Los textos fluyen, no se puede parar de leer, y es que las historias que nos muestran no están dichas, están narradas.

Eduardo Contreras Villablanca. Letras de Chile. 02/05/2019. El pasado 10 de abril de este año, en el Museo de la Memoria, se lanzó “Estelas de la memoria” (editorial Espora: www.espora.cl ), el libro póstumo de Hugo Behm.

El autor se tituló de médico cirujano en 1936, a partir de 1953, se dedica a la bioestadística. Se formó en la Escuela de Salubridad de Chile y en la Johns Hopkins University, profundizando sus estudios en la Columbia University, en Nueva York. Colaboró en temas de salud pública con Salvador Allende, desde los años en que el futuro Presidente era senador de la República. En 1974 es hecho prisionero por el régimen militar. En septiembre de 1975 es trasladado desde el campo de concentración de Ritoque y expulsado del país, gracias a las gestiones realizadas por la Asociación Americana de Salud Pública (APHA) en pro de la liberación de seis trabajadores de la salud detenidos y encarcelados. Hugo Behm vivió su exilio en Costa Rica, y falleció en su capital, San José, en el año 2011.

Conocí a don Hugo, nuestras familias desde hace décadas han estado muy unidas. La última vez que lo vi fue en San José en el año 2010, un año antes de su muerte. Me quedo el recuerdo de esa grata conversación, con ese hombre lúcido, agudo y cálido, con el que analizamos la situación del Chile de aquellos años.

Hay un precedente de “Estelas de la memoria”; el año pasado llegó a mis manos “Dos relatos”, esta publicación contenía dos de los textos que hoy están comprendidos en “Estelas de la memoria”, se trataba de “La moneda que murió junto al mar” y “El encuentro”. Los leí y aprecié el gran valor literario que tenían, además de su valor como testimonio de uno de las peores caras de la represión bajo la dictadura en sus primeros años.

Luego, en agosto de 2018 me llegó copia de un correo de Ingrid Behm, hija de Hugo Behm, ahí fue cuando se comenzó a gestar este libro. En ese mensaje Ingrid le escribe a su amiga Gloria Contreras (mi tía), y le comenta que la han llegado seis relatos más de don Hugo. Se los había enviado Margarita Labarca, viuda de Héctor Behm, hermano de Hugo. Con esos seis relatos que le habían llegado, más los dos que ya tenía, Ingrid armó el texto central de este libro, y se lo envió a Gloria que a su vez me los hizo llegar a mí. En el correo Ingrid citaba a Margarita Labarca: “creo que se debería hacer un libro lindo, con una hermosa impresión, con fotos y dibujos. ¿Financiamiento? Supongo que alguna Universidad en Chile, en Costa Rica o quizás en otro lugar podría financiarlo no puede ser tan caro… pero Hugo merece un homenaje de mucha categoría”.

Yo que acababa de leer los textos, no pude estar más de acuerdo con Margarita. Desde luego por el valor testimonial, por lo que significan estos textos para la memoria, también por el reconocimiento que Hugo Behm sobradamente merecía, pero además, por el valor literario que tienen estos textos. Apenas los leí, pensé “Si don Hugo no hubiera sido médico y científico, podría haber sido un gran escritor”. Los textos fluyen, no se puede parar de leer, y es que las historias que nos muestran no están dichas, están narradas. Cada relato nos muestra un personaje, muy bien caracterizado, por ejemplo Pablo, que oficiaba de peluquero de los otros presos, uno como lector logra verlo en el relato “El arma más poderosa”, o Pedro, ese hombre atlético y un poco hosco que sueña con fugarse de Ritoque. También vemos, sin que se manipule al lector ni se le atosigue con adjetivos, la brutalidad de los captores, como ese teniente de guardia de Carabineros, que echa a los perros salvajes tras los prisioneros a los que hacía trotar en círculos. El odio se nos muestra en las acciones, y en los diálogos en los que intervienen estos represores, que al hablar desnudan su falta de valores, su incultura, así como algunos muestran a veces su lado humano, otorgando alguna concesión a los prisioneros.

