No puede ser posible que un pequeño de 4 o 7 años encuentre normal que alguien muera baleado por venganza, por una bala loca o un ajuste de cuentas en medio de una “mexicana”.

José Luis Córdova

Periodista

06/05/2019. Nadie debe ni puede escandalizarse a estas alturas por el nivel de violencia en la pantalla chica. Durante todo el día en prácticamente todos los canales se exhiben series, filmes, realitys, reportajes y late shows con un nivel de agresividad en las palabras y los hechos que horrorizaría a nuestros abuelos.

No hay que extrañarse entonces que nuestros niños, influenciados además con los juegos de videos, con los mensajes de los comics nipones y los tradicionales “monitos animados” hayan superados con creces a Disney. El ratón Mickey, el pato Donald y demases que han sido largamente reemplazados por super héroes, salvadores del planeta (Marvel, Avangers, etc), sicópatas, torturadores y sicarios profesionales.

En ese escenario, la muerte aparece algo natural, lógico -como es en realidad- pero no es preciso banalizarla, reducirla en su magnitud real. No puede ser posible que un pequeño de 4 o 7 años encuentre normal que alguien muera baleado por venganza, por una bala loca o un ajuste de cuentas en medio de una “mexicana”, como ocurre cualquier día en nuestra cotidianeidad.

Mientras los animé japoneses y las series tipo “CSI”, “Mentes Criminales”, “Hawai 5-0” y otras estandaricen la violencia y la muerte será difícil hacer entender a las próximas generaciones que eso está mal. Las series de investigaciones criminales, con detectives y agentes encubiertos de prepotencia y actitudes fascistoides inunden las pantallas, poco o nada podremos hacer.

Las últimas producciones nacionales del tipo “Pacto de sangre” “Amar a morir”, “Dime quién fue” y ahora “Río Oscuro” se suman al coro de creaciones audiovisuales que asumen el crimen, la venganza, el odio como un comportamiento esperable de cualquier ser humano. Ancianos pervertidos, niñas y niños violados, sicópatas, degenerados de distinto tipo desfilan en series y telenovelas nacionales y extranjeras.

Es cierto que la delincuencia ha aumentado alarmantemente en nuestro país, pero nadie puede ni debe negar que el lenguaje diario de nuestro televisión -incluidas ciertas notas en los noticiarios- hacen su trabajo en las mentes infantiles y juveniles.

Los casos de Cupertino Andaur, de la Quintrala, de Johanna, la pareja del profesor Nibaldo Villegas con su amante y otros asesinatos de connotación nacional son materia de conversación diaria entre niños, jóvenes y adultos, como si se tratara de los resultados de una fecha del fútbol profesional.

Se trata de noticias, pero hay que colocarlas en su justo medio, cuidando la forma y el fondo del relato, los contenidos y el tratamiento de los protagonistas -héroes positivos o negativos- debe incluir aspectos éticos y formativos que la televisión chilena está obligada a respetar. Los objetivos del Consejo Nacional de Televisión, son -precisamente- “velar por el correcto funcionamiento de los servicios de televisión, para lo cual debe fiscalizar y supervigilar el contenido de las emisiones televisivas”.

No es un tema de conservadunismo o cartuchismo ni mucho menos baladí. La función formativa y cultural de la televisión nos conduce a reflexiones sobre el efecto demostración, las modas u olas de juegos mortales (del tipo La Ballena Azul, El Ahorcado y otros) que amenazan a nuestros niños a través de medios audiovisuales. Se dice que hay actualemente 24 juegos mortales, entre ellos, por ejemplo, introducirse un preservativo por la nariz y sacarlo por la boca, simular un ahogamiento hasta conseguir desmayos reales, inhalar desodorante o ingerir grandes cantidades de canela en polvo o bebidas alcohólicas. El “juego de la muerte” o de la “asfixia” es popular en países de habla hispana, como México, Argentina, Chile y España.

Es necesario hacer llamados de alerta, saber qué ven, escuchan y en qué juegos participan los niños y jóvenes para prevenir situaciones que pueden resultar irremediables. Lo que vemos en televisión nunca es totalmente real, ni menos digno de imitarse o asumir como positivo y favorable para cualquier persona.