidad en literatura”.

Pero fue, ciertamente, en la propia poesía donde expresó sus sentimientos y pensamientos más profundos y que van a quedar. Poco después de los ya definitivos días en que la guerrilla triunfante entraba en La Habana, lo primero que se conoció de Fernández Retamar fue un poema, “El otro”, escrito, es probable, en medio de las celebraciones y publicado aquí por un periódico de izquierda. “Nosotros, los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida? / ¿Quién se murió por mí en la ergástula, / Quién recibió la bala mía, / La para mí, en su corazón? / ¿Sobre qué muerto estoy yo vivo…?”.

Aquel sentido nuevo y generoso de la “otredad” siempre será así en la poética de Fernández Retamar: el “otro” no es la figura borgiana (figura, por otra parte, genética y constitutiva de la obra del argentino), la del doble dubitativo y que se hubiera querido ser o que se dice se hubiera querido ser. Tampoco es la psicoanalítica imagen en la que se busca sin descanso y sin hallazgo la radical identidad. Menos aún la del mito, que algunos suponen inaugurado por el héroe-flor de la primavera cretense e introducido después en la omnívora Grecia, Desde entonces, quedamos cautivos de esa voz poética, a la que por aquellos días de aislamiento seguíamos todo lo que la poca entrada al país de material cubano podía permitir. Hasta qué punto este poema atraviesa su obra toda, se comprueba cuando relata, en un texto muy posterior, hablando de sus afinidades con poetas argentinos y de Paco Urondo: “Y un día, quizá en su último poema, / Conversó conmigo por aquellos versos sobre los hombres de transición, / Seguramente sin saber que tales versos a su vez / Eran resultado y parte de una conversación inconclusa que tuve con el Che…”

Así, su obra poética propiamente dicha exhibe una lírica racional y reflexiva, para nada desprovista de afectividad, aunque insistentemente conceptual, dedicada en cada caso al desarrollo de una idea. Creo que Fernández Retamar, a la manera brechtiana, se propone no confundir al lector entre el campo de la identificación y la alucinación y el de la realidad objetiva, y que en su poesía plantea implícitamente ese distanciamiento que quería el gran alemán (como también lo quería, años antes, nuestro Macedonio Fernández), ese “extrañamiento”, para que, con la distancia de la escena, el lector pueda también pensar, alejado de la fascinación, en el mundo objetivo y en cómo modificarlo.

Su obra es, en los comienzos Elegía como un himno (de 1950), dedicada a Rubén Martínez Villena (poeta y militante comunista, cuyo más notable libro es La pupila insomne, quien participó en el derrocamiento del dictador Gerardo Machado y murió tuberculoso en 1934), y Patrias (1949-1951). También en los comienzos (Alabanzas, Conversaciones, 1951-1955), una poesía descriptiva, cuyos sujetos son la urbe, el barrio, sus tipos humanos, con un costado obrero y popular en el que se inscribe, ya desde el primer poema, desde el título “Palabra de mi pueblo”. Una poesía que evidentemente es heredera de la remoción de las vanguardias ante la modernidad, y de la inclusión, en el mundo y el lenguaje poéticos, de sus objetos, de sus ámbitos, de sus trabajadores, sus medios de transporte, su tecnología recién incorporada. Y de sus problemas tan contemporáneos.

En Aquellas poesías (1955-1958), la voz poética se afirma, se hace más punzante e irónica, con poemas de simulados tono e intención clásicos, excelentemente transcriptos (“Epidauros”, por ejemplo), aunque todavía busca el mito poético que solo encontrará años después, cuando se encarne, al modo de los surrealistas, con las grandes transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales, que se producirán en su país. Es lo que comenzará a plasmarse en Sí a la Revolución (1958-1962). Que empieza, justamente, con el mencionado poema, “El otro”, al que siguen más textos de encarnación en el sueño colectivo, como muestra ese verso en el que el amor se funde en los trabajos que emprende la comunidad: “Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela”. Es, también, el momento de la reconstrucción heroica: “El amanecer de los mejores domingos nos ve marchar / Cantando hacia las siembras, hacia las piedras que van a hacerse escuelas” ( “A quien pueda interesar”). Y que se corona con el “Epitafio de un invasor”: “Tu bisabuelo cabalgó por Texas, / Violó mexicanas trigueñas y robó caballos…” y “Hoy sirve(s) de abono a las ceibas”.

