A través de un túnel de 60 metros excavado por 24 militantes del FPMR, del Partido Comunista y de la Juventud Comunista. Fue el mayor escape de la historia de Chile.

Santiago. 29/01/019. El 29 de enero de 1990 los chilenos se despertaron con una noticia sorprendente: 49 presos políticos (entre ellos siete condenados a muerte por Pinochet) se habían evadido de la cárcel pública de Santiago a través de un túnel de 60 metros excavado durante 18 meses por 24 militantes del insurgente Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), del Partido Comunista y de la Juventud Comunista. La mayor fuga de la historia de Chile ridiculizó a una dictadura militar que agonizaba y fue interpretado por sus protagonistas como un saludo a la democracia que el país anhelaba recuperar muy pronto. Entre quienes participaron en la llamada “Operación Exito” estuvieron Rafael Pascual y Jorge Martín, hijos de exiliados republicanos españoles llegados a Chile en septiembre de 1939 a bordo de aquel barco, el Winnipeg, con el que Pablo Neruda rescató a más de 2.500 republicanos de los campos de concentración franceses, en lo que fue, según el Poeta, la misión “más noble de mi vida”.

El Frente Patriótico Manuel Rodríguez fue una organización político-militar nacida en 1983 al calor de las grandes protestas populares contra la dictadura de Pinochet y como parte de la política de la Rebelión Popular de Masas, auspiciada por el Partido Comunista y asumida por amplias capas de la sociedad chilena, desde los pobladores al movimiento obrero, desde los estudiantes a importantes sectores profesionales e intelectuales. Muchos de los militantes rodriguistas se formaron en la lucha revolucionaria en Cuba y otros países y participaron como internacionalistas en la defensa de la Revolución Sandinista.

Uno de los presos notó que la cárcel tenía un entretecho que, por su estructura, podría permitir la distribución de tierra sin que los gendarmes supieran. Así, mientras un grupo cavaba el túnel de 50 centímetros de diámetro promedio, otro se encargaba de llevar la tierra en sacos hechos con piernas de jeans al entretecho, y un tercer equipo distraía la atención de los demás internos: todo se hizo en el más absoluto secreto.

Cuando llevaban varios metros avanzados, los frentistas debieron sortear varios problemas: primero, la falta de aire. Como algunos habían trabajado como gásfiter mientras gozaban de libertad, hicieron un sistema de ventilación hecho a base de una hélice que hacía circular el oxígeno a través de un sistema de botellas de plástico conectadas como si fueran un gran tubo.

Tras esto, otro grupo manifestó síntomas de claustrofobia. Entonces, decidieron organizar una investigación médica que incluyó un estricto sistema de dietas y de controles médicos basados en aspirinas.

Otro problema surgió cuando llevaban más de 20 metros: la oscuridad. Entonces, uno de ellos que tenía conocimiento en electricidad hizo un sistema de iluminación basado en ampolletas chicas que emitían muy poco calor. Como el hoyo era muy pequeño, cada ciertos metros había bases de descanso que permitían a los hombres darse vuelta y descansar un rato.

Trabajaban por turnos, pero no podían descuidar sus labores cotidianas. Organizaron un equipo de inteligencia para el escape y con ello concluyeron que, después de sacar tierra, debían dedicar horas a jugar ajedrez, al fútbol, hacer labores partidistas, entre otros. Nadie debía sospechar de su tarea.

Una vez, estando dentro del túnel, un grupo sintió un temblor. Casi se murieron, pero del susto. Entonces, para evitar derrumbes, cada ciertos metros, decidieron cubrir las paredes con maderas que funcionaran como soportes de la tierra.

Cuando ya era difícil tirar los sacos de tierra para afuera, porque llevaban más de 40 metros de avance, inventaron un carrito con rieles que permitía transportar varios sacos de una sola vez.

Más de un año y medio les tomó construir el túnel. En el exterior ya se habían organizado votaciones democráticas y Patricio Aylwin había resultado electo como presidente de Chile. Ellos querían escapar aún en dictadura así que cuando ya tuvieron los 60 metros que los separaban de su libertdad, decidieron emprender su golpe.

Para ello, necesitaron apoyo desde el exterior. Un grupo de amigos que sabían de la construcción del túnel, tuvo la idea de conseguirse una micro de locomoción colectiva que los transportaría a diferentes puntos de la capital, a casas seguras, donde podrían pasar unos días antes de huir a diferentes partes del mundo. Amarrado todo, el escape quedó pactado para el 29 de enero de 1990.

La suerte a veces resulta ser muy engañosa. Ello, pues uno de los 20 miembros del grupo que trabajó en la construcción se enfermó gravemente y a pesar de que cavó 60 metros de túnel, no podría escapar. Decidieron reunirse y conversar qué iba a pasar. Tras varias discusiones concluyeron dos cosas: invitar a cinco personas más, militantes aliados y fieles al partido, y lo segundo, dejar abierto el túnel para que pudieran descubrirlo otros frentistas. Eso sí, no le dirían a nadie del escape: la idea era que lo descubrieran por su cuenta. Si sucedía, bien, sino, pues no.

Cuando el reloj marcó las 20:00, Miguel Montecinos ingresó al túnel de los primeros y los otros 23 lo siguieron. Esperaron dos horas ahí dentro, hasta que el contacto de afuera les gritó el santo y seña, cuando eran las 22:00 en punto. Tras taladrar un poco la superficie, hicieron el hoyo que les ofreció la salida. Afuera eran esperados por un grupo de amigos que tenía una micro estacionada cerca de Balmaceda, en el Parque de Los Reyes, que es por donde tenían la salida. En sus bolsillos, cada uno de ellos tenía ticket de metro, boletas y un poco de dinero para andar en micro. Cuarenta minutos demoraron todos en salir. Escaparon.

Era medianoche cuando un grupo de presos, del Frente Autónomo, notó la ausencia de 24 de sus compañeros. Informaron a sus respectivos jefes de grupo, quienes ordenaron buscar el túnel por donde habrían escapado los otros. A esas alturas no quedaba otra cosa más que pensar que se habían ido por un túnel.

Una hora y media tardaron en dar con el hoyo. Entonces, hicieron una lista para priorizar el escape de quienes tenían condenas más potentes. De esta manera, Jorge Angulo González, quien durante el atentado a Pinochet en 1986 había usado la chapa de “Pedro”, saldría primero: le habían dado cadena perpetua y si no escapaba, moriría tras las rejas. Le siguieron otros frentistas que participaron en ese evento, ente ellos Víctor Díaz Caro, alias “Enzo”; Lenin Fidel Peralta Vélez, alias “Óscar” y Juan Moreno Ávila, alias “Sacha”, entre otros.

Ese segundo grupo sumó 26 reos. El último iba a ser Jorge Martínez Martínez, conocido como “El Guatón” por su contextura física. Todos escaparon con diferente suerte, excepto el último. Una vez que Gendarmería descubrió dónde estaba la salida del túnel, lo encontró justo a media salida.

El informe oficial presentado por Gendarmería indicó que “El Guatón” había quedado atrapado justo en la salida “debido a su gruesa contextura física”. Pero todo era mentira, pues la idea era intentar bajarle el perfil a una situación grave para los últimos días de la Dictadura: Se habían fugado 49 presos políticos.