El cuadro político sigue desplegándose y en nuestro país se asoma un panorama donde no existe el centro político o tiene escasas posibilidades de revivir lo que fue la Concertación.

Fernando Bahamonde

Profesor. Punta Arenas

05/11/018. “Cuando la gente se enfrenta a algo para lo que no se ha preparado con anterioridad, se devana los sesos buscando un nombre para lo desconocido, aunque no pueda definirlo y entenderlo”.

Eric Hobsbawn

Para algunos es “La Modernidad Liquida” para otros la “desmodernización”, pero en efecto lo que ha ocurrido es que las ideas fuerzas de la sociedad contemporánea como el liberalismo y nacionalismo han entrado en cuestionamiento por el curso inexorable de la historia y la rápida transformación que ha experimentado el mundo. El liberalismo construyó el contenedor Estado en su forma de estado de derecho con instituciones basadas en legalismo cuyo instrumento fue la democracia representativa. El nacionalismo aporto, por su parte, dirección al contenido humano de ese Estado produciendo identidad común muchas veces forzada por la institucionalidad para que los habitantes de un territorio adquirieran sentido de pertenencia. Por cierto, el telón de fondo del desarrollo político fue el capitalismo que después de la catástrofe que significó la Segunda Guerra Mundial fue un fenómeno con una importante incidencia nacional. Fue en ese siglo XX donde la crítica radical a las contradicciones económicas fue bloqueada políticamente por socialdemócratas y socialcristianos, que en muchos casos constituyeron partidos de masas con raigambre social y fuerza electoral. Pero en las últimas décadas el fenómeno histórico capitalismo mutó transformando las relaciones de producción y con ello todas las relaciones sociales y territoriales provocando la pérdida de vigor de la contienda política en el marco liberal sustentado por la legalidad, pero ahora sin legitimidad. Frente a la carencia de respuestas políticas a la profunda transformación experimentada, sectores de derecha han iniciado un viaje sin regreso hacia el fascismo en lo discursivo y desarrollando sus ideas en el marco institucional, pero como ya sabemos esta ruta sólo conduce a la violencia y el totalitarismo. Así, como los partidos tradicionales, contenedores por excelencia de los problemas, sencillamente se han quedado sin explicación.

¿Qué nos pueden aportar de novedoso los socialdemócratas y socialcristianos hoy en este escenario?   

Los socialdemócratas nos ofrecieron el Estado de bienestar que se derrumbó frente a la andanada neoliberal de los 80, siendo su último canto de cisne la tercera vía instalada desde el Partido Laborista británico por Tony Blair y sus seguidores en América Latina como Fernando Enrique Cardoso y Ricardo Lagos. Los socialcristianos nos ofrecieron una especie de progresismo amortiguador con énfasis en lo valórico, pero con la caída libre de la iglesia como institución y la emergencia de un caleidoscopio multicultural complejo que ha enterrado conceptos tradicionales de la doctrina católica como: familia, identidad, amor o muerte han quedado sin piso político. Incluso la Iglesia Católica como institución puede tener más chances de superar su crisis que la institución política partido socialcristiano. La iglesia es una institución milenaria que puede tomar un giro hacia la integración con la eliminación del celibato y otorgándole un nuevo rol a la mujer, además no hay que olvidar que la religión es entre otras cosas una cuestión de fe. Sin embargo, la política no puede basarse en la fe porque debe contener convicciones fundadas (fines) que apoyen las lecturas de la realidad sobre los momentos y sus posibilidades, programas coherentes, alianzas y disputas en diferentes espacios de acción (medios). Si los partidos socialcristianos apuestan a la fe para mantener la vida, sólo atenderán las necesidades de un grupo de creyentes que se aferran desesperadamente a la tradición y el pasado que se les escapa de las manos. La eventual paradoja es que la Iglesia busque superar su “cisma” apostando a la inclusión, mientras los partidos socialcristianos busquen una salida mediante una exclusión integrista que los arrojará a la derecha.

En Chile, es de insistir, la “institución” partidos políticos también ha entrado en crisis por sus prácticas y pérdidas de sentido, pero ha golpeado principalmente al sector socialdemócrata de lo que fue la Concertación y al PDC. No obstante, parece más factible que los socialdemócratas que el PDC puedan adquirir nuevamente protagonismo electoral, reconstruyéndose al cambiar sus denominaciones e integrando cuadros jóvenes, proceso en tránsito que se observa en movimientos y tiendas del Frente Amplio.

El cuadro político sigue desplegándose y en nuestro país se asoma un panorama donde no existe el centro político o tiene escasas posibilidades de revivir lo que fue la Concertación con la suma de socialdemócratas y socialcristianos, porque no pueden entender y definir la sociedad actual sin la presencia del neoliberalismo. Ese espacio ha sido completamente copado por la derecha y sus múltiples caretas dispuestas a responder pragmáticamente a las crisis que ella misma crea utilizando la farsa de los intereses comunes. No se volverá a los tres tercios ni al binominal, lejano está el pasado de partidos de masas y grandes movilizaciones electorales. La política se ha reducido al ámbito comunicacional y las redes sociales donde se insiste en arrojar titulares más que contenidos, que luego se miden en infinitas encuestas. Este es el mundo que sabe leer la derecha, porque es el mundo que ha creado para gobernar.  

Sin embargo, el pueblo sigue ahí buscando que otros descifren la realidad por él para vivir el día a día de precariedad. Hoy ya no existen paradojas que mitigar para la incursión de nuevos o viejos socialdemócratas y socialcristianos, sino contradicciones que superar en lo económico en tanto trama estructural y lo político como contingencia en la lucha por las ideas, ese ha sido y es el sentido histórico de la izquierda.