En entrevista al director y actor Rodrigo Pérez Müffeler abordó los detalles del resurgimiento de las obras de Juan Radrigán.

Javier Riveros. Periodista. 07/01/019. En entrevista Rodrigo Pérez Müffeler abordó las presentaciones en el Festival Teatro a Mil de las obras Diatriba “El Desaparecido” y Ricardo III, el príncipe contrahecho de Juan Radrigán.

Esta obra originalmente se titula Diatriba de la empecinada y fue escrita por Juan Radrigán en 2006. En 2009 tú la llevaste a escena bajo el título Diatriba de la Victoria, donde incluiste fragmentos del discurso de Salvador Allende al asumir la presidencia. Cómo es tu primer acercamiento con este texto y cómo ese vínculo evoluciona. ¿Por qué insistes, por qué te empecinas?

Me empecino porque es un texto que Juan escribe a propósito del fracaso de la justicia en relación a la violación de los DD.HH. en este país, vale decir; tanta comisión, tanta mesa, tanta vuelta y revuelta, como dice en el mismo texto, sin llegar a nada, cuando la gran pregunta ¿dónde están? sigue sin respuesta y cuando la justicia es débil con los que cometieron los crímenes, este empecinamiento surge desde ese fracaso. La intención de la escritura nace, a propósito del Informe Valech, que es el último intento de ese tipo, y después hubo una mesa de dialogo, entonces toda esa retahíla de intentos infructuosos y de engaños, finalmente, como lo nombra él, lo hacen a él reclamar, es él, Radrigán, el que reclama. Ahora, yo me pregunté en la primera versión, cómo en términos históricos, convergen los dos puntos: el momento de la victoria del proyecto, con el discurso de Salvador Allende, no el discurso del día que gana, sino que el discurso del día que asume, que es un discurso que hace en el Estadio Nacional, cuando asume el poder, como punto inaugural, que es bien arbitrario, pero igual como punto inaugural de un proceso de esperanza, cómo converge con el punto que no es de cierre, pero sí de alguna manera de desencanto respecto de todo este proceso que se vive, desde la victoria hasta el horror, entonces el cruce de los dos, que es una cosa que a mí siempre me interesó, en otra obra también lo visité, tiene que ver con los dos lugares: la esperanza y la frustración de la esperanza, que a mí me parece que es súper emblemático de la sociedad contemporánea, que finalmente los gestos de revolución existen en una mecánica interna del individuo, en el plano de los deseos, y que siempre han sido frustrados, a la larga o a la corta, y el empecinamiento mío tiene que ver con volver válido el reclamo mientras no exista justicia, razón por la cual, hay una decisión de hacer cada ocho años la obra, en distintas versiones. Ahora esta versión nueva no tiene cruce de texto, sin embargo, el interrogado, al que se le hace la diatriba, no es el espectador solamente, sino que somos nosotros los artistas también, o sea el reclamo es para allá y para acá, ese es el intento. La obra de Radrigán instala un personaje, de hecho la primera versión que vi, que yo creo que puede haber sido la primera que se hizo, era con la Silvia Marín y que dirigió Albornoz, y el rol de la mujer es muy disminuido en términos sociales, ejerce la prostitución porque no tiene de qué vivir, todo eso se dice en dos frases, esas dos frases fueron sacadas y queda sólo el reclamo. Y en este caso, son los actores que cuentan la obra de Radrigán, no que representan la obra de Radrigán, y así empieza la construcción de ficción desde el escenario, que es otra investigación que hago yo, más o menos seguido, que es: asistir como espectador a la narración de una ficción que termina constituyéndose, o que queda a medio camino.

Y es ese sentido, ¿Cómo esas operaciones se vinculan a la memoria?

Son intentos de aproximación a la realidad, ese es un tema más profundo en mi caso personal. Yo no tengo ninguna certeza o tengo muy pocas, alguna debo tener, pero encuentro que hoy día, a propósito de los medios a los que uno tiene acceso, las redes sociales y todas esas cosas, hay un intento desesperado por la opinión, pero la opinión no surgida desde un proceso reflexivo necesariamente, sino que la opinión como un traje para ser puesto y verse de una determinada manera. No como disfraz, porque eso sería un poco peyorativo, pero sí como una investidura. Yo me defino a mí mismo en función de lo que opino. Y a mí, de verdad, me cuesta mucho tener opinión sobre las cosas, mucho, o sea no tanto, pero quiero decir, me cuesta en el sentido de que puedo tener una opinión pero viene alguien con una información distinta y yo tiendo a creerle. No sostengo, no retengo una opinión, soy súper modificable en ese sentido, lo que yo sentía que era una cuestión bien angustiante, porque me angustiaba un poco esto de decir: sí, tienes razón… ah no, pero él también tiene razón… Entendí que estaba bien, que no era una falencia. Entonces está la idea de que las versiones se construyen y que hoy día, y con lecturas de personas que me gustan mucho, no sé, me gusta mucho la Christa Wolf, que trabaja el tema de las versiones, y que fue muy crítica también a propósito del comunismo, porque ella es de la Alemania del este, y fue muy crítica del sistema porque no se dejaba amarrar a la opinión oficial, y generaba opinión desde lo que a ella le pasaba, entonces finalmente hoy día, la crisis es lo que lo define a uno, no la certeza, no la súper opinión, creo yo, me parece. Entonces este ejercicio en particular, de la diatriba, en esta puesta en escena, es un ejercicio que intenta entrar de formas diversas a un mismo material, y los actores intentan volver a contarlo, intentan volver a partir, intentan la mejor forma de hacerlo, y repiten y repiten y repiten hasta el infinito, es como una búsqueda: estamos contando esto, volvamos a partir.

