Por sus crímenes estuvo 16 meses detenido en Londres, pero logró regresar a Chile, se levantó de una silla de ruedas para después declararse senil y evadir la cárcel.

Equipo ES. 15/10/018. Hace 20 años se formalizó el hecho de que el dictador Augusto Pinochet Ugarte fue responsable de gravísimos crímenes y violaciones a los derechos humanos y, al mismo tiempo, se comprobó su capacidad de recurrir a mentiras y artimañas para salir exitoso de situaciones complicadas.

El 16 de octubre de 1998, agentes policiales de Scotland Yard realizaron la detención del dictador quien permaneció en custodia en el centro hospitalario London Clinic o The Clinic y también en una lujosa residencia en el condominio Wentworth de Virginia Water en la capital del Reino Unido. Esa situación de prolongó hasta marzo del 2000.

La operación se produjo cuando las autoridades inglesas dieron paso al requerimiento presentado por el juez de la Audiencia Nacional de España,Baltasar Garzón, acusando a Pinochet de genocidio, terrorismo internacional, torturas y desaparición de personas, esencialmente por querellas presentadas por casos de ciudadanos españoles víctimas de la tiranía. Estaba en puerta la opción de extraditar al ex jefe del Ejército de Chile a territorio español para ser juzgado por esos crímenes. Dos meses después de su arresto, la Cámara de los Lores y un juez inglés, aprobaron la extradición a España bajo los cargos de delitos de tortura y conspiración de tortura.

La situación fue crítica. Entonces, el dictador, su familia y asesores -todos ligados a la dictadura y a la derecha política- recurrieron a una mentira y una pillería, algo frecuente al revisar la biografía del tirano. Inventaron que estaba muy enfermo, imposibilitado de comparecer ante algún juzgado y ser procesado. Ni siquiera intentaron demostrar que las acusaciones de violaciones a los derechos humanos, de tortura y desaparición de personas, eran falsas.

Más de dos años después, cuando Augusto Pinochet, a instancias del juez Juan Guzmán, fue acusado y procesado por los crímenes que se cometieron en el marco de la Caravana de la Muerte, que significó la ejecución y desaparición de muchos chilenos en varias ciudades a poco de producirse el golpe de Estado de 1973, él mismo, su familia, sus asesores y la derecha, recurrieron a la misma artimaña: declararse enfermo.

El 2000, cuando llevaba unos 16 meses retenido en Reino Unido, un grupo de médicos de la embajada chilena y otros ingleses, indicaron que el tirano estaba delicado de salud (había llegado a Londres a operarse una hernia discal lumbar) y no podía ser sometido a algún tipo de procesamiento judicial.

Debido a eso, y también a fuertes presiones políticas, el entonces ministro del Interior del Reino Unido, Jack Straw, tomó la decisión de liberar al dictador y eso se concretó el 2 de marzo de 2000. Muchos personajes y medios de prensa conservadores hablaron -paradójicamente tratándose del dictador- de “causas humanitarias” por sus dolencias médicas para no procesarlo por delitos de torturas y desapariciones.

En un avión militar, escoltado por personal de seguridad, su familia, sus amigos cercanos,  abogados y personeros de derecha, Augusto Pinochet viajó a Chile, en medio de tensiones porque varios países negaron que pasara por sus cielos. Aterrizó el avión, al dictador lo bajaron en silla de ruedas y cuando ya estaba en la losa, se paró y salió caminando, generando el júbilo de cientos de simpatizantes y miembros de “la familia militar” que lo habían ido a esperar. De enfermo como para no ser procesado, nada.

Una vez más se había burlado de jueces, autoridades inglesas, de la opinión pública chilena. En privado, los pinochetistas usaban frases como “los hicimos huevones de nuevo”. En reciente entrevista de Jack Straw a El Mercurio, el antiguo funcionario dijo que cuando supo del hecho, constató que el ex jefe del Ejército “se burló del criterio por el que tomé una decisión. Eso me sugirió que había tratado de engañar a los médicos…me enfureció mucho”.

Otra vez la pillería de estar enfermo

No sería la primera ni la última vez que el dictador recurriera a la artimaña de la enfermedad. Cuando en meses de 2000 el juez Guzmán comenzó el procesamiento por Caravana de la Muerte y otros casos como el asesinato del ex comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats, Pinochet y la derecha volvieron a verse acorralados. Más cuando el Poder Judicial ratifico el desafuero del tirano como senador vitalicio, lo que significó que había antecedentes precisos de responsabilidad en delitos.

Decisivo en todo eso fue la querella que en enero de 1998 presentaron el abogado Eduardo Contreras y la dirigenta del Partido Comunista, Gladys Marín, en contra del tirano por diversos crímenes y casos de detenidos desaparecidos, ejecutados, torturados y prisioneros.

En el 2002, Augusto Pinochet alegó problemas mentales, de demencia senil, y el proceso se cerró, aunque en 2005 se cuestionó esa situación y el juez Juan Guzmán reinició una causa por violaciones a los derechos humanos, pero sin éxito ante la decisión de la Corte Suprema de también cerrar ese trámite.

Hubo, como en Londres, un desfile de médicos, diagnósticos, testimonios -junto a las consabidas presiones políticas- para indicar que el ex jefe de la dictadura estaba enfermo mentalmente. Esa posición logró imponerse, pese a otros informes y estudios que alertaban que todo era una farsa.

Pero Pinochet la libró. No encarando las acusaciones y queriendo demostrar que era inocente de los crímenes que se le acusaban. Sino que declarándose senil, demente.

Cuando logró el objetivo, vendrían celebraciones, cenas, encuentros y tomada de fotografías con muchos dirigentes de la derecha, en que se evidenció que el dictador jamás había sufrido de enfermedad mental alguna. Como en Londres, en Santiago tampoco estuvo enfermo como para no enfrentar el procesamiento judicial que merecía. Es parte de sus traiciones, trampas y mentiras en la que construyó una historia tan terrible como vergonzosa.