Podrá existir una posición respecto al proceso venezolano. Pero es distinto promover el derrocamiento de un Gobierno Constitucional y entrometerse en asuntos internos.

Editorial. El Siglo. 29/01/019. La evidencia es indesmentible. Solo la ceguera de alguien podría negarlo. Estados Unidos, junto a gobiernos de Europa y administraciones de derecha de América Latina, están desarrollando una guerra diplomática, económica, comercial, comunicacional, política y conspirativa en contra del Gobierno de Venezuela.

Internamente, hace rato que la oposición venezolana se muestra dispersa, dividida y sin un proyecto común, donde inclusive hay sectores que se oponen a planes subversivos y violentos. De tal manera que la mayor presión y agresión hacia el Gobierno Bolivariano proviene del plan desarrollado por la Casa Blanca y sus aliados que, en algunos casos como los de Chile, más bien aparecen como lacayos de la política exterior estadounidense.

Sin duda que Venezuela vive situaciones negativas en términos económicos y de servicios, algo que las propias autoridades del país reconocen, e inclusive plantean como prioridad corregir errores y realizar reforzamientos en materias de abastecimiento, inflación y garantía de servicios a la población. También se pueden registrar dificultades y problemas en otros ámbitos. Pero todo es resorte de los propios venezolanos y cómo resolverán sus dificultades y sus diferencias.

Lo que ocurre, realmente, es que gobiernos y poderes conservadores, de derecha, trasnacionales y fácticos, quieren derrocar al Gobierno Constitucional y echar abajo el proceso bolivariano. Se aprovechan de ciertas realidades internas, pero básicamente construyen un plan destinado a sobrepasar los marcos constitucionales, acentuar los problemas económicos y sociales, desacreditar a una administración legalmente elegida con el 69% de los votos, alentar la violencia, construir percepciones falsas y distorsionadas.

Hay una injerencia extranjera brutal en Venezuela, a tal punto que hoy no se puede desechar una intromisión militar, y que tiene componentes como congelar dineros de la estatal empresa petrolera venezolana, un golpe tremendo a las finanzas del país.

Desde otros países podrá existir una posición respecto al proceso venezolano. Pero es distinto promover el derrocamiento de un Gobierno Constitucional, entrometerse en asuntos internos, querer incidir en la política local desde el exterior, y apostar a operaciones subversivas, conspirativas, ilegales y de bloqueos.

De administraciones estadounidenses poco o nada puede esperarse, con un historial de promoción de golpes de Estado, planes de derrocamiento de gobiernos y operaciones encubiertas. Pero en cuanto a gobiernos y fuerzas políticas latinoamericanas, este es un momento de comprobar quiénes están por la injerencia y quienes están por el respeto a la soberanía. Los venezolanos resolverán sus asuntos. Los latinoamericanos tienen que resolver si están por el intervencionismo o están por el respeto a la independencia. Eso es lo que se juega hoy.

Frente a esa situación, posturas ambiguas, dóciles, enredadas, solo alimentan la opción injerencista que, claramente, lidera el Presidente Donald Trump. Lo que puede contribuir al diálogo, el consenso, la solución pacífica y soberana que encuentren los venezolanos, es el respeto a su soberanía y su política interna, la no injerencia, el evitar intromisiones financieras, diplomáticas y militares.

En ese marco, ciertamente que a gobiernos como los de Sebastián Piñera eso poco importa, porque desde una postura de derecha y habiendo respaldado el golpe de Estado de 1973 en Chile contra un Gobierno Constitucional, lo que quieren es derrocar al Presidente Nicolás Maduro y poner fin al proceso bolivariano.

Cuando se pensaba que esos tiempos habían terminado, de nueva cuenta los latinoamericanos se enfrentan a apoyar o rechazar una política intervencionista y golpista promovida por Estados Unidos y la derecha regional. Eso es lo concreto a nivel regional. A nivel local, los venezolanos tienen que atender y solucionar sus diferendos y problemas. La injerencia no contribuye a aquello.