La gran movilización que ha enfrentado esta administración de derecha ha sido el movimiento feminista que surgió en el seno de las universidades, como el 2011.

Fernando Bahamonde

Profesor

Punta Arenas. 12/03/019. Resulta obvio que la evaluación del primer año de gobierno de la derecha es negativa, por las constantes desafortunadas declaraciones del empresario-presidente, los permanentes conflictos de intereses de las “autoridades”, el asesinato de Camilo Catrillanca y el rol del Ministerio de Interior, la política exterior pro-intervención en un Estado soberano extranjero, etc. Pero la evaluación debe estar basada en los contextos espacio temporales políticos, en lo que fue el primer mandato del 2010 y el posterior gobierno de Michelle Bachelet.

9 años en política es una eternidad, en especial en Chile donde la política se comporta, en ocasiones, como las placas tectónicas; con periodos de aparente tranquilidad donde las placas no dejan de moverse imperceptiblemente unos pocos centímetros por año hasta que se produce la liberación de energías telúricas acumuladas que finalmente tienen como consecuencia terremotos políticos, por el estallido de movilizaciones sociales que imponen el cambio de eje en los contenidos en el discurso público, como ocurrió el año 2011 con las movilizaciones estudiantiles.

El gobierno de la derecha del 2010-2014, intentó ser una continuidad de la Concertación, coalición que la derecha incluso admiró por su transversalidad, capacidad de negociación y por mantenerse durante 20 años en el gobierno. El gobierno actual, viene condicionado por el temor y, finalmente, odio a las reformas que intentó implementar el gobierno de la Nueva Mayoría. Esto fue ampliamente desarrollado en la campaña presidencial y en el trabajo de los medios de comunicación que machacaron la idea de que nuestro país se transformaría en una nueva Venezuela. La verdadera “retroexcavadora” la ocupa hoy la derecha en todo tipo de ámbitos como el laboral, tributario, educacional y previsional.

Otra situación que expresa una diferencia entre lo que es el modelo actual de gobierno y su experiencia anterior, es el cuadro internacional. En Chile, no era común que los hechos internacionales afectasen la agenda interna, hoy ocurre aquello. Dos dimensiones han utilizado para este efecto, en primera instancia la ola de triunfos electorales de pintorescos como siniestros personajes como Trump y Bolsonaro, representan a una derecha populista y de carácter neofascista que le han corrido el cerco a nuestra derecha local y su gobierno que sacándose la careta intenta ponerse a tono con este tipo de vulgares liderazgos. Y, en segundo término, la situación de Venezuela, que como se ha señalado en múltiples ocasiones, es usada para producir la ruptura dentro de los partidos y movimientos de oposición hasta ahora con éxito.

La gran movilización que ha enfrentado esta administración de derecha ha sido el movimiento feminista que surgió en el seno de las universidades, como el 2011. Ambas movilizaciones son completamente diferentes, por su contenido y propuestas, dinámica orgánica y liderazgos. Lo que ha permitido al gobierno activarse rápidamente de modo de levantar una agenda hasta ahora invisible que como nos tiene acostumbrado únicamente posee titulares.

Las cuentas pueden ser aún más alegres para el primer año de gobierno porque no existe articulación en la oposición en tanto rechazo unánime a los PDL que presenta la derecha en el Congreso, y porque aun no ha estallado una movilización de envergadura que la ponga en jaque, por lo menos, comunicacional al gobierno. Sería fácil una lista de chequeo de todos los errores y horrores del gobierno para criticarlo, de los cuales parece hasta ahora sale ileso. Incluso se percibe que el discurso de la derecha es tan simple que no amerita ningún tipo de explicación, se escucha y generalmente se entiende fácil: en lo laboral más empleo, en lo educacional la calidad, en seguridad ciudadana más carabineros y cámaras, por ejemplo. Mientras la izquierda debe explicarle al oyente no muy entrenado cómo, por qué y quiénes son los que lo explotan y oprimen, lo que a la postre problematiza aún más la existencia ya problemática de las personas.

Pero algo no está bien y ha comenzado a crujir fuerte y es toda la institucionalidad. A pesar de todos los supuestos logros del primer año del gobierno de derecha en nuestro país, algo que va más allá de este gobierno y sus intenciones de precarizar con mayor énfasis las relaciones laborales y va más allá de la desarticulación en este primer año de la oposición. Tiene que ver en esencia con todo el mundo de la política y el conjunto de la sociedad, lo que está en juego es la fragilidad de la institucionalidad y de todo el aparato del Estado en descomposición por casos de corrupción y negligencia en carabineros y el ejército son muestra patente. Las frágiles placas tectónicas del Estado neoliberal han acumulado desde hace cuarenta años a la fecha tanta energía y tensión que sistemáticamente seremos testigos del movimiento telúrico, en la medida que comiencen a hacerse públicos y a judicializarse casos de irregularidades en otros poderes del Estado y más personeros de gobierno se encuentren vinculados.  Es posible que la gran crisis que enfrentará este gobierno no provenga de la movilización social, ni de la acción articulada de una oposición dispuestas a negar la sal y el agua, sino que emane de una institucionalidad agotada y esta vez será imposible aplicar “La razón de Estado” para meter la inmundicia debajo de la alfombra porque los tiempos de los Lagos y los Longuiera ya no existen y no volverán.