El desarrollo de una derecha de corte fascista y anclaje pinochetista, denota regresión social y política y polarización como filosofía de época.

Marcos Barraza Gómez

Ex ministro Desarrollo Social. Integrante Comisión Política Partido Comunista.

03/01/019. Transcurrido ya un poco más de un año desde el triunfo de la derecha en las últimas elecciones presidenciales, pasado ya el impulso inicial de su victoria electoral y la retórica de los grandes acuerdos nacionales, orientados en los hechos a desmantelar el pacto fiscal y las políticas sociales alcanzadas durante el gobierno de la Nueva Mayoría y a solidificar los fundamentos del Estado subsidiario, emerge un nuevo cuadro político que se ha sostenido  en la fragmentación de la oposición, en el acuerdo en temas sustantivos de una parte de ella con el gobierno de derecha, pero con un elemento que presiona con mucha fuerza, desorganiza y obliga a adoptar posiciones estratégicas de más largo aliento: la vitalización de una derecha de sello altamente regresivo, que apela y se sostiene en códigos fascistas, que utiliza a su ventaja los medios de comunicación y redes sociales, y que tiene propósitos totalizantes y excluyentes más allá de una supuesta alternancia en el poder.

Así, el desarrollo de una derecha de corte fascista y anclaje pinochetista, vista la tendencia manifiesta y sin pudor de sus parlamentarios y figuras políticas (José Antonio Kast, paladín de la ultraderecha) y culturales (Patricia Maldonado y Alberto Plaza, reproductores de mensajes culturales) a exteriorizar dicha visión de sociedad, legitimado por los resultados favorables en otros países de América Latina, denota regresión social y política y polarización como filosofía de época.

Este desarrollo con base social de la ultraderecha, conectada con sentidos comunes que se edifican sobre la base de la insatisfacción por demandas fundamentales de calidad de vida irresueltas para sectores mayoritarios de la población, obliga a un análisis sobre las variables que inciden en el cuadro político con una lectura de más largo plazo.

  1. La derrota política de la Nueva Mayoría y el proyecto de transformación en el que se sustentaba, generó un reflujo importante en materia de ideas y voluntades transformadoras, dada la pérdida de confianza en los cambios estructurales hacia la izquierda y la consecuente revitalización de las posiciones de derecha en vínculo con la mirada nostálgica de la Concertación.

La voluntad y cohesión transformadora del otrora gobierno tras su asociación a la corrupción debilitó su legitimidad ética, el debilitamiento de percepción sobre su voluntad transformadora, y especialmente el resurgimiento de las posiciones neoliberales fueron minando progresivamente las capacidades para cumplir con las reformas comprometidas dada la diáspora política, allanando el camino para sucesivos errores con consecuencias de largo aliento.

En el presente implícitamente, pero cada vez de manera más explícita se ha fortalecido el vínculo entre las posiciones de sectores neoliberales que antes conformaban la Concertación y luego la Nueva Mayoría con las posiciones de la derecha. Tratando de reeditar, con cierto grado de efectividad temporalmente acotada, por el rol de sectores de centro, una versión actualizada de la democracia de los acuerdos, bajo el supuesto errado que los ímpetus trasformadores de la sociedad chilena pueden ser modulados y encapsulados permanentemente.

  1. Las principales neuralgias y problemas de arrastre e irresueltos en la democracia chilena, que emanan de una Constitución que asegura un orden y modelo económico neoliberal y una consecuente expresión limitada y refractaria de los derechos políticos, económico, sociales y culturales siguen vigentes, con conflictos aún de baja intensidad y fragmentados, pero crecientemente orientados a la amplitud y homogenización.

