Tendrá que reestructurarse doctrinariamente, con visión modernista, para no continuar siendo una institución totalitaria, conservadora y poco democrática.

Gonzalo Moya Cuadra

Licenciado en Filosofía

06/06/2019. Toda religión es un fenómeno sociológico encuadrado en una estructura dogmática compuesta por elementos culturales sectarios e imaginarios, originada por la creencia humana, ante el temor a lo desconocido, de trascender a otra vida eterna. Entonces, el catolicismo como doctrina inventada por el hombre es perecedero e imperfecto. Así, se ha descubierto que la corrupción, como neoplasia amoral, está enquistada entre quienes ejercen la función de régulos espirituales. Los abusivos delitos cometidos por sacerdotes católicos, amparados por la jerarquía, ha permitido que la judicatura vaticana sólo les  sentencie, en última instancia, a su reducción al estado laical, evitando la investigación de la justicia civil. El clero tiene que obedecer la ley moral que les ha impuesto su religión, como también, obedecer la ley civil del país donde ejerce su ministerio sacerdotal. El celibato es un precepto definido como una forma de ascetismo, no es un dogma de fe, que atenta incluso a los derechos sexuales y naturales de la mayoría de los consagrados. Se podría considerar el celibato como una sencilla renuncia al matrimonio y a una promesa de castidad, o sea, como un don subjetivo o un valor eclesial, pero biológicamente sabemos que la abstinencia altera la salud sexual y psicológica de todo ser humano. En consecuencia, se hace necesaria e indispensable una  reforma del derecho  canónico en este contexto, pues es imposible aceptar la continencia perfecta. Si el catolicismo sigue inalterable en su condición tradicionalista ya se puede inferir que está al borde de su muerte moral e institucional. Tendrá que reestructurarse doctrinariamente, con visión modernista, para no continuar siendo una institución totalitaria, conservadora y poco democrática. En el caso de la iglesia chilena será necesario que los organismos correspondientes prosigan investigando, hasta donde sea posible, a todo el clero y dilucidar su actuar sacerdotal con retroactividad. Sin duda hay delitos, agravados aún más por la buena cultura magisterial que reciben los consagrados, ya que saben perfectamente discernir entre el bien y el mal. La inanidad discursiva de la jerarquía católica resulta un disipado dislate hipócrita y un marasmo institucional. Negar o encubrir estos hechos es simplemente un acto de extrema soberbia, perversión e incoherencia moral. La arrogancia les llevó a despreciar sistemáticamente a las víctimas, desacreditando la importancia axiológica que debería tener toda religión que supuestamente es conductora de una esperanzadora trascendencia para los creyentes. La iglesia católica está atrapada, además, por el boato capitalista, distorsionador y carente de humanidad, donde una lega feligresía está absorbida por un poder oculto, sórdido y manipulador. Entonces, sus seguidores tendrán que razonar y comprender que están sometidos a una entelequia y un fanatismo vesánico, más aún en Chile donde la cultura religiosa es elemental y entendida casi como un fenómeno de convenciones sociales anacrónicas. Muchos cacasenos siguen sumergidos en una cómplice autocomplacencia, no aceptable para una  mayoría libre pensadora. El sentir del país percibe con certeza que el catolicismo es una religión desprestigiada y mediocre, cuya existencia es el mundo real, no la irrealidad de una hermenéutica facilista. Además, evidencia contradicciones histórico-dogmáticas que lo ha conducido a una involución integral, sin siquiera poder ser capaz de expresarse en un neo catolicismo más cercano a la teología de la liberación. A futuro todas las religiones, como conjunto de creencias o dogmas, desaparecerán por el natural desarrollo científico y cognitivo de la humanidad. Vale decir, que el concepto de dios fenecerá por inmolación natural y quedará sólo como parte de la historia humana. En este contexto, es de máxima importancia que el Partido Comunista, como partido eje de realizaciones sociales y culturales, retome la iniciativa de propugnar una ley que elimine cualquiera connotación religiosa de nuestra institucionalidad. La libertad de pensamiento es esencial para desarrollar el quehacer democrático y siempre será un acto razonable anticiparse a lo que acontecerá en el futuro.