¿Cómo explicarse el rebrote del fascismo en el mundo?, ¿qué sustrato puede ser tan fuerte como para revivir sentimientos tan deleznables?

Mario Domínguez. Sociólogo. 11/02/019. Son horas terribles y determinantes para el mundo. La situación en Venezuela es el centro de un conflicto mundial, no sólo político y económico, sino profundamente ideológico. Un momento de desequilibrio de poderes y sentidos en pugna, consecuencia de la nunca acabada “Guerra Fría”, que hoy corre su velo y nos dice que nunca se acabó la historia, por que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y sólo puede ser superada por una historia diferente, diferente a la “Guerra de los Balcanes”, a Irak, a Siria, a la llamada “primavera árabe”, a Guantánamo, etc.

“El enemigo no a cesado de vencer” escribía Benjamin, “ni los muertos estarán a salvo”. Y claro que no están a salvo. Vemos en nuestra patria la impúdica campaña negacionista de los crímenes de lesa humanidad en dictadura; vemos a Brasil eufórico de miedo y odio con Bolsonaro prometiendo hacer como en Chile 1973, divisamos a Europa haciendo reflotar sus sentimientos más añejos pese a la historia propia y los currículums escolares sobre el Holocausto.

¿Cómo explicarse el rebrote del fascismo en el mundo?, ¿qué sustrato puede ser tan fuerte como para revivir sentimientos tan deleznables? Mariátegui decía que el fascismo no es una ideología, sino mas bien un estado de ánimo o una serie de estados de ánimo que se originan sobre la base del descontento y la frustración con el liberalismo por parte de los sectores medios y el terror de las élites al avance popular del socialismo. El “fascismo”, que por cuestiones taxonómicas adquiere su nombre de la experiencia italiana, es una forma de reacción que adquiere diversas fisonomías según las realidades nacionales que comparten un vínculo general en tanto están amarradas a la tragedia capitalista.  “El fascismo es resolver con revólveres y ametralladoras los problemas de la producción y el cambio” escribía Gramsci y si algo está claro en la escena contemporánea es el grave problema de producción y cambio que afecta a Estados Unidos y a todos los países hasta ahora subordinados a su política internacional. Sólo así podemos explicarnos las escuadras neonazis atemorizando a las comunidades negras, migrantes y LGTBI con la complicidad de la policía y las fuerzas de orden y seguridad.  Esta necesidad de disciplinar y castigar a quienes son considerados culpables de la crisis, con la banal esperanza de reorganizar la producción y mejorar las condiciones de cambio es la expresión social y popular del fenómeno fascista.

El fascismo, por tanto, es irracional, no sostiene sus fundamentos sobre categorías filosóficas o principios políticos, “es volver a la edad media” retomando a Mariátegui. Caudillos fuertes, autoritarios, jefes primitivos de la tribu, cuya fuerza y legitimidad radica en su personalidad dispuesta a tomar las decisiones “difíciles” con tal de restaurar el orden perdido.

Frente al líder fascista el liberalismo resulta impotente. El fascismo es el capitalismo que prescinde de la careta democrático-liberal. La relación de clase entre fascismo y liberalismo es tan frágil como los cambios en las puntuaciones de la bolsa de valores de Wall Street. Pasó en Alemania con Hitler, España con Franco, Italia con Mussolini, Chile con Pinochet y ahora en Brasil con Bolsonaro, los capitalistas no tienen partidos ni ideología, su ideología es la utilidad, la ganancia y los medios para su aseguramiento; si llegado un punto, es necesario restaurar los equilibrios perdidos, la forma política poco importa para sus objetivos.

La disyuntiva de la izquierda moderna, o la modernidad de la izquierda, su vigencia, se juega en su adhesión a los valores que rechazan al fascismo en tanto que fenómeno regresivo, antimoderno. La democracia, el respeto a la autodeterminación de los pueblos, el diálogo y la no agresión se vuelven valores trascendentales a la hora de distribuir apoyos y fuerza propia. En la década de 1920 mientras el liberalismo italiano se entregaba temeroso a las agresiones y discursos incendiarios de Mussolini, Piero Gobetti, editor de “La Rivoluzione Liberale” y uno de los más connotados intelectuales del pensamiento liberal en occidente junto a Benedetto Croce, decidió adherir a los comunistas de “L’Ordine Nuovo” contra el fascismo. Para él, el “elogio de la guillotina”, la exacerbación de la violencia y la histeria discursiva forman parte de aquel ánimo primitivo delfascio. La fascinación italiana con el fascismo era para Gobetti la confirmación en el pueblo del “hábito cortesano, el escaso sentido de la propia responsabilidad, el capricho de esperar del Duce, del domador, del Deus ex machina, la propia salvación”.

Mientras los liberales y la socialdemocracia internacional se hunden hipócritamente al arrebato fascista de Trump y los capitales norteamericanos sedientos de petróleo venezolano, la izquierda moderna hoy mas que nunca debe desconfiar de las oportunas conversiones de quienes ahora dicen estar preocupados por la democracia: “creer más en la historia que en el progreso”. La situación es muy definitoria, los intervencionistas de hoy serán recordados como intervencionistas mañana, fue así con Ricardo Lagos en el 2002, y, aunque hoy parezca atractivo mostrar a las víctimas como victimarios por un par de míseros titulares en “El Mercurio”, como Gobetti decimos: “Nuestro antifascismo, antes que una ideología, es un instinto, un valor inquebrantable frente al mundo: la intransigencia, de la que nosotros seremos sus desesperados sacerdotes.”