Es evidente, que la tensión social en Chile no se ha extinguido, refrendado en el conflicto en la región de Araucanía que connota una problemática nacional y regional a la vez, que sólo puede tener resolución en el plano constitucional y político; de los trabajadores portuarios y sus demandas de salarios justos y de empleo digno; desde el movimiento feminista que demanda igualdad de derechos en el plano económico y cultural, de la movilización de los trabajadores y trabajadoras encabezados por la CUT para enfrentar la envestida neoliberal de cierre de empresas y pérdida de empleos y para impedir el debilitamiento de los derechos laborales dada la agenda neoliberal del gobierno; del fortalecimiento del movimiento contrario a las AFP y por pensiones justas y dignas; dando cuenta que Chile sigue inmerso en un proceso de transformación y cambio cultural,  con movilización y protesta crecientes, pero aún sin correlato político suficientemente sólido y amplio, pero en construcción.

  1. El gobierno del Presidente Piñera debe su triunfo electoral en buena medida a la promesa de mejores salarios y creación de empleos dignos, sin embargo, en este año de gobierno los resultados y los supuestos sobre los que se edificaba esta promesa han sido errados e incumplidos. Las expectativas de crecimiento económico declaradas por el gobierno y sus instituciones financieras afines, han resultado permanentemente equivocadas, y por debajo de las expectativas, dando cuenta de cierre de empresas y pérdida de empleos con impactos severos en regiones, como fue el cierre de la industria IANSA, lo que muestra es una tensión e insatisfacción en el espacio nacional y especialmente regional que no se restringe solo a los trabajadores, sino que también tiene expresión en las pequeñas y grandes empresas, con una pérdida de adhesión al gobierno que se ve reflejado en diversas y sucesivas encuestas.

Las mediciones del Instituto Nacional de Estadísticas, INE, muestran que el empleo que se genera es mayoritariamente proveniente del sector público y no del sector privado como mañosamente viene declarando el Ministerio del Trabajo. Y el crecimiento del desempleo ha superado porcentajes históricos, lo que muestra indicios de agotamiento estructural del sistema económico. De ahí, el cuestionamientoantojadizo del gobierno a la institucionalidad de medición de indicadores públicos del INE.

Lo cierto es que en la tendencia al estancamiento del crecimiento económico y la consecuente debilidad de la economía para generar empleos de calidad no es privativa de esta administración y responde a los parámetros y márgenes del modelo de desarrollo impuesto en Chile desde la dictaduray profundizado durante la transición. Siendo la única vía posible desde la perspectiva neoliberal acentuar los parámetros de explotación y depredación ambiental, incrementando la economía rentista, con severos impactos en los hábitats locales y en la calidad de los empleos especialmente en las regiones del país.

Esta es la principal debilidad del gobierno en el plano del conflicto social, propia de las limitaciones de su visión neoliberal, dada por la incapacidad de responder a un malestar acumulado por la postergación en materia de empleo y calidad de vida. Constituye la principal preocupación y demanda social, y es un factor que probablemente movilizará esfuerzos comunicacionales permanentes desde el ejecutivo para reorientar la preocupación ciudadana frente al deterioro de la economía, los empleos y los salarios.

 

  1. La crisis de carabineros muestra fragilidad y un riesgo severo para la democracia, en donde se ha venido gestando una profunda desafección frente a la política y la institucionalidad democrática, que en buena medida responde a que dados los casos de estructural corrupción se devela su proceder doctrinariamente contrario al subordinación al poder civil, una autonomía que no es aceptable para el estado de derecho; pero que se acentúa desde la subjetividad de carabineros por el sentimiento de percibirse asimismo instrumentalizados por decisiones políticas que se originan en las autoridades de gobierno y cuyas consecuencia y sanciones, no solo administrativas y penales, sino también sociales, sólo se restringen a las fuerzas policiales y no a quienes tienen la responsabilidad política de ellas.

Asimismo, estos casos estructurales de corrupción, como contrapunto muestran que siendo ésta una de las instituciones con mayor financiamiento público y con mayor crecimiento real de funcionarios e infraestructura, es de las menos eficientes en su combate contra la delincuencia, lo que acentúa la mala evaluación ciudadana.

Esto puede hacer crecer al interior de carabineros un estado de ánimo reactivo que va aparejado con la solidaridad corporativa propia de las orgánicas castrenses, dada su formación jerarquizada, en el marco de la doctrina de seguridad nacional, que los ubica en el rol de conservar y proteger el orden social existente. Orden social que es funcional a las desigualdades de múltiples significados que se expresan en la democracia chilena.

