Casos televisados hasta la saciedad del asesinato del profesor Nibaldo Villegas, descuartizado y con la aparición del cuerpo de la joven Fernanda Maciel.

José Luis Córdova

Periodista

01/07/2019. Estas últimas semanas los alicaídos matinales se han dado un festín de morbo con los casos televisados hasta la saciedad del asesinato del profesor Nibaldo Villegas, descuartizado por su ex pareja con su nuevo amante y con la aparición del cuerpo de la joven Fernanda Maciel, a todas luces asesinada por un vecino.

Indudablemente ambos hechos provocaron gran impacto en el país y los canales compitieron abiertamente, no sólo desde los sitios de los sucesos, en las salas del tribunal, sino con testigos, protagonistas, familiares y opiniones de todo tipo de “expertos” forenses, ex policías, criminalisticos, psicólogos y abogados.

Pero lo más lamentable fueron las interpretaciones de los panelistas de cada mañana que barajaron siempre arriesgadas especulaciones, buscando versiones antojadizas con total libre albedrío sin considerar el respeto a las víctimas ni menos a los victimarios.

TVN tuvo que salir dando explicaciones, ante una denuncia pública de Colegio de Periodistas por el trato del caso de Fernanda Maciel, de quien hasta difundieron su ficha médica y psicológica como si con ello se contribuyera a esclarecer el crimen. Algo similar ocurrió en el caso de la joven Nabila Rfffo de Coihaique a quien su ex pareja sacó los ojos y los medios trataron de buscar atenuantes con la conducta anterior de la víctima.

Las organizaciones feministas y defensoras del género en todas sus manifestaciones rechazaron terminantemente ambas actuaciones mediáticas claramente condenables.

Está bien la información en directo, las imágenes indiscutibles, pero opiniones como las de Juan Andrés Salfate, del ex comisario Vallejos, Julio César Rodríguez, Rafael Cavada y de algunos noteros fueron tan audaces como ilógicas y destempladas. Ni hablar de la falta de conocimientos en este tipo de temas que naturalmente evidenciaron Tonka Tomicic, María Luisa Godoy, Marcela Vacarezz, Diana Bolocco y otros rostros de nuestra televisión.

El Colegio de Periodista viene denunciando y advirtiendo desde hace largo tiempo de la necesidad de respetar el Código de Ética de la Orden, pese a que muchos de los protagonistas de estas emisiones ni siquiera son profesionales de la información.

En manos de inescrupulosos manipuladores de hechos noticiosos, la opinión pública corre el peligro de prejuciarse antes de tiempo, de ser mal orientada ante graves hechos delictuales y sus autores, cómplices y encubridores.

Bien valdría que los canales tomaran cartas en el asunto, tal vez capacitando a sus panelistas, conductores y noteros en reglas básicas de ética asi como de elementos fundamentales de un proceso judicial con la actual normativa que parecen desconocer sus rostros más populares que se convierten en poseedores de la verdad, formadores de opinión y, en definitiva, hasta en jueces y partes, sancionadores o absolutores de hechos punibles con las mínimas pruebas que tienen a su alcance.

Resulta curiosa la permisividad de jueces y fiscales para permitir emisiones desde las salas de tribunales, así como también es evidente la descoordinación de criterios entre las policías -civil y uniformada- para manejar sus relaciones con el periodismo. A la luz de los antecedentes que la teleaudiencia constató en vivo y en directo, parece que la PDI está más capacitada que Carabineros para investigar y dar a conocer resultados sin mayores filtraciones, impidiendo en parte las especulaciones antojadizas con que se ven tentados los “rostros” de nuestra pantalla chica.

Las escuelas de periodismo enseñan que uno de los géneros más exigentes y complejos es precisamente el del periodismo interpretativo, que sigue al informativo y al de investigación y que debería conducir finalmente a un periodismo de opinión serio y responsable. Desafortunadamente los sucesos televisados en los últimos días dejan mucho que desear al respecto. El festín de morbo parte desde los estudios de televisión, pasa por las calles y llega hasta los hogares de los chilenos.