Las contradicciones que operan hoy en la política brasileña no se resolverán con la segunda vuelta.

 Alexis Cortés

Profesor del departamento de sociología de la Universidad Alberto Hurtado

08/10/018. El resultado de la primera vuelta de la elección presidencial brasileña está lejos de representar una salida a la profunda crisis político-institucional en la que se encuentra sumido el país desde la destitución de Dilma Roussef (PT). Por el contrario, es un síntoma más de la descomposición institucional y polarización política del gigante continental.

Aunque era esperada una segunda vuelta entre el candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro (46%) y el petista Fernando Haddad (29%), ambos superaron con creces las predicciones de las encuestas de opinión. Sin embargo, fue la elevada votación de Bolsonaro la mayor sorpresa da todas. Este crecimiento repercutió tanto en la parlamentaria como en la elección de gobernadores. El Partido Social Liberal (PSL), domicilio político de Bolsonaro desde comienzos de año, pasó de elegir 1 diputado en la elección anterior a obtener más de 50 en esta ocasión, convirtiéndose en la segunda bancada más grande en la Cámara de Diputados después del Partido de los Trabajadores (PT). Para el campo progresista, por otro lado, el resultado es una debacle. Figuras históricas quedaron fuera del Senado, Dilma Roussef es la más notable de las derrotadas, y, con excepción de la Región Noreste, las elecciones de gobernadores se inclinaron hacia la derecha.

La posible elección de Jair Bolsonaro, un candidato proto-fascista que desprecia a las minorías (afrodescendientes, indígenas y LGBTs) y a las mujeres, que fue expulsado del ejército por planear un auto-atentado y que es declaradamente a favor del retorno de la Dictadura Militar y cuya principal propuesta es armar a los “ciudadanos de bien”; es una real amenaza para la democracia brasileña y de la región. Mientras su adversario, Fernando Haddad, aunque consiga revertir la amplia ventaja de Bolsonaro, en caso de ser electo enfrentaría un Congreso aún más adverso que el que destituyó a Roussef, institución que podría reincidir en ese repertorio.

Aunque el campo progresista apostó por caracterizar esta elección como una disputa entre el fascismo y el anti-fascismo, terminó imponiéndose la tesis contraria del mundo conservador que se articuló en torno al eje petismo-antipetismo, que identificó a Bolsonaro como la mejor opción para vencer al partido de Lula da Silva. El principal damnificado fue el Partido Social Demócrata Brasileño, hasta ahora el eterno adversario del PT en todas las presidenciales. Aunque este partido fue clave en la destitución de Roussef, la radicalización de los sectores anti-petistas terminó por devorar a esta agrupación de perfil más moderado.

¿Es posible la reversión de este cuadro? Normalmente la simple aritmética no funciona en estas instancias, no obstante ello, parece claro que Haddad deberá apostar por realizar una campaña amplia e inclusiva que ponga en el centro la disyuntiva entre “civilización y barbarie”. Para ello, escudarse en la potente figura de Lula no será suficiente, no sólo porque él ya transfirió la mayor parte de los votos que podía transmitir, sino sobre todo para no estimular aún más el anti-petismo. Más difícil será desmarcarse de los casos de corrupción a los que se asocia a ese partido, pues aunque es cada vez más claro que la cruzada anti-corrupción de la Lava-Jato ha sido selectiva y parcial contra el PT, el carácter estructural de la corrupción política es un hecho del cual ese partido no es ajeno.

Ahora bien, probablemente la mayor batalla electoral se dé entre el propio electorado de Bolsonaro. Hay una parte significativa que se subió al carro de una victoria que parecía inminente, su adhesión a Bolsonaro, por tanto, es blanda y se puede diluir con la exposición del candidato. Es posible que Bolsonaro se derrote a sí mismo, ahora que no podrá rehuir los debates ni la exposición en la campaña televisiva y radial. Su apoyo al impopular gobierno de Temer, su programa ultra liberal que busca recortar conquistas de los trabajadores (como el 13º salario) y su falta de preparación en temas centrales podrían mellar un apoyo que hoy se da por seguro.

Las contradicciones que operan hoy en la política brasileña no se resolverán con la segunda vuelta, pero al menos no dar un salto al abismo, resucitando tendencias proto-fascistas, ya puede ser visto como un avance.