Por ello, la necesaria restructuración y reorganización de carabineros, encierra mucha incertidumbre y ansiedad para las estructuras políticas; su capacidad de procesar cambios institucionales con estabilidad y sentido democrático es limitada, y la retórica pinochetista presiona con una defensa de su institucionalidad incompatible con los estándares de una democracia que busca ampliar desde la ciudadanía sus parámetros de trasparencia y justicia.

Así, conviene tener presente, que ya no se está larvando un fascismo de cuño pinochetista, éste está en pleno desarrollo y cuenta con vasos comunicantes entre los parlamentarios de derecha, el poder ejecutivo, movimientos de corte social-fascista, y expresiones de apoyo en las fuerzas armadas y en carabineros, siendo este último aparentemente el eslabón más frágil e inestable en el contexto de transformaciones institucionales.

Bajo estas premisas, existe en este cuadro una riesgosa disyuntiva en base al inestable proceder del gobierno del Presidente Piñera: la tentación de asimilarse con pragmatismo a la pujante hegemonía que ha adquirido el discurso fascista-pinochetista en un sector cada vez más creciente de su gobierno, con la finalidad de desenfocar la atención de las limitaciones de fondo de su gestión, pero con repercusiones nefastas de mediano y largo plazo para la calidad de la democracia desde el punto de vista de los derechos políticos y sociales, y a la vez agudizando las contradicciones en cuanto a la mantención de parámetros de acumulación y concentración económica.

O en su defecto, mantener una orientación a los acuerdos con sectores de centro y neoliberales que conforman “las oposiciones”, orientado a conservar lo esencial del modelo de desarrollo económico, constitucionalidad e institucionalidad restrictiva, lo anterior, en el entendido que para esta oposición funcional al gobierno el discurso pinochetista en la proporción que se incremente el énfasis ultraderechista, ya no será aceptado por sus bases sociales.

La derecha hoy se encuentra divida en tres almas, una liberal, que se concentra mayoritariamente a las nuevas generaciones que buscan desligarse de la impronta de la dictadura por un lado y que simpatizan con posiciones progresistas en términos de libertades civiles, pero desde lo ideológico completamente neoliberal; otra derecha conservadora, históricamente comprometida con la dictadura, asociada a la elite empresarial, con posiciones reaccionarias frente a temas de orden cultural y social, y que por sobre todo valora el orden y la conservación de privilegios de clase, y una tercera derecha, que siempre ha existido pero que ahora se ha expresado sin vergüenza, abierta y públicamente, una derecha de corte fascista, o para ser justos, neofascista, intolerante, regresiva, nacionalista y con una estrecha identificación con la dictadura y el pinochetismo. Estas tres almas hoy coexisten en el espacio del gobierno, y pese a que están en una abierta tensión y disputa por la hegemonía del sector, tienen un elemento en común que las hace notoriamente eficaces, aun cuando hoy estén dividas en torno a posiciones políticas, siempre van a tener la cualidad de unirse cuando se vean afectados los intereses de clase, porque ellas tienen mucho más desarrollada su identidad de clase, nunca la han perdido. Es decir, pueden moverse desde las posiciones más liberales a las más refractarias, pero a la hora de ver amenazados sus intereses de clase por el avance de las fuerzas de izquierda y progresistas, se unen tras el más fuerte. Esto último lo hemos visto recientemente en el mundo, y lo atestiguaremos probablemente en el curso de los próximos años en nuestro país.

En el otro lado del espectro político, por su división, las fuerzas progresistas y de izquierdas han resultado funcionales al escenario actual. El nivel de dispersión, de posiciones de principios excluyente, de falta de diálogo o una baja predisposición a acuerdos mínimos, que no salgan de la inmediatez de acuerdos puntuales de baja incidencia social. En tal sentido, las fuerzas opuestas al gobierno no han sabido sacar todo el potencial que ofrece la condición parlamentaria, si bien se han logrado algunos acuerdos, y existe cierto nivel de conversaciones, éstas aún están por debajo de las expectativas sociales que demandan y esperan unidad, y qué decir de las urgencias de los tiempos. Hoy en día constatamos que no existe una oposición unívoca.