En Cortesía, como Reyes (1953-1965) aparece la idea, o se expresa conscientemente, de la vinculación estrecha entre la voz poética y la realidad: “Cada día creo más en la poesía de circunstancia”. Es un libro dedicado a amigos y poetas, que se inicia con una afectuosa despedida a nuestro honesto y desgarrado intelectual Ezequiel Martínez Estrada y a su mujer, Agustina Morriconi. En Buena suerte viviendo (1962-1965), leemos, entre otros, “Un hombre y una mujer”, un poema “In memoriam Ezequiel Martínez Estrada” y “Usted tenía razón, Tallet…”. En Que veremos arder (1966-1969) es donde empieza a darse, me parece, la más feliz conjunción entre todo lo que venía creciendo en su poética: la mirada hacia el otro, el compromiso con las transformaciones y los horizontes de la sociedad, el afecto y el amor colectivos, la subsunción del sentimiento individual del amor en el social o la correspondencia y los vasos comunicantes entre ambos, a los que aspiraron tantos poetas contemporáneos, pero pocos lo lograron, como Paul Éluard, como Nazim Hikmet, como Juan Gelman, como el propio Fernández Retamar, con acierto, con ironía, con fineza, como se ve en “Idiomas, velámenes, espumas” o en “Madrigal”: “Había la pequeña burguesía, / La burguesía compradora, / Los latifundistas, / El proletariado, / El campesinado, / Otras clases, / Y tú, / Toda temblor, toda ilusión”. Cuaderno paralelo es de 1970. Y Circunstancia de poesía, reúne poemas de 1971 a 1974, con esa vuelta de la frase que en tiempos europeos quería ser comprometida. En Juana y otros poemas personales, de 1975-1979, hay un poema dedicado a Francisco (Paco) Urondo, que se llama “Paco” y que entre otras cosas dice, dolorosa y ciertamente: “Ahora tu verdadera historia es el porvenir”, y también está el poema ya célebre “¿Y Fernández?”, hermosos, dolidos y comprensivos versos sobre su padre. En Hacia la nueva, de 1980-1989, destaco, por afinidad, por gusto, “A mi amada” (el poema para su hija, hoy: Laidi Fernández de Juan, que parte como médica solidaria a Zambia). Aquí, de 1990-1999 contiene el poema excelente que da título al libro, en el que habla sobre Bertolt Brecht, a quien vinculo con el autor. Y figura también “Otro poema conjetural”, que no podría haber escrito nadie que no conociera profundamente, como él, a Jorge Luis Borges, su escritura y los múltiples significados de su escritura.

Se trata, pues, de una obra poética construida alrededor de ideas muy claras, muy forjadas, muy conscientes, que se tienen sobre el mundo, la sociedad, el papel del individuo en la historia, la función del arte y de la literatura en una sociedad socialista, la poesía y la propia poética. Es una poesía, además, que se siente formando parte de su obra total. Diría, no un acto aparte sino el comportamiento diferente de una vasta y versátil escritura.

Por lo mucho que conocía y sabía Roberto Fernández Retamar de nuestro país, de nuestra gente y de nuestra idiosincrasia, de nuestra manera de ser y de pensar, de nuestros estilos; no solo por los amigos que tuvo y que aquí tiene; no solo porque era uno de los latinoamericanos que más y mejor conocía nuestra literatura desde dentro, sino, esencialmente, por lo mucho que nos quería, dan testimonio numerosos textos dedicados a don Ezequiel Martínez Estrada, Julio Cortázar, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Francisco (Paco) Urondo, Juan Gelman y tantos más, el libro Fervor de la Argentina (Antología personal, Buenos Aires, Ediciones del sol, 1993), con notas, cartas y poemas dedicados a los nombrados y también a Jorge Luis Borges, María Rosa Oliver, H. A Murena, César Fernández Moreno y otros. Por todo eso creo que el lector argentino no puede desconocer la obra de Roberto Fernández Retamar. No solo porque era auténticamente latinoamericano, primordial y enraizadamente cubano, y fraternal y afectuosamente argentino, sino también porque es un poeta mayor de nuestra América.