Yo había leído los relatos ya dos veces, y algunas de las historias me evocaban algo, no sabía por qué me resultaban familiares. Un día, conversando en casa de mi tía Gloria, ella me comentó: “hay cosas que están en los dibujos de Miguel Lawner”. Y claro, ella tenía a la mano esa hermosa obra de Miguel, “La vida a pesar de todo”: empezamos a revisar los dibujos, y quedé muy impresionado, los textos de Hugo Behm iban calzando uno a uno con los dibujos de Lawner. Le pedí a Miguel autorización para usar sus dibujos, y accedió de inmediato. Luego ya nos juntamos para mostrarle lo que se había armado con las creaciones de ellos dos, en esa ocasión le pedí el prólogo, él generosamente accedió y escribió el emotivo texto que introduce el libro.

La atmósfera de los relatos impresiona, alguien podría esperar que fuera sórdida, lúgubre, o depresiva. Para nada. El título que Miguel Lawner le dio al prólogo lo dice todo: “Estelas de la memoria: un canto de fraternidad por encima del odio”. Eso es el libro de Hugo Behm, el triunfo del humanismo sobre la barbarie, desde los peores centros de detención y campos de concentración, desde la tortura y las privaciones, el autor va creando esta obra en la que lo mejor del ser humano, derrota a lo peor del ser humano. Es un gran mérito, sobre todo considerando las circunstancias en que fueron escritos estos textos.

Creo que esta obra, termina siendo una creación a cuatro manos, entre Hugo Behm y Miguel Lawner, dos representantes de una gran generación, de una época de hombres y mujeres de nuestro país, que encarnaron los valores de la solidaridad, de la fraternidad, y del humanismo, y que lo dieron todo por hacer de Chile una sociedad mejor, más justa, luchando por un cambio social que desafortunadamente aún está pendiente. La talla de estos compatriotas que la dictadura se dio el lujo de perseguir, torturar y asesinar, se evidencia, por ejemplo, en las enormes contribuciones a la salud de Hugo Behm, que le valieron en Costa Rica y en el resto del mundo, el reconocimiento de la comunidad científica. Lo mismo en el caso de Miguel Lawner, su trayectoria como arquitecto le acaba de significar nada menos que el Premio Nacional de Arquitectura.

Luego vino el tema del título de la obra. Originalmente el libro tenía otro nombre. A Ingrid, sus hijos y nietos, no les gustaba ese título inicial, a mí tampoco me gustaba. Nos estuvimos cabeceando un poco. Yo pensaba que la palabra “Memoria”, tenía que estar. De pronto me llegó el nombre: “Estelas de la memoria”. Como le comenté a Ingrid en un correo, la palabra estela, que tiene más de una definición en español, pero en este caso pensando en su acepción artística, que es estela como monumento, y las estelas en particular en Latinoamérica, como monumentos prehispánicos, los mayas por ejemplo, con inscripciones que duran siglos, con fines de conmemoración y hasta propiedades mágico – curativas. A los Behm les pareció un buen nombre, a mí me lo sigue pareciendo, esta obra la veo como un monumento a la memoria. Un monumento que hace falta, como muy bien señala Miguel Lawner en su prólogo, cuando en nuestro país han surgido voces negacionistas. Precisamente en agosto del año pasado, mientras se iniciaba el proceso que culminó con la publicación del libro, específicamente el día 15 de agosto, decenas de miles de chilenos nos convocamos en el mismo recinto en que se hizo el lanzamiento de la obra, en el Museo de la Memoria, para decirle “NO” al Ministro de cultura que pretendió cuestionar la verdad histórica que se conserva en ese espacio público.

Quiero dar las gracias a Hugo Behm, por haber sido la persona que fue, por haber creado todo lo que creó, por dar el ejemplo de vida que dio, a todos los que seguimos soñando con un mundo mejor. Gracias a Ingrid y a sus hijos por haber dado el paso de compartir esta hermosa obra de su padre.