Muchas orgánicas partidarias de fuerzas progresistas han ido perdiendo sustancia frente al frenesí de algunos congresales que privilegian su agenda personal frente a los medios que la construcción de una identidad colectiva o de un actuar en conjunto con sus pares. Los partidos tienen acá un rol relevante en torno a la construcción de unidad de sus cuerpos orgánicos y parlamentarios, en cuanto a crear capacidad de acuerdos con sostén en el tiempo, centrar los debates legislativos y programáticos con miras a la generación de acción política con impacto social, que además permita la emergencia de liderazgos comunes, y no aventuras en solitario. El congreso es un espacio demasiado relevante en la generación, articulación y difusión de contenidos y miradas de país, como para que por el copamiento mediático de unos pocos se diluya la eficacia política de las fuerzas de oposición.

Ahora bien, el actual escenario era de algún modo previsible, dado que al ampliar el número de parlamentarios y al eliminar el sistema binominal proliferaran múltiples expresiones de la diversidad que hasta hace un año estaba excluida del congreso y que amplían la representación social. No obstante, lo anterior, se esperaba que el proceso de decantación y reordenamiento en torno a la construcción de intereses comunes permitiera configurar al menos una identidad compartida como oposición al gobierno de la derecha. Lamentablemente esto no ha ocurrido, y aún estamos distantes de ser una oposición capaz de no sólo resistir la restauración conservadora, sino que de convertirse en un contrapeso a la emergencia de las posiciones extremas de la derecha pinochetista.

Esta situación se ve agravada por la reconfiguración política del continente, la irrupción de Bolsonaro en Brasil, aún pese al peligro que encierra para la política del cono sur, y para nuestro país en particular, no ha sido lo suficientemente ponderada por las fuerzas progresistas. Mientras las declaraciones de alerta a la emergencia del fascismo no se traduzcan en acciones tendientes a ordenar y confluir en torno a puntos comunes, se corre el riesgo de estar contribuyendo, por omisión, por ausencia o por irrelevancia, a la consolidación de un sentido común reaccionario. En tanto cada fuerza por sí sola esté buscando mediante posiciones excluyentes, disputar el protagonismo mediático, suponiendo que se basta a sí misma para detener el avance de las fuerzas refractarias, o bien subordinando su estrategia a la mera ampliación de la base electoral, el sentido común, el ciudadano promedio buscará en otro lugar los discursos que le hagan sentido con sus preocupaciones inmediatas. La derecha fascista ha entendido muy bien el actual escenario, ha identificado muy bien los temores sociales, ha tomado nota de la dispersión de la izquierda, ha comprendido muy claramente que la proliferación de relatos e identidades sin un anclaje que se circunscriba en un proyecto de transformación social es la oportunidad para levantar discursos simples y efectistas; ha terminado tomando el rol de pescador en el río revuelto de la crisis de identidad y contenido del progresismo y las izquierdas.

Hoy en día las fuerzas progresistas y de izquierda están frente una situación histórica, en un contexto mundial que no se veía desde hace 90 años, con un conjunto de crisis sociales y económicas en ciernes, con un aumento de la incertidumbre y el miedo colectivo, con el incremento de las fuerzas refractarias a la democracia, no tenemos derecho a la autorreferencia y al ensimismamiento, el precio a pagar por la falta de visión es muy grande.

Bajo las consideraciones de este cuadro político, la movilización social deja de ser una alternativa u opción y se convierte en un imperativo democrático y estratégico; un cambio desequilibrante en las correlaciones fuerza pasa necesariamente por defender con energía los avances en materia de derechos sociales y políticos y disponerse con fuerza a alcanzar derechos económicos, no olvidando el horizonte de una Nueva Constitución y un Modelo de Desarrollo. Las fuerzas políticas dubitativas y pragmáticas solo reaccionan positivamente con perspectiva transformadora cuando la movilización social se abre camino.