Y, en ese sentido, la música cómo aporta.

La música es una estrategia, para mí es un plano que es importantísimo, sobre todo en vivo, me gusta porque me produce una cosa afectiva, me levanta afectos, pero que son casi sin nombres, súper básicos, porque es abstracta. Me acuerdo la primera vez que fui a una ópera, aquí al Municipal de Santiago, cuando parte la orquesta, se desata una reacción física en mí, entonces yo que soy tan racional, me interesa que el mecanismo racional esté intervenido por afectos que vienen desde la abstracción pura que es la música, a la que uno finalmente podría encontrarle el sentido, esta canción podría tener que ver con algo, pero son canciones que yo dije a dedo, o sea, elijo ésta porque me gusta, y después cobra el sentido, si es que uno quiere agregárselo, porque puede no cobrarlo también.

 

Otra estrategia o recurso que utilizaste fue la de multiplicar el personaje o desdoblarlo en versiones masculinas, incluso.

Sí, eso es el intento fallido que hace el teatro de aproximarse a estos temas, son finalmente fragmentos de intentos, y ahí vuelvo a tu pregunta anterior sobre la memoria: éstos son mecanismos propios de la memoria.

La obra aborda la tragedia de los Detenidos Desaparecidos. Recientemente se aprobó en la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, la iniciativa de proyecto de ley que busca sancionar la incitación al odio y la negación de violaciones a los Derechos Humanos. Cómo crees tú que esta obra interviene y se manifiesta sobre este asunto.

La gracia de Juan Radrigán, desde mi punto de vista, es que él es irrebatible, que tiene una cosa espantosamente irrebatible, yo me he preguntado mucho por qué es irrebatible, y creo que una posible aproximación a una respuesta de lo irrebatible de él, tiene que ver con que es el sentido común el que habla, el sentido común real, no el construido. Se aplica una lógica, ¿esto es justo o no es justo? es súper claro cómo él articula la idea, no cabe duda, por lo tanto, lo que está puesto ahí en voz, no es voz de una manera de mirar la realidad, sino que es voz de la manera de mirar la realidad, que es el sentido común. Por lo tanto, esa voz, es una voz infinita, un reclamo que no va a desaparecer, hasta que no se logre lo que se reclama. Ahora, qué pasa con a la contingencia hoya día, a propósito de este proyecto de ley, como la palabra lo dice es un proyecto, yo no quiero ser pesimista, es una ley que también cabe dentro del sentido común, sin embargo, el poder no funciona desde el sentido común, porque o si no, se extingue. No es por ser trágico, pero no va a resultar. O sea si alguien cree que va a resultar…

El proyecto lo impulsa Carmen Hertz y ella es una mujer irrebatible…

Ella es irrebatible. Ella lo impulsa, yo creo que como un gesto, y como un deseo, porque cuando uno hace política de ese tipo, lo que lo impulsa es el deseo, puro deseo, con poca noción de realidad, para mi gusto.

Y la diatriba también proviene de un deseo.

Sí, la diatriba es un reclamo que proviene de lo hondo de las entrañas. Ahora, yo encuentro que cada vez estamos peor, no solamente estoy hablando de Chile, sino a nivel de condición humana, o a nivel de organización mundial. En el momento en que se acaba la Segunda Guerra mundial y aparece esta ley, como un similar en Alemania, también es irrebatible porque el horror era irrebatible en ese momento histórico. Ahora, desde la perspectiva del poder hoy día, ese dolor es rebatible, o sea, en el minuto que existe una persona que se declara pinochetista, está rebatiendo ese dolor, entonces la construcción de esta realidad no asume el horror, no asume lo que es irrebatible, rebate lo irrebatible, esa es la idea, y cada vez es peor. En Alemania, obviamente, vuelve a aparecer el gesto nazi en algunas partes, pero ya existe la ley que viene de un momento en que históricamente lo irrebatible era irrebatible, hoy no. Ahora, la gracia del teatro, y en particular de Juan Radrigan, es que muchas veces plantea, como en esta obra, algo que es irrebatible, y en ese sentido pone en crisis a aquellos que lo rebaten, o los debería poner en crisis.

“RICARDO III, el príncipe contrahecho”

¿Cómo surge esta obra?

