Los niveles de conocimiento de cada panelista en distintos asuntos también constituyen un desafío a la racionalidad y el buen gusto.

José Luis Córdova

Periodista

Un rápido zapping por la mañana en televisión abierta nos invita a pensar en qué es ser panelista de un matinal y quiénes son o representan estos personajes a quienes vemos y escuchamos con confianza y diversos grados de interés.

Según la definición clásica, panelista es “la persona que participa en un debate o discusión pública sobre un tema determinado”. Tendríamos que consensuar que en estos programas se debate o discute, lo que ocurre rara vez, más bien se profieren opiniones de todo tipo sobre diferentes temas de distintos niveles de atención pública.

Convengamos que la mayoría de las veces se trata de hablar sobre el mundo de la farándula, los supuestos “famosos”, es decir, actores, actrices, animadores (as), modelos, chicas y chicos reality, cantantes y bailarines de todos los sexos.

Los paneles son de una heterogeneidad que asombra. Desde noveles aprendices ante las cámaras, hasta avezadas figuras de la fauna televisiva que se abocan a comentar sobre tópicos científicos, sicológicos, de patologías, medio ambiente, eco, ufo y otras logías, así como relaciones intrafamiliares, violencia de diferentes tipos, educación y hasta de cultura.

Los niveles de conocimiento de cada panelista en distintos asuntos también constituyen un desafío a la racionalidad y el buen gusto. Hay mesurados, serios y responsables alternando con extrovertidos desvergonzados, ignorantes, polemistas estériles hasta descabellados e irresponsables.

Los animadores de matinales se confunden con los panelistas y todos ellos juntos con los mismísimos invitados, muchos de los cuales a la larga se incorporan al panel, no importa si son cantantes, modelos o bailarines. Pareciera ser que el único requisito para participar en esta condición es hablar de corrido.

Además, la conversación va de un tema a otro, algunos más extensos -aunque ello no signifique lograr profundidad. Si no simplemente para captar más tiempo el interés de los televidentes, lo que al parecer redunda en mejor rating.

Mientras más sensacionalista o morboso el asunto tratado, que implique la participación de algunos “famosillos”, mejor.  En el último tiempo, los casos del humorista Alvaro Salas, del modelo Ignacio Lastra, del hijo de Cecilia Bolocco y Carlos Menem, entre otros, han acaparado los “debates” matinales. La hija no reconocida del cómico, las ex novias del accidentado chico reality y la ex Miss Universo y el ex presidente argentino han sido pasto de las hienas.

Acá no cabe hablar de injurias, desacatos, calumnias y hay “noteros” (esa extraña y nueva categoría de periodistas de la TV) que aparecen como verdaderos oráculos, que conocen la verdad y generalmente son informados por sus smartphones o mediante “muelas” en sus oídos durante sus perfomances en vivo y en directo. No hay posibilidad de confrontar versiones, de valerse de fuentes fidedignas ni de respetar la intimidad y menos la presunción de inocencia de nadie.

¿Habrá quienes den valor a las argumentaciones de Patricia Maldonado, del abogado Aldo Duque, de Juan Andrés Salfate, del “Doctor File”, de Queraltó, el “Chico” Pérez y otros especímenes? Lamentablemente es muy probable que despierten fe y confianza por sus dichos. Tal vez sean los panelistas más “célebres”, pero no por ello más confiables.