La unidad amplia en lo social y político, que es la exigencia de este tiempo, dado los riesgos históricos y a la regresión política, económico y cultural que estamos viviendo, no puede significar actuar con ingenuidad y buenismo frente a la unidad. La unidad amplia de las fuerzas sociales y políticas es determinante para enfrentar no sólo a este gobierno de derecha, sino que, a una amenaza civilizatoria, pero requiere de lecturas más estructurales y menos orientadas a coyuntura.

El año 2019 debe ser el año de la unidad de las fuerzas progresistas y de izquierda, de la salida del ensimismamiento de la izquierda, del compromiso expreso de una práctica política basada en la ética y la probidad, elevando los estándares partidarios, políticos y legales aplicados no solo a la función pública, sino llevándolo a todo el espectro social, político, administrativo, económico y civil. Debe ser el año de la recomposición del tejido social, tarea que excede por lejos las capacidades individuales de las orgánicas políticas, pero que en la sinergia de las voluntades unitarias puede articularse a nivel de territorio una base social y política que ejerza mayor presión ciudadana sobre la democracia y las instituciones, tanto públicas como privadas. Debe ser el año de la confluencia sobre la base de aquellos elementos que concitan la unidad social y política, dejando de lado las pequeñas disputas, las zonas de confort y las posiciones de principios dogmáticos, en donde sin perder la diversidad y la identidad que nos constituye a cada cual, seamos capaces de abrir espacios de diálogo, de coordinación y de colaboración. Esto debe empezar en la base, en el territorio, en la recuperación de las Juntas de Vecinos, en la creación de espacios culturales, ciudadanos, de acogida a la experiencia migrante, de cooperación frente a los temas de seguridad, de violencia de género, de desempleo, de tráfico, de abandono.

El territorio es el espacio para disputar a la derecha y al sentido común reaccionario que se ha venido instalando, la lucha de este tiempo es en el barrio, en la población, en la villa, en la comuna. Tenemos experiencias ricas en gestión municipal como ha sido con los alcaldes Daniel Jadue en Recoleta y Jorge Sharp en Valparaíso, que han tenido impacto en la reconfiguración de la participación ciudadana en los temas significativos, debemos replicar esas experiencias, compartirlas, debatirlas en el espacio comunitario. Los concejales populares y progresistas también tienen un rol aquí, convertirse en facilitadores de la unidad social y política a nivel comunal, articulando en la acción cotidiana los espacios unitarios, convocando a todos y todas sin ningún tipo de distinción.

Las universidades también tienen una tarea fundamental que desplegar, tanto desde la gestión de extensión, la investigación y la intervención social, como el rol que les cabe a los estudiantes. Las federaciones y centros de estudiantes deben salir del espacio del aula, ir al territorio, aportar desde la experiencia de construcción de sentidos y de organización a la vez de nutrirse de la realidad y fortaleza de los vecinos y vecinas, de los que viven en el día a día las consecuencias del modelo. Los académicos e intelectuales, desde el mundo de la ciencia y las artes también deben ser convocados a dejar las posiciones acríticas al modelo capitalista y la aparente neutralidad del saber científico, la veneración irreflexiva de las corrientes posmodernas, y poner el saber transformador al servicio del pueblo.

La colaboración entre orgánicas políticas debe estar a la orden del día, dejando atrás las rencillas pequeñas, enemistades y conflictos irrelevantes, ya que estamos frente a una situación que requiere de gestos, de voluntades, de sacrificios, pero por sobre todo de acción política y social, de organización vecinal y territorial. La unidad que necesitamos debe nacer desde la base, ir impregnando cada nivel, desde abajo hacia arriba y desde arriba hacia abajo, en tal sentido, las orgánicas y partidos tienen una tarea fundamental, reforzar y ampliar la presencia territorial de las fuerzas progresistas y del cambio, dejando de lado las prácticas clientelares y recuperando la mística que las inspiró en sus orígenes.

2019 debe ser el año en que echemos a andar, construyendo y reconstruyendo la base social y política que permita poner freno al fascismo y las posiciones refractarias, debe ser el año de la unidad más amplia, diversa y transformadora, aún estamos a tiempo.