Esta obra de Juan Radrigán es un monólogo y fue escrita por encargo, cuando se conmemoraron los 400 años de la muerte de William Shakespeare, hace dos o tres años atrás. Bajo un proyecto del British Council, se le encargó a dramaturgos que escribieran una re versión de algún texto de Shakespeare, para hacer acá en Chile, para posteriormente ser grabados en un audio. Luego, a propósito de la muerte de Radrigan en 2016, el Festival de Quilicura, que ahora se llama Festival Juan Radrigán, estuvo con muchas obras y proyectos que tenían que ver con él, y a mí me encargaron hacer este texto, en una versión callejera. Fue súper bonito lo que hicimos porque era lo mismo que hacíamos en sala, pero a las cinco de la tarde, en una plaza, sobre un cajón del porte de esta mesa, con tierra, con tres sillas puestas en la calle, con las señoras sentadas en la vereda, y Cristián Carvajal diciendo el monólogo.

En la obra se presentan el tema del abuso de poder y también el tema de la impunidad.

La operación que hace Radrigán con este texto, a mí me gusta mucho, porque es de aquellas obras que efectivamente hablan de la contingencia, pero engañosamente, en el sentido de que su objetivo político es poner en crisis los saberes y certezas del que está mirando, puede verlo cualquiera y puede entrar eventualmente en crisis con lo que cree saber, a través de un proceso metafórico, es súper interesante, por qué: Ricardo III es un príncipe bien malo, es la descripción del ejercicio del poder abusivo hecho por Shakespeare y además de todo esto, sujeto a un cuerpo contrahecho, mal hecho, contrahecho dice Radrigán. Él se agarra de las últimas escenas, cuando Ricardo III dice: un caballo, un caballo, mi reino por un caballo,  que esa frase está en la obra de Radrigán. Después de esa frase en el original, Ricardo III cae herido de muerte y la obra se acaba. Es después de ese momento, en una tierra de nadie, antes de entrar al otro lado: al cielo o al infierno, que Radrigán  sitúa al personaje: Ricardo despierta en este campo de batalla donde no hay nadie, solo hay una puerta que le cierra el paso y habla, habla de su ejercicio del poder, habla con sigo mismo. Finalmente, se encuentra con otro ser, pero ese otro ser, es él mismo que lo pone en crisis y reconoce que la ausencia del amor es una consecuencia casi lógica cuando hay poder, el poder ejercido de esta manera abusiva, digamos. La ausencia del amor es lo que a él se le devuelve y lo lleva a hacer las maldades que hizo. Y uno empieza a ver a un ser obnubilado por el poder, sumergido en el ejercicio cruel del poder, que piensa sólo en él mismo, pero sensiblemente, eso es lo particular, porque en esta soledad se encuentra consigo mismo, y es capaz de decir: yo nunca tuve amor, nací mal hecho, soy chueco. ¿Qué otra cosa esperan de mí?

El arte y las religiones han representado extensamente y de diversas formas esos ambientes de la primera etapa de la muerte, que tienen sus propias leyes dependiendo de la religión o del artista, Radrigán escoge las suyas ¿Cuáles son las tuyas y cómo el teatro debiera levantar ese espacio?

Lo que me gustaría es que hubiera una no resistencia y un deseo, y que fuera efectivamente un paso gozoso, pero más que de enfrentamiento con lo que uno hizo o dejó de hacer, que fuera un momento de soltar lo poco y nada que uno hizo, y que fuera lógico, que fuera consecuencia lógica, proceso natural, idealmente con conciencia, sería maravilloso, pero eso no lo podemos saber. Mi sueño de ese tránsito, es que empiece antes, que uno ya empiece a conocer el misterio desde antes, y que uno sea capaz de decírselo a los que están alrededor.

Y, en ese sentido, con el lenguaje que ofrece el teatro y con en esta obra en particular, ¿Cómo te aproximaste al otro mundo, cuál fue tu primera intuición?

Yo creo que lo que queríamos subrayar aparte de lo que el texto dice sobre el poder, es el misterio y el enfrentamiento al misterio, y en este caso, el enfrentamiento al misterio es un misterio no gozoso, es un misterio que se resiste a entrar a ese lugar, no quiere reconocer que está en el proceso, y esa resistencia es pura neurosis finalmente, aparte del terror, pero es pura neurosis, entonces lo que se pone en escena creo yo, es un intento de representar ese misterio. Ahora, el misterio solo puede ser presentado, en su sentido más profundo,  por el actor. La pega acá es la vivencia del misterio y el misterio aparentemente se vive solo, y es súper raro porque es un lugar de llegada súper natural en este proceso.

Y, en el otro sentido que ofrece la obra, que son los temas del abuso de poder, de la impunidad, cómo lo ves

Eso yo encuentro que está súper bien logrado, gracias a la pluma de Radrigán, y está súper bien logrado en objetivo político, que uno se enfrente al tema desde un lugar desideologizado, no militante y pueda verlo, entonces una persona de derecha puede ver y eventualmente asociar, porque es abstracto. Bueno, la vieja distancia de Bertolt Brecht, tampoco estamos inventando la pólvora.

Foto: Jorge